CRÓNICAS DE LA DIOSA ELLA

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Me acuerdo que una vez existieron los grandes dioses. Dioses a los que llama grandes y les ponen el adjetivo antes del sustantivo para dotarlos de una mayor fuerza. Todos saben, pues, que cuando se altera ese orden no se produce un caos gramatical, sino que el adjetivo es como el pétalo del sustantivo y le otorga un poder mucho mayor al significado. Es así como a los dioses griegos les llamaron antes grandes que dioses. Los grandes dioses, para referirse a que tenían forma humana porque los griegos veían en el ser humano la perfección misma, y qué mejor forma de representar a los dioses otorgándoles dicha anatomía, la mejor que existía en los antiguos tiempos para vestirlos.

La cuestión de la vestimenta de los antiguos dioses, sin embargo, no es una tontería. Antes de que aparecieran los humanos, los dioses eran y caminaban como les daba la gana pero, en su mayor parte, adoptaban la constitución de su entorno. Si uno vivía en un arroyo, sus cabellos eran como la larguísima corriente del agua y sus labios estaban hechos de los cantos rodados y erosionado por la fuerza de la corriente. Por el contrario, si otro no era tan amigo del agua sino que prefería vivir en las cumbres más altas, su pelo era tan canoso y resbaladizo como el hielo y en vez de piernas adoptaba un par de gruesas y emplumadas alas. O el caso del dios que se dedicaba a la música en cuerpo y alma, al que era frecuente verle sentado a la sombra de un viejo roble, en una silla construida de sus mismas ramas. Tal dios, en minúscula porque le gustaba pasar desapercibido, se aposentaba con la guitarra en el regazo, colgaba un viejo transistor de uno de los nudos del árbol y a continuación, se dejaba llevar por las innumerables melodías que transmitía Radio Olimpo. No transcurría más de un rato hasta que él mismo arrancaba las mismas notas de su instrumento. Ignoro lo que tardaría y durante cuánto tiempo estaría interpretando y gozando de las notas musicales, porque el tiempo de los dioses era distinto de los humanos, por lo que si un determinado bosque se caracterizaba por la musicalidad de sus ramas, bien podría pensarse que ese dios tan musical no había dejado de tocar en los últimos siglos, además de ser perfectamente invisible, vestido de elegante juglar de la espesura, y con una guitarra cuyas cuerdas estaban hechas de hojas otoñales. Es decir, que había una perfecta mimetización entre la apariencia de los dioses y el lugar donde habían decidido echar raíces y que, después que llegaran los humanos con sus elegantes y viciosas chaquetas, con sus ponchos y sombreros, con sus gabardinas y talegas para guardar el oro, con sus medias de encaje y sus percheros, hubo dioses que se quedaron tal cual, haciendo caso omiso a las consideraciones de la moda, y mandaron al carajo a algunos intrépidos sastres que pretendían tomarles medida, mientras que otros, quizás más presuntuosos y olvidadizos con la esencia, se dejaron probar de todo: togas, capas, albornoces, sandalias, babuchas, tangas, zapatos, calcetines, cinturones de hebilla, camisetas de manga corta, pulseras de diamante, blusas transparentes, vestidos de noche, ternos de boda, calentadores, chompas, guerreras, americanas, lentes de contacto, anteojos de cristal oscuro, botijos, vasos de cerámica, bolsos de mano, maletas de poliuterano, serigrafías con el número de teléfono del cielo, birretes, hábitos, conchas, alhajas, aretes, cepillos de dientes, guantes, gorras de beisbol, chalecos, pajaritas, polos, auriculares de diseño, medias, hilos dentales, calzoncillos de pata larga, abrigos de visón, zapatillas de deporte, agendas de cuero, cajas de aspirinas, mochilas, medallas, jerseys, armaduras de hierro, micrófonos, sintetizadores, resmas de papel, afiches, agujas, máquinas de coser, llaveros, teléfonos, saxofones, copas, vasos de vino, pintalabios, gemelos, casacas, pelucas, escopetas, frascos de perfume, pitos arbitrales, redes de pescador, atriles de político, títulos nobiliarios y académicos, taparrabos, cerbatanas, gotas de lluvia, modernos celulares, llantas de aleación, óleos de Caravaggio, espejos, divanes, rulos, cremas hidratantes, constituciones políticas, corrupciones, declaraciones de independencia, genocidios, zurrones, plazas de toros, basílicas, colchones, orinales, implantes de silicona, preservativos, acordeones, porteros automáticos, rancheras, obituarios, cruceros de lujo, panteones, cardiganes, relojes de cuco, macetas de geranios, ramos de violetas, raquetas, vibradores, latas de refresco, hipocresías, bolígrafos, plumas estilográficas, billetes de metro, salas de espera, sacos de harina, norias, dinteles, barras de bar y sombra de ojos.

