CRÓNICAS DE QUITO Y VALPARAÍSO

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Supongo que lo que nos sucede no es producto del azar, pero también es el azar el que dispone lo que sucede en nuestras vidas. Quién se cruza delante nuestro en el momento en el que el semáforo ostenta su glorioso peatón verde, entre tanta pátina de tráfico, entre tanta saña de bocinazos y caras de mala leche, entre la larga cola de vehículos que se extiende por toda la Mariana de Jesús, entre algunas altísimas torres de departamentos y oficinas por donde el aire es más altivo e inapropiado, entre la amarga contaminación que nos propinan los tubos de escape y el humo de los incendios. Todo a mi alrededor está pues amarillento, caustico y seco. La larga temporada del verano así como uno de los dos únicos periodos en que se divide el año, mientras que el azar alcanza la acera y prosigue su camino, por calles que llevan el nombre de prohombres y el apellido de los susodichos. Calles en las que el país parece que traslada un poco de su joven identidad, de esa identidad que parece que nació para unos pocos a partir de los resabios de la independencia o para unos pocos menos durante los destellos de la época colonial, esa que unos cuantos países se inventaron para prolongar su preponderante arrogancia, hoy transformada pero que a ratos parece sobrevenir nuevamente con algunas políticas de cooperación al desarrollo de dudosa contribución, o con el levantamiento de resentimientos inútiles y poco prácticos a ambos lados del océano. Es el azar el que también sueña con esa sinrazón, con acallarla y procurarse otros propósitos, mientras alcanza el colorido y atestado mercado de Iñaquito, donde el precio de casi todos los productos es casi el mismo que en supermercado y, en todo caso, el doble que en la Ofelia, más caro que en la calle Galavis en la Floresta, o un escándalo económico si me acuerdo de las calles de Sangolquí, donde cualquier anciana, sonriente y con el rostro marcado por sus poderosas arrugas, sonreía y conseguía captar no ya el azar, sino mi atención y me acercaba consultando los precios de diferentes ramilletes de berros u otras heroicas hierbas de los páramos. Y mi azar y mi sonrisa también le correspondían y terminaba con un manojo de zanahorias, o con un pintalabios de cebollas, o con un bello manto de frejoles en el interior de una saca cosida que hacía las veces de bolsa de la compra.

Pero si es más o menos el azar el que calla y la casualidad la que entrega la boca, ya no sé más de ello. No sé más porque el azar no me calle, sino porque la boca guarda silencio, pero no el corazón. El corazón no guarda silencio cuando deja el mercado de Iñaquito y prosigue su alargada veta mineral por la avenida Amazonas, hasta la confluencia con Naciones Unidas. Un desamparo de hormigón y sin palmeras. La mastodóntica figura del edificio del Registro Civil por un lado. Dos dependencias donde te metes y te sacuden mas de mil dólares por una lavadora. Y un vastísimo conglomerado de establecimientos de comercio, de restauración y comida rápida donde la ciudadanía se apiña porque parece que es el único lugar a donde se puede ir para poder estar en paz consigo mismo, con los demás, con el sol, con Dios, con la vecina del quinto, con los ceviches de la Rumiñahui, con el poemario completo de Euler Granda, con la mirada cinematográfica de Ulises Estrella, con una taberna que no existe, con la madrugada entre tus muslos, con el enigmático hematólogo que fundó el Banco de Sangre, con una espléndida asesora de políticas públicas en Educación que un buen día se sentó conmigo y juntos le sacamos la madre a este mundo ingrato que a veces es la lentitud de no hacer nada para mejorar un poco, con la alegría de un pan de yuca a punto de salir del horno, con una sartén que aquí se llama paila en la que arde una aparatosa tortilla, con la lejanía de mis padres, con el propósito del tres de espadas, con una lista de cosas pendientes por hacer, con un club de lectura a medio hacer, con el ruiseñor que canta en las lomas de los páramos castellanos, con la mismísima Linares que me ilumina el intelecto, con la joven Priscila que va y viene de la radio para colaborar en los deportes, con los pueblos abandonados, con el puñal de la ignorancia, con el queso del Cerrato, con las llamadas de ultramar que me mantienen conciso y tranquilo, con las alargadas costas de Normandía, con una guitarra que carece de varias cuerdas, con una abuela de Machachi que se perdió en el semblante de otra vida arañada por la inconformidad de quedarme de brazos cruzados, en las faldas de un volcán hambriento, con el extenso beso que me diste en el taxi camino de los últimos barrios del norte, con el acelerón del autobús a las ocho de la mañana, con las páginas del libro abierto por donde me da la gana, con el Ecovía que viaja atestado de gente apelotonada como en un pabellón militar, con un niño chico que va de la mano de su madre mientras se esfuman por la esquina de la Reina Victoria, con un carpintero que detalla el lugar donde irá colocada la bisagra de la puerta, con el albañil que parlotea con otro compañero mientras lava su camioneta después de haber concluido la jornada y el edificio espera su especulación, con la saeta de una navaja, con el silencio de una letra, con el compás de una redacción, con la rúbrica de un examen y con la molestosa alarma que la pena que no se la pongo de auricular en las orejas de su apretujado dueño.

