CRÓNICAS DE LA COSA BLANCA QUE CAGABA Y DEL NIÑO QUE VIO LA ESPERANZA EN ELLA

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De esto hace unos cuantos años. Tantos que era tan niño como lo es ahora Mario. Un jovenzuelo que apenas sobrepasa los siete años de edad, pero que se da cuenta de las cosas. De las cosas que para él no son más que cosas, porque su vocabulario es aún demasiado imaginativo. Para él, todo lo que no conoce por su verdadero nombre son cosas. Cosas por aquí. Cosas por allá. Lo mismo que para mí cuando tenía su misma edad. Veía cosas por todas partes. Cosas grandes. Cosas pequeñas. Cosas que caminaban. Cosas con una cadena al cuello. Cosas sobre dos o cuatro ruedas. Pero hay cosas que enseguida aprendimos a llamarlas por su verdadero rostro. Y eran algunas cosas blancas. Unas cosas con pétalos que después de repetirlas un par de veces, supimos que se llamaban rosas. Unas hermosas rosas blancas.

Lo mismo le sucedió a Mario, que me recuerda al Mochuelo, aquel niño que era el alter ego de Miguel Delibes por las tenadas de las afueras de Ávila o Salamanca. Un día paseaba por Barcelona y me preguntó:

-¿Y qué es esa cosa blanca que está cagando?

Efectivamente, el niño apuntó indebidamente hacia una mesa. Hacia una mesa blanca cubierta con un mantel blanco, sobre el que había un papel higiénico igual de blanco, con un retrete blanquísimo, sobre el que alguien enteramente blanco está haciendo sus necesidades después de haberse bajado unos pantalones blancos, plegados sobre unos mocasines tan albos como blancos, sobre los que un cinturón blancuzco hace las veces de culebra y sobre cuyas blancas manos, el hombre blanco con canas blancas lee un discreto libro blanco.

-¡Qué cosa tan blanca! -exclamó tan sorprendido que sus cejas parecían la curvatura de un arco.

Aquel señor que Mario denominaba cosa blanca estaba ahí sentado. Permanecía perplejo. En una actitud tan pacífica que verdaderamente parecía que estaba cagando. Sin cadena por arriba. Sin cadena por abajo. Sin bañera al lado. Sin ducha. Sin las cortinas de rigor. Sin ambientador. Y todo blanco. Inmaculadamente blanco. Con una corbata blanca. Con una camisa igual de blanca. Con una americana también blanca. Y además era el blanco de la mirada de Mario, que observaba perplejo la escena, a una distancia prudencial, no fuera que el acabara también igual de blanco, tan blanco que al pasar por la claridad del sol no fuera a convertirse en un fantasma invisible, como esos que aparecen en los cuentos que leen en clase y se fascinan tanto.

-¡Y esa cosa blanca está cagando! -atinó de nuevo y esta vez le señaló con los dedos de ambas manos, como si quisiera inmortalizar la escena de esa cosa blanca.

Ciertamente estaba cagando. Pero no lo parecía. Porque al cagar se hace más ruido. Pero el señor en cuestión cagaba discretamente y sin que nada, absolutamente nada, le distrajera de esa pacífica sensación blanca. También guardaba una escobilla blanca al lado, por si al cagar se demoraba y tuviera que limpiar el interior del inodoro. Y mientras cagaba, o parecía que cagaba, seguía enfrascado en su lectura. Y así le contaba a Mario, que esa cosa blanca está cagando pero también leyendo.

-¿Y qué es estar enfrascado? -me preguntó.
-Estar enfrascado es una metáfora. Es como decir que eres un licor muy antiguo y permaneces en el interior de un frasco o botella, reposando por los siglos de los siglos, como si el coñac que se bebe tu abuelo en un santiamén se quedase dos o tres meses sin ser abierto -le expliqué.
-¿Y un santiamén qué es? -volvió a preguntarme con la debida curiosidad.
-¿Qué crees tú que es?
-¡Pues a mí me parece una cosa! -me respondió alegremente.