Todo eso y más se probaron todos los dioses. Y con todos me refiero a todos. Unos con desgana. Otros para que los hombres no se ofendieran y siguieran adorándolos. Dioses masculinos y dioses femeninos. Ahí se juntaron todos. En fila india. O en el más absoluto desorden. Unos agradecidos por la deferencia. Otros atraídos por la novedad del consumismo y por los anuncios de la televisión divina donde se instaba a los dioses a dejar de una vez por todas su forzosa desnudez y falta de atribuciones mundanas. Allá fueron todos. Unos cojeando. Otros corriendo de lo lindo. Zeus debió dejar su rayo para bajar arropelladamente las escaleras del Olimpo. Dionisio de desquitó de su borrachera pero se vino en un carro tirado por bueyes con unas cuantas barricas de tinto. Heracles hizo una pausa en su larga lista de hazañas y se puso al servicio de los ayudantes de los sastres, que también eran algo eunucos y estaban maravillados por ponerle la cinta de medir a lo largo del musculoso pecho del héroe al que la esposa de su padre persiguió durante toda la vida producto de las iras. Osiris también se percató de lo que sucedía y se hizo un viaje bien largo para llegar a la presentación tan ufana y misteriosa acerca de la moda de los hombres. La entundada también hizo un alto en sus capturas nocturnas, salió de la selva y se personó en los alrededores, hasta que dio con la larguísima lista de aperos, útiles, cacharrerías, aptitudes y procederes traídos por los humanos. Un carbunco, sin duda alentado por la entundada, vino detrás de ella, porque los carbuncos poseen un olfato extraordinario, y ya sea un cíclope, una grosella o un centauro, huelen todo como si estuviera encima de sus narices. Todos ellos vinieron a probarse todo y no dejaron nada sin ponérselo encima, de lado, en los pies o entre las cejas. Ahí es cuando el mundo verdaderamente estalló. Hubo peleas. Forjeceos. Los titanes aún quisieron llevarse los cacharros de mayor talla, aunque para ellos se quedó la maldad, los bajos instintos, la megalomanía, las llamaradas y todos aquellos trastos que, a voluntad de Zeus, hubieron de quedarse en su propiedad, porque de todos era sabido que habían acabado derrotados y sometidos a la autoridad de los dioses, por lo que no había nada que discutir aunque lo que les dejaran fuera lo peor que habían traído los humanos. Así hubo un titán que se llamaba Sambenito y cargó con las herejías de la Iglesia y otro que para poder llevarse el pato tuvo que pagar unas cuantas monedas de oro al labriego que las traía. De ahí los dioses tomaron buena nota y devienen expresiones como llevar el sambenito o pagar el pato. Pobres titanes.

En cuanto a los dioses, después del tumulto, hubo quienes sí, quienes no, quienes un poco, quienes otro tanto, quienes casi todo y los mas sensatos, quienes mandaron al carajo a todos aquellos humanos que traían no se sabe cuántas modas, comportamientos y objetos poco duraderos, haciéndoles creer que lo humano era lo mejor que se había visto en muchísimos kilómetros a la redonda del Olimpo, de la laguna Estigia, de la barca de Caronte, del Santiago Bernabeu, de Itchimbía, de la plaza de Neptuno, de la Gran Vía y de las arenas de Ereaga. De lo que sí todos se llevaron es de las atribuciones humanas y de su aspecto fornido y elegante, porque todos los dioses querían ser mejores y esa competividad la llevaban dentro de su sangre. En su más inmensa mayoría, adoptaron el aspecto humano, mientras que los que llegaron tarde, como Pan que se quedó con su semblante de cabra o los gentiles que se resignaron a conservar su gigantesca estatura, tuvieron que hacer de tripas corazón y se quedaron sin nada o, en el peor de los casos, arramplaron con las sobras, con lo peor del espíritu humano, y en esas es cuando se sucedieron dos acontecimientos de naturaleza extrema.

