CRÓNICAS DE QUITO

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Una vez soñé que soñaba que seguía soñando y me desperté en cualquier parte del sueño. Abrí los ojos. Vi ante mi un camino. Un camino preciso. Solitario. Un camino que se abría ante los ojos de par en par, como ese abanico que la vieja de la fuente usa en las horas más cálidas del verano para protegerse del aire o del calor o del agostamiento de la sombra. El camino se abría de par en par quizás recordándome que la vida tiene un sesgo inmediato y similar. La vida se abre ante uno y se va cerrando detrás del mismo uno. Quien permanece en medio es el que, precisamente, toma muy buena nota de lo que está sucediendo ante y detrás de sus ojos. Por eso, aquella que soñé que soñaba que seguía soñando en medio del sueño, sé que me desperté y que no soñaba porque el camino ahí estaba.

Un camino ante el que el viento se detiene y permanece inmóvil y se pregunta dónde han quedado todos. Todos los que en otra parte caminan incesantemente. Todos los que en otro continente son capaces de agigantarse un domingo a mediodía. Un domingo en que, en el mercado de Iñaquito, a cada tendera, a cada caserita, a cada encargada, a cada representante de chorizo de Ambato, a cada cestero, a cada licorero, a cada alcalde de su propia mesa donde se huele el tostado o la fritada, a cada intelectual de su afamada cesta de huevos, a cada hijo de va de la mano de su padre o de su madre, a cada taxi que se detiene para recoger el carro de la compra con tantas bolsas como en una rifa de navidades, a cada semblante arrugado por el tiempo, a cada piel oscurecida por el matiz del sol, a cada cuadro que el negro Reinoso deja a la intemperie en el Ejido, a cada abucheo por tal o cual designación, a cada autobús que se para donde le levantas la mano o el pie, a cada uno de ellos le corresponde una parte de la ausencia con la que sueño, pues bien es sabido que por los caminos siempre han volado los sueños, y por los cielos los caminos siempre han estado robando nubes, por si acaso a los sueños les hacía falta algo de vuelo, así como por los rumores siempre han estado tomando prestado algún chisme por si a los sueños les era menester también un poco de revuelo.

El caso es que el camino que se abre ante mí parece que no tiene nada de particular. Es un camino amplio. Tal vez de carretas. De yuntas. De vehículos de delgadas llantas. De perseveraciones. De ayunos. De campesinos que se levantaban a las cinco de la mañana para llegar al pie de la amanecida a su parcela donde entrega el sudor y los hombros para que el campo no tuviera nada que decir acerca de lo que proveía. Y por qué en ese camino no resta nada y por qué el abandono es tan terrible en esas circunstancias y por qué donde ahora estoy hay tanta gente y tan diversa y tanto beneplácito y tanta paráfrasis no lo sé. No lo sé porque el camino se fue cuando yo me marché de él. Se fue de mí pero sé que se quedó allí donde está. En algún lejano villorrio de la provincia de Soria. Entre tapiales tan caídos como el pellejo de un nonagenario. Entre piedras que aún justifican su presencia ante mis ojos porque no les queda más remedio que vivir en medio de la ruina. Todo lo que allí no existe aquí se da de otra forma, pero me recuerda la angustiosa ambigüedad de la distancia. La distancia es al recuerdo lo que el camino es a la propia acción de carretear por los senderos.