Pero no es el único lugar a donde ir para que al azar nos acompañe con esta interminable enumeración de detalles, ocasiones y réditos, aunque sí parece que lo es. Parece que el azar no sabe otra cosa que los pasillos repletos de mujeres emperifolladas con sus mejores maquillajes, de vitrinas donde se muestran los más gloriosos lujos del siglo veintiuno, con alfombras sobre las que descansa un carro, vehículo o toro motorizado que puedes adquirir a plazos y pasearlo de extremo a extremo por la Avenida de la Prensa, por Ponciano Alto, por Carcelén, por el Inca, por Monteserrín y por las narices de todo envidioso, para que vean que todo vale, hasta un azar con ruedas. Es como si al azar solo le importara el triunfo de un escaparate al que llevarse lo mejor de los ojos y lo peor del bolsillo como es una billetera poblada de dólares con los que trocar la satisfacción de una necesidad obligada, en el sentido de que es una necesidad que te predican y que no nace de ti, la obligación de comprar porque así lo dice en el intelecto publicitario, o hasta la inercia de una ética que consiste en comprarse una caja de pastillas en las que se promete una erección que durara una semana entera o una clínica de cirugía estética a la que acuden pechos en desacuerdo con su tamaño o glúteos sin representación diplomática para adquirir una mayor dote o una embajada en el país de la belleza. No sé si sean cosas del azar o no. O del hombre mismo, en fin, que hace que un centro comercial, una valla publicitaria o un par de esbeltas piernas lo sean todo, absolutamente todo en el matiz de la tarde.

Pero prosigo mi camino, envuelto en mis consideraciones, en franco diálogo con el azar, por ese pavimento por el que un alfarero se asustaría de tanto lamento grisáceo y que alguna vez suele albergar siniestras esculturas o magníficos portarretratos de lo que fue Quito antaño, cuando Juan Montalvo decía que la capital ecuatoriana era una firme candidata de la cordillera para soñar despierta o cuando Jorge Carrera Andrade se ponía ambas manos en su corazón porque sentía que venía de la tierra de la chirimoya. El azar de la historia. El desafío de un poeta. El diálogo de unos versos. La desesperación de un pasado que parece que alguna vez fue mejor pero también el afianzamiento de un presente que es tal cual como nuestros ojos lo imaginan despacio. Y no sé dónde se han ido los árboles que amaba tanto ¿quién coño se los llevó? ¿quién dejo parterres deshonestos donde antes cabía la sombra en toda su extensión? Parece que algún mago, con una hacha por varita, o con un camión por mágico petate. Sé que la ciudad les prestó el escenario y allí donde hubo ramas ahora queda un relámpago confuso. El eterno Quicentro. El hermano gemelo del otro centro comercial, del mismo olor, de parecido tenor, con suculentas viandas, con patio de comidas, con recios muros, con holografías al mas puro estilo del exitoso visitante al que los pelos se le estiran porque allí le espera un Cartier que marca las horas.

