CRÓNICAS DE LA SENCILLEZ

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Recuerdo una noche. Una noche que cae. Una avenida solitaria que se levanta. Alguna luz fuera de lo común se enloquece por uno de los sentidos de la vía. Tal vez sean las dos de la madrugada. La hora en la que los grillos de la otra geografía afinan sus alas. La misma hora en la que podría caminar despacio, libremente, sin echar la vista atrás, sin preocuparme por la sinceridad de la sombra, imaginando cauces, interpretando barandillas, restando propósitos al propio semblante de la ría, ausente hasta que me hallo y tomo conciencia de la alevosía. En la que, dicho de otra forma, me sentaría en la oscuridad de una isla que únicamente permanece unida a tierra por un delgado hilo de peldaños y aristas rocosas, con un fuego prendido sin violencia y gracias a que los últimos viajeros que se apearon dejaron un saco con carbón vegetal suficiente como para quemar los malos propósitos y un par de pastillas de encendido rápido. Nos sentaríamos, en efecto, hablando de nuestras vidas, las pasadas, las presentes y las futuras. De nuestras vidas en plural porque, aunque tengamos una, nos afecta la pluralidad de los sucesos y nos referimos a ellas, a las nuestras, a las que ululan entre los dedos, a las que se escapan entre las olas, y estás de acuerdo en que nunca sucederá nada entre nosotros, en parte porque tú eres un racimo en constante movimiento y yo soy un vencejo que ya tiene un recorrido premeditado entre uno y otro extremo del océano Atlántico. De nuestras vidas, en definitiva, porque tú naciste en Paraguay y el viento te trajo de bruces hasta esta orilla del mar, y yo, sinceramente, sé dónde nací pero no tanto dónde me llevó ese mismo ser consuetudinario. Supongo que recalé aquí, a un par de cuadras de los Andes, entre unos muros desde donde apenas se divisan las antenas humanas clavadas a golpe de cuchillo sobre las laderas del Pichincha. Recordaríamos que el fuego es como una caverna en la que las llamas acontecen por sí mismas. El fuego donde no bostezamos porque carecemos de sueño y será la última vez que nos veamos, eso sí, por ahora, antes de que mi sueño se deslice hacia el aire. El fuego de los años que transcurren como en el claroscuro de un escritor, que no se amansa ante las críticas, que no se cuelga de las lianas de éste u otro nido de cuervos de los que crías y te sacan los ojos, que no quiere saber nada de abrevaderos políticos ni pesadas burocracias, que está acostumbrado a leer entre líneas y a voz de pronto, incluso, a unos cuantos que solo opinan criticando cierta ingenuidad imprecisa, tan imprecisa como la dirección que toman las espigas de los campos de Soria cuando los truenos avivan la tormenta.

Debe ser el contraste de la libertad, que nos parece humilde, pero en verdad es categórico y queda sujeto a una voracidad ilimitada. Voracidad para que los ojos no se cansen de vigilar el amanecer, ni las manos se agoten cuando atrapan los pechos de una mujer, ni la boca se abrevie cuando de morder se trata porque así te lo pide ella con los ojos cerrados y el corazón abierto, ni el alma salga huyendo ante el hermoso bestiario de unas máscaras colgadas en la pared, ni los muslos dejen de temblar ante la contundencia de una sigilosa onomatopeya, ni la piel se esconda bajo los diferentes matices del sol que la quema. La libertad que devora y a la vez atenaza la vida y llama a las puertas con una pesada aldaba .A una hora de esas en que la avenida carece de la más mínima presencia humana y está sujeta al riesgo de esos animosos choros con capucha y ritmo acelerado, que cruzan de un lado para otro como si fueran orcos desalmados, dejando la definición de libertad en entredicho. De ahí mis recuerdos. De ahí mis razones para referirme a recuerdos del otro lado. De caminar por la severa anécdota de un fuego encendido en una isla, en un islote, en un cerro rocoso, en el mar Cantábrico, en mi sobrio y apresurado mar que no es aquel donde ahora vivo, sino que aquí donde me hallo, donde sentencio, donde no me aburro, donde converso con cualquiera del que no conozca su obra, aunque a unos cuantos les parezca que juego al ajedrez con los bomberos o que soy más ingenuo que un columpio, me siento tal cual, con ese arrojo que queda en el corazón de quienes piensan aparte y sin el menor ánimo de congratularse con nadie. Es decir, aquí, y ahora, y luego, y después, y cuando me vaya al mercado de Iñaquito a rebatir a las caseritas el precio de una docena de cebollas o a cuánto alcanza la libra de uva negra, siempre pensaré como deba pensar, y aun a fuerza de ser un poco más grosero, como me saliere de la minga, del tolete, de la axila pero, en todo caso, del corazón. Del corazón de esta noche en la que recuerdo todo y nada. En la que no descanso pero tampoco me quedo ciego. En la que me tuve que sentar a despachar un tequila más transparente que las paredes encaladas de un pueblo de la serranía malagueña y soñé que Chabela Vargas andaba haciendo de las suyas por los alrededores de la mesa, en la única ocasión en muchísimos años en los que me he sentado olvidándome de todo y recordando después. Recordando una isla. Recordando personas. Amando semejantes. Esperando que amaneciera en mis párpados, no ya en el cielo. Entrando en ti. Saliendo de ti. Permaneciendo en ti. Importándome un carajo cualesquiera pertrechos que nos escriben quienes no creen que lo que escribimos es acerca del amor o del sudor de los amantes o del vecindario dormido. Esos que de la misma forma que aseveran que no estás en uso de la razón, se permiten en lujo de argumentar con teorías llenas de términos extraños, tomados de un taller mecánico por su complejidad, como para hacer ver que al opinar tan científicamente dejan en evidencia al que escribe con el tú, con el yo, con el él, con el pronombre, con el dedo índice, con la línea de la palma de la mano, con la corriente del regato, con la silueta de un esfero, con el taxímetro encendido, con el autobús de Carapungo, con una licorería donde abundan los vinos chilenos, con los alimentadores que circulan de aquí para allá. A esos les respondo con mi sencillez, con mi perplejidad, con mi absoluta ignorancia acerca de lo que no conozco pero sentiré como deba y no como me digan, con mi derecho a equivocarme y aún con la obligación de errar. Y también les respondo con una sonrisa de la que no me priva la libertad, sino que me la ofrece generosamente, la misma sonrisa que te dedico cuando, recién despierto, estás a mi lado, igual de perpleja que yo ante las complejidades del amor.

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Un comentario el “CRÓNICAS DE LA SENCILLEZ

  1. De una u otra manera me agrada cuando las personas encuentran las “complejidades del amor”…

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