Y sé que los caminos son los sueños de la tierra. Cuando la tierra sueña es que algún camino anda por ahí, haciéndose el “como que no sé de qué va la cosa”. Intentado pasar desapercibido, por detrás de la colina, ocultándose entre la maleza o bajo los preciados cereales aún sin cosechar. Supongo que, cosas del camino aparte, el hecho de guarecerse de la vista o de buscar el asombro del caminante es un asunto curioso, cuando no extremo. Curioso porque parece que los caminos, o este camino, no debiera irse muy lejos y quedarse ahí. Extremo porque su horizonte está al otro lado de mis ojos, enfrente de la impunidad de la distancia. Es como si de ser el camino una mujer hacia la que ejercito el mismo verbo, por una parte existe la curiosidad de saberse más cerca y por otra la de hallarse en el extremo opuesto de un proceso que se denomina seducción, por lo que, en este caso, hay que ser harto consciente de que siempre será un sueño que sueñas mientras no despiertas, porque cuando despiertes, una de dos, o era cierto y está tan desnuda como su madre la trajo al mundo y pendiente de tus manos, o bien se trata de una de esas falacias veraces ante las que la imaginación nos juega una mala pasada.

Pero hoy, al recordar, y al soñar, y al despertar, y al imaginar, y al encontrarme con el mediodía, al despertarme en medio de Quito, de la ciudad un tanto desordenada a ratos, pero siempre amplia y adocenada, al transitar por la Diez de Agosto y acercarme al Santa María, que no es una ermita sino un supermercado, me acordaba nostalgia mediante, de ese camino, de ese pueblo abandonado, de ese ejército de soledad, de esas zarzas por las que cualquiera aullaría so pena de convertirse en lobo. Me acordaba y veía a tantos transeúntes, viandantes, habitantes y ciudadanos, a tantos pastores urbanos, a una bellísima mulata que esperaba en la orilla de la acera para que un taxi la rescatase con sus bolsas de la compra, a otro anónimo que se prendía de la gorra para no asustarse del sol, a una familia tan amplia como el salón de una hacienda. Los veía a todos y también veía lo que vi la noche anterior. Lo que no se cuenta sino que se vive. El número de máscaras que cuelgan de la pared. Un ensayo o lo que parece serlo de Pessoa. La visión histórica de la fealdad por parte de Umberto Eco. La prosa terrenal de Jorge Ibargüengoitia que tuvo la desgracia de dejar sus letras en un accidente de aviación. Los páramos de una pared blanca. Una mesa naciente. Una lámpara que parece el día ese en que se mantiene un culto milenario a los muertos en el desierto de Sonora. Todo eso y más veía la noche anterior. La noche en que no sabía que no soñaba lo que estaba soñando sino que estaba bien despierto. Tan despierto como una rana en medio de la lluvia.

Lo cierto es que el camino volvió a abrirse y me siguió recordando, con mayor contundencia, la violenta paradoja que subyace en dos geografías, o en dos planos que se contraponen pero no llegan a oponerse. El plano de la ausencia y el plano de la afluencia masiva son un ejemplo. Un lado del espejo y la estancia donde se refleja es otro. Una mujer que desaparece y otra que surge de repente es más crucial. Y de no tener nada en mis manos a acariciar desmesuradamente es más que un ejemplo. Esto último es la rebelión de las paradojas. O de las masas como me diría Ortega y Gasset. La rebelión de las masas que constituyen la parte esencial de lo que sueño cuando sueño que sigo soñando y luego despierto. Me despierto y me encuentro medio dormido, junto a quien me incitó a creer que soñaba que no estaba sucediendo lo que soñé, cuando en verdad no era sino un rayo de luz reservado a mi vida íntima, la que no se escribe. La que no se sueña. La que tampoco se revela. La que se sopla y ahí sigue transcurriendo. Me desperté y ahí seguía ella, sonriente como un péndulo, liviana como el beso de una pluma, morena como un cincel, soleada como una playa, tentadora como una guayaba y definitivamente mía.