Esta vez le dije que el santiamén no era una cosa. Qué era algo más importante. Una expresión. Sí. Pero no una expresión cualquiera. Un dicho popular que viene de la etimología. Y si no sabía lo que era la etimología, le conté que era una palabra que usaba mucho en las misas de los tiempos del abuelo. Que todos los domingos iban a escuchar el sermón del párroco, y después a confesarse, y como rezaban rápidamente, para no demorarse más tiempo e irse a jugar a los bolos, en vez de decir “spiritus sancti amen” lo recortaban y dejaban en santiamén. Que es una forma de rapidez, de simultaneidad y de hacer algo al instante.

-Ahora lo entiendo, ¿pero crees que esa cosa también está cagando en un santiamén, o va despacio, como esa cosa mayor que está cruzando el paso de cebra?
-Pues no lo sé, Mario. Y esa cosa mayor no es una cosa mayor sino una señora de avanzada edad.

Y es que la anciana señora había aprovechado el receso de la circulación y cruzaba como podía. Alternando sus pasos entre el asfalto y las líneas del paso de cebra pintadas de un impoluto blanco, quién sabe si dejadas a primera hora de la mañana por el hombre de blanco que estaba tranquilamente cagando y leyendo sobre su blanca taza de váter. La anciana alcanzó la otra acera y con un pañuelo sorprendentemente blanco se restregó el sudor de la frente. Un sudor blanco y es de suponer que producto del esfuerzo de haber entablado semejante hazaña con el tránsito. Mario me sonrió discretamente y apretó un poco más la mano, tal vez asimilando que, en el día de hoy, muchas cosas estaban dejando de ser cosas para convertirse en algo más apropiado para el mundo diverso en que vivimos.
El señor blanco ahí seguía, mientras tanto, poco afecto a los sucesos y acontecimientos del entorno. Concentrado en su blanco libro. Sin haber pasado ni una sola página desde el momento en que nos detuvimos. Ni una sola mueca. Ni un solo desgarro. Un silencio blanco. Lo cual era interpretado por Mario como una señal inequívoca de pensamiento.

-Además de estar cagando, está pensando ¿pero qué pensará?
-No lo sé, Mario, pero podemos preguntarle en el momento en que se mueva.
-¡Ah, sí, pero si me acercó igual me vuelvo blanco y no me podrás ver más ni llevarme a casa de los abuelos!

Qué niño tan maduro y a la vez tan gentil con las creencias. Qué se iba a volver blanco si se acercaba. Que había señales. Que la señora había sacado un pañuelo blanco y si no que me fijara mejor en los alrededores. En la entrada del edificio de enfrente había carteles blancos. De los ocho niños que había visto, cinco de ellos iban en zapatillas blancas. El señor de mi izquierda llevaba un polo blanco. Las hojas de los diarios que se venden en la librería de atrás son blancas. La luz es blanca. Muchos taxis son blancos. En los parterres hay flores blancas. La piel es mamá es blanca, aunque no haya venido con nosotros, pero vive a tres manzanas y es posible que el señor blanco que está cagando tenga influencias blancas más allá de lo que nosotros pensamos.

Sin embargo, vencí su reticencia y le apalanqué la mano como pude. Prácticamente le llevé a leves tirones hasta que nos acercamos hasta el tipo que estaba cagando. Hasta los pelos de las piernas eran blancos. Y el retrete estaba limpísimo. Le dije a Mario que tan limpio como la patena. Y claro, al escuchar esa palabra otra vez con el mismo cuento.

-¿Qué es la patena?
-Oh, es cierto. La patena es como un plato de oro o plata donde antaño ponían las ostias consagradas en la misa.
-¿Es decir, que con la patena los curas te daban en la cabeza unas cuantas ostias?
-Claro que no, Mario, las ostias de allá son otra cosa bien diferente.

Le conté, con mucho desacierto, que no eran los mamporros que los protagonistas de la película se daban, ni tampoco lo que acostumbran a decir los vascos cada tres palabras, sino algo mucho más sagrado para los que iban allí, sobre todo en los tiempos del abuelo cuando se templaba el frasco de coñac en el santiamén al que me había referido hace un rato. Y si hablaba mucho del abuelo, es porque durante muchas tardes, Mario se quedaba con él, porque tanto su mamá como yo trabajamos mucho, demasiado y en silencio, por tan poco que apenas nos queda tiempo para ocuparnos del niño y que hay que dar las gracias al abuelo que está jubilado y siente como si fuera una paternidad renovada el hecho de pasear al nieto por las Ramblas y contarle todo lo habido y por haber, sobre todo porque el abuelo también hace uso de las cosas y se refiere a ellas por cosas para simplificar.