Por un lado, el caso del dios que más presumía de intuir la naturaleza de los mejores aspectos incluidos entre tanta mercadería humana. Una divinidad ladina, dotada del arte del convencimiento, de la persuasión y del noble oficio de representar a sus votados. Un dios que, llevando a la práctica sus poderes, se hizo con una caja que era como la de Pandora, pero como él era masculino no se iba a volver a dar el caso de que abriéndola iban a salir disparados todos los males de la humanidad, así que se la llevó pensando que aquel recipiente con incrustaciones de oro le iban a hacer más noble, poderoso e influenciador en la opinión pública del Olimpo. Aquel dios se llevó la caja a sus dominios y al abrirla, no es que salieran todos los males, sino que dieron a luz los atributos de la clase política y el dios se convirtió en ladrón, pendenciero, hipócrita, chorizo, choro, evasor de impuestos, malversador de conciencias, artista de la impunidad, catedrático de la deslealtad, habitante de los bajos fondos, chulo de playa, traficante de sonrisas, falsificador de expedientes de regulación de empleo, rector de la academia de pícaros sin remordimientos y devorador de derechos y libertades.

Después de aquel caso, todos los dioses cogieron un miedo horrible y desconfiaron tanto de los seres humanos que no volvieron a tomar mercadería alguna. Se sabe que el lugar donde se había celebrado la feria de atributos quedó un tanto desordenada, con el césped aplastado y algunos arbustos abombados producto del forjeceo, pero nadie reparó en un objeto que había quedado depositado en el suelo. Una simple nota que decía “son mis ojos”. Una nota de papel arrugada y pisoteada, sobre la que habían escrito aceleradamente, como si el autor hubiera tenido más prisa en deshacerse de ella que en poner por escrito algo bello. El caso es “son mis ojos” fue arrastrada por el viento. Rodando como una cabeza. Girando como una rueda, hasta dar con los pies de la diosa más fea, la menos querida, la que más aislada vivía, la más apartada del mundanal Olimpo, la menos observada, la que tenía los pechos tan caídos que parecían más una liana áspera que unos turgentes pezones, aquella cuyos muslos eran como el arrugado tallo de una vez y cuyos labios desprendían una savia amarga. Aquella que se vestía de tal. Aquella que no quería haber sabido nada de las incontinencias de Apolo, de Eros, de Hefesto, de Hermes, de Vulcano o de cualesquiera sobrenombres griegos o romanos. Aquella que se vistió de lo peor que pudo para que la dejaran en paz. “Son mis ojos” llegó a sus pies de piedra pómez y aquella dirigió sus ojos a aquella nota que nadie había querido. Aquella leyó “son mis ojos” y algo extraordinario sucedió. Ni la nota ni la frase llevaban autoría alguna tras de sí. Que de un poeta se trataba no cabe la menor duda. De uno de esos seres humanos caracterizados por hacer algo que no es práctico y andarse casi siempre por las ramas, en vez de dedicarse a ver escaparates, a vestirse con el mejor de sus trajes y mostrar la billetera para autoproclamarse el mayor de los galanes. Aquella leyó “son mis ojos” y un poderoso rayo le cegó súbitamente.

Lo extraordinario que sucedió inmediatamente después es insólito. Aquella ya no era aquella. Se había transformado en el ser femenino más bello que había pisado el Olimpo. Se tocaba. Se palpaba. Se pellizcaba la nariz. Pero era cierto. Aquella no era la presunción de aquella. Aquella era ella misma, una vez desprendida de los ropajes que llevaría hasta aquel cegador instante. Era ella, en efecto. De pechos sólidos. De muslos potentes. De brazos ingentes. De caderas atropelladamente carnales. De una sensibilidad precisa. Era ella. Ella y sus ojos. Se miró a la transparencia del río, el mismo río que ofrecía el reflejo de las ramas de la ribera además del de la diosa. Se observó y sintió sus ojos. Sus ojos verdes. Sus ojos fuertemente atados a la belleza. Así es como surgió ella. Ella, la diosa del instinto. La diosa que cuando uno cierra los ojos para escribir o para amar, se la puede sentir, como navega dentro, como digiere fuera, como atraviesa el pan, como te clava las uñas en la carne, ella y sus ojos de húmedo terciopelo. Ella, la que decide a quién y cómo mostrarse. La que desapareció del Olimpo y se perdió en la oscura naturaleza de la pasión humana. Ella es la que acostumbra a mostrarse cuando yo escribo.

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