El caso es que me detengo y, efectivamente, el azar lo hace conmigo. Me detengo y cierro los ojos y parezco un extraño. Un extraño que escucha una alegría de Miguel Poveda y el llanto de Federico García Lorca. Un extraño que al abrir los ojos no desea más centros comerciales, más incendios y más hamburguesas de medio pelo, sino que quiere, desea y ama recordar la cintura de otros lugares. Y me vienen a la cabeza algunas olas. Las olas de la costa chilena. El recuerdo intacto. Tan intacto que el recuerdo es el presente y el pasado es el patio de comidas del centro comercial. Las olas van y vienen. Vienen de Isla Negra. Van a Viña del mar. Se detienen en Punta Tralca. Pasan por la tumba de Vicente Huidobro. Se estacionan en las campanas de Pablo Neruda. Aceleran hacia Santiago de Chile y después, finalmente, descienden por la llanura y se posan sobre el puerto de Valparaiso y, es que el azar también es ansia. Ansia de recordar. Pero también la tranquilidad de saber que el recuerdo existe. Recuerdo una familia. La sonrisa de un padre que será mucho más padre que ahora y que los años le han cargado de la salitrera de la experiencia. Recuerdo los ascensores hidráulicos y la vieja plaza del Mercado, con sus murales y su insufrible olor a pescado que es el que todas las plazas portuarias tienen, su firme reguero de lonja y cajas de hielo por donde esos aventurados habitantes del mar concluyen su funesta vida. Recuerdo las hojas de mi diario. Recuerdo que al azar se transformó en vida. Recuerdo que el dedo marcó el horizonte y se quedó bajo el sol, como indicando la frecuencia con que los rayos escriben sobre el mar. Recuerdo que hablamos allí. Que nos referimos a las sombras de Santiago, a la capital que queda a poco más de una hora de allí. A que prefería Valparaiso a la cercana Viña del Mar, pero por un capricho de la conciencia más que por una comparación mal hecha. Y me quedé con el puerto. Me quedé con el inevitable sueño de poder contarlo años más tarde, así que cuando cerré los ojos y los volví a abrir en el baile de los Andes desapareció el puerto, amaneció el hormigón y un autobús articulado tramitó mi despertar de una forma fugaz y poco retórica, volando por delante de mi vista, ocultando el Estadio Olímpico, como una libélula con prisa.

Lo cierto es que, sea el azar o no quien me lleva, al abrir los ojos Quito irrumpe sin compasión alguna, sin lamentos, sin excusas, sin pretensiones, alocado en algunas calles y solitario en otras tantas, donde un domingo cualquiera, lejos de los aspavientos del centro histórico, parece que el único camino posible es el descrito. Pero no, porque esta vez, salí a recorrer los caminos sin moverme de la mismísima silla, imaginando que voy por otros lados, frunciendo el ceño, escupiendo a la oscuridad, quitándome el barro que la ciénaga del olvido incrustó en mis botas y abriendo un viejo diario por una página en la que escribí “hasta que vuelvas a la marea hambrienta donde siempre te he convidado.

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3 comentarios el “CRÓNICAS DE QUITO Y VALPARAÍSO

  1. Nominado para el “Versatile Blogger Award” por la versatilidad y gran calidad de tus Crónicas Literarias..http://patriciaroijonas.wordpress.com/

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  2. ¿Puedo maldecir a un sistema que no me permite corregir lo que estoy escribiendo y de pronto salta y lo coloca como comentario sin que yo pueda decidir algo así?
    Bueno, lo que quería decir es que no creo que sea el azar el que te lleva hacia esos lugares con que sueñas, piensas o recuerdas..creo que eres tú simplemente quien sueña, piensa y recuerda…gracias a tu vida, a las experiencias de tu vida que son las que te atraen, unas más y otras menos..creo que inevitablemente en algunas ocasiones vamos a seguir un camino y no otro..Por alguna razón llegaste a Quito o piensas en Valparaíso y muchos otros lugares…Por ejemplo, yo pienso en Ecuador porque tuve una compañera en el colegio que se llamaba Patricia Aulestia y era ecuatoriana, ella nos hizo pensar en Ecuador cuando nos hablaba de su pequeño país. Asi, Ecuador, sin nunca haber estado yo allí quedó como parte de mi vida en mis recuerdos..Pienso que para que exista el azar hay que creer en él.

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  3. No creom que sea el azar el que te lleva hacia esos lugares xib kia

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