Y nos quedamos a pie de la mesa blanca. A un par de palmos del señor de blanco sobre el que yo también me hacía el cojudo porque sabía que era un mimo que estaba ejerciendo su arte de la ocultación artística, pero no quería que el niño perdiese la concepción del sueño, aunque tal vez fui yo el que perdió el sueño y Mario quien lo ganó definitivamente, porque el crío se acercó más que yo, una vez vencido el miedo y viendo que su piel no cambiaba de color y que su chaqueta seguía siendo de un rojo chistoso. Mario le agarró levemente de la pernera de la chaqueta blanca que llevaba el señor blanco pero su blancura no se movió. En silencio. Con el silencio de hace un rato. Con una expresión blanca en sus labios pero en silencio.

-Tienes que echarle una moneda a los pies -le sugerí.
-¿Y por qué, papá?
-Pues porque si no, esa cosa blanca no se va a mover nunca ni tampoco te contará qué es lo que hace ahí.
-Así que es como las máquinas tragaperras.
-En efecto, pero como una máquina con corazón.

Mario se echó la mano a los bolsillos y sacó una moneda de un euro. Una moneda era suficiente. De las pocas que le quedaban a el y de las pocas que nosotros le habíamos dado, después que el gobierno nos hubiera quitado las pocas que ganamos con lo tanto que nos quitan después de tantas reformas, tijeretazos y desmadres. Y le conté que la depositara a los pies del hombre blanco para que después le contara algo blanco sobre lo que estaba haciendo.

-Papá, pero si le doy la moneda ¿crees que me contará algo blanco?
-Sí, ya verás, y luego se lo contamos al abuelo.

El niño le dejó la moneda y el señor tan blanco como seguía le guiñó el ojo. Durante unos instantes, es decir, en el santiamén sobre el que Mario había aprendido el significado, la cosa blanca no se inmutó. Después, en un alarde de educación dejó su libro apoyado en las rodillas y con la mano derecha se quitó el sombrero y le hizo ademán de un saludo ceremonioso y gentil al niño. Llevó el sombrero a la altura de su pecho y le dijo:

-Soy el señor blanco que está cagando. Coge lo que hay dentro.

Mario alcanzó una perplejidad inaudita. Casi le da un espasmo. Se quedó dubitativo, entre salir corriendo y quedarse allí ante la cosa blanca que hablaba. Pero yo le empujé cariñosamente y finalmente metió sus dedos en el interior del bombín blanco. Agarró un sobre, igual de blanco que el todo y una vez lo asió y guardó entre su pecho, el hombre volvió a recobrar el sombrero en su postura inicial y le sonrió:

-No es blanco todo lo que parece, niño. Solo la esperanza de un libro será capaz de convertir en blanco todo este negro mundo.

Esta vez Mario sonrió. Sonrió sin que yo supiera por qué. Pero sonrío y abrió el sobre. Lo abrió y encontró un billete contante y sonante. Es decir, un billete de altísimo valor económico para él. Cien euros. Y un papel blanco que decía: “haz una buena obra con esta blanca esperanza”. Mario no tardó en comprender y se lo devolvió al señor que cagaba, no ya a la cosa que hacía algo guarro en mitad de las Ramblas. El señor rompió por última vez su inmovilidad y le preguntó:

-¿Y por qué me lo devuelves?
-Usted que dijo que haga algo bueno con esta esperanza. Usted antes era una cosa para todos. Ahora usted es alguien que hace algo en lo que cree y ayuda a los que paseamos a ver algo más que una cosa blanca que está cagando. Usted ve la esperanza en un libro.

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2 comentarios el “CRÓNICAS DE LA COSA BLANCA QUE CAGABA Y DEL NIÑO QUE VIO LA ESPERANZA EN ELLA

  1. sandra dice:

    Gracias Aitor por darme una esperanza en tus cuentos

    Me gusta

  2. Lety dice:

    Me encanta 🙂 ❤

    Me gusta

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