Ella seguía ahí y el camino que no soñé sino que viví y después lo recordé también sigue ahí. Todo seguía ahí, como lo que ahora sigue, en este instante en que alguien me dice, me cuenta y relata, me asocia, me hiperboliza, me comenta y siente que debe tomar otro rumbo porque está cansada de la institución, o de la rutina, y está a punto de jubilarse y no me responde a la pregunta de cuántos años tiene sino que me da unas cuantas vueltas por la pregunta y responde que tiene unos pocos más que yo pero parece que alcanza mi edad o tiene menos. Qué matices tiene la vida. Pensar que lo que está ahí también está con lo que en el preciso momento en que es un presente, y no un pasado o un futuro, convive con sus respectivos acontecimientos de detrás y de adelante. Pensar que todavía me acuerdo de lo demás, de esas interminables gotas de lluvia de la selva, de esos muslos verdes que nacieron en el Puyo, de esos fuertes contrastes entre los arrabales de la cordillera andina y el grandioso cráter del Pasochoa, de la toalla que cuelga de ambos extremos de la cerradura como un chorizo de Ambato, de la falta de certeza de una ambateña que todavía se reserva el derecho de besarme tan temprano, de que parte de lo que señalo puede que no sea cierto porque lo que se escribe también se sueña, de la escoba que me espera al otro lado de la habitación para que barra el polvo y la estela de un día de descanso, de las mallas curriculares, de la llamada que espero para no esperar a soñar lo que debo vivir con los ojos bien abiertos, de la pereza que consiste en escribir sin esperar nada más, del imperativo que nace de otra cuestión que es echar de menos, tal vez la única variante con la que el sueño no tiene cabida.

Echar de menos es lo único que se hace bien despierto. Con ojos de búho. Con nariz hueca. Con orejas bien visibles. Sentado o de pie. Pero despierto. Y ahí no se sueña que sigues soñando, sino que se deja de soñar para vivir y tal vez para acordarse más que para recordar. Acordarse de los caminos. Del respeto que ha de deberse a la acción de echar de menos y no de más. Con las consecuencias del viajero y no ya de un desapego, sino de lealtad o pertenencia muy cualificada al lugar, a las especies, a los horarios, a los padres, a los lechos secos del río, a los tocones ahuecados, al allá de donde uno vino alguna vez. Echar de menos aquello, pero no esto, porque aquello es lo que está lejos y esto es lo que está cerca, al alcance de la mano. Echar de menos la pradera de tus cabellos sobre mi hombro y tu respiración durmiente, y tu desnudez creciente. Echar de menos el próximo ovillo de tu espalda que devanaré y que, aquello que no se ha hecho pero que se tiene la expectativa de hacer no es un sueño ni una idealización del erotismo, sino la impronta del instinto, siendo que, para esto último, es mejor pensar que así será a pensar que así lo soñaré. Pero sé que te echo de menos, tanto como tú a mí, un poco más o un poco menos, un poco más acá o un poco más allá, con olas o sin ellas, con Quito o sin él, con lavandería o sin ella, con Trolebus o sin él, con Benjamín Carrión o con Juan Montalvo, con Alatriste o el licenciado Vidriera, contigo o con nadie más, con diferencia horaria o sin ella. Con todo eso o con todo lo demás, el caso es que te echo de menos a ti, que eres espiga, que eres almena, que eres puerta que reivindica su misterio, que eres un crepúsculo insaciable, que eres un océano en términos absolutos, que eres una vasta confianza, que eres alguien y algo que no está presente físicamente, pero que representa todo aquello que en aire se encamina hacia lo que echo de menos. En el aire de la Mañosca. En la turbia cortina de humo de la Gasca. En la entereza del aeropuerto. En una ducha que empieza a expresarse con su torrentera. En una alcoba que tiene miedo de bajar a desayunar. En los prestigiosos y adulterados departamentos de Cumbayá. En la sombra que proyectan las quebradas de Guápulo. Será que echar de menos forma parte de la esencia de esta ciudad. De Quito. De esta blanca herida adherida a las montañas en la que cualquier camino se abre, sea porque lo sueño, lo imagino, lo vivo, lo aprecio, lo mantengo o, en definitiva, echo de menos. Es el peso de la vida. La balanza del sueño que no se sueña. Eres tú.

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