CRÓNICAS DE LA HISTORIA QUE CONTARON A OMAR Y PINTO SOBRE LOS LEONES VAGOS QUE SE CONVIRTIERON EN CAMALEONES Y OTRO LEÓN QUE CONSTRUÍA CAMAS.

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La historia siempre se refiere al arte como una de las más majestuosas obras del hombre. Del hombre de ahora y del de antes. Con las herramientas de antes y las de ahora. Con aquellas manos homínidas que golpeaban una piedra contra otra hasta tallarla despacio o con las manos de hace unos meses que tomaban un bote de esos que se agitan y rocian las tapias de un centro educativo con los mejores productos de su imaginación. Con los pigmentos naturales que el primitivo artista mezclaba con tesón para dibujar con tiento un bisonte o con la provocadora imaginación de los artistas de hace un par de décadas que declaraban que hacían arte meándose en una chapa de zinc dejándola oxidar posteriormente. Con los tímpanos de las viejas iglesias románicas donde explicaban al analfabeto siervo los pormenores del evangelio según San Lucas y con el sermón de que no cometiera pecados porque si no iba a acabar como con la misma expresión que esa gárgola de mala ostia hasta ell día de hoy, donde una inefable clase política practica el arte de explicar los detalles de sus atracos a la ciudadanía a base de palos, es decir, con porras y otros artísticos instrumentos de la corriente pictórica de los antidisturbios. En fin, con las puntas de lanza de siglos pasados o con la caradura contemporánea, esa que consiste en decir al pueblo que se baje los pantalones y acate lo que le entra por detrás.

Es innegable que detrás del origen, evolución y heterogeneidad del arte está el hombre, pero delante también. Detrás porque el hombre es para el arte como una sombra. Cierto que un día el arte se despertó, que calentó motores y miro alrededor y decidió hacerse presente más allá de la naturaleza. El arte se dijo a sí mismo que como es una persona de por sí comprometida y audaz, había que hacer algo más que armar exposiciones temporales, simposios, conferencias, encuentros, talleres, conferencias magistrales, clases demostrativas y dinámicas de grupo en pleno bosque. Para entonces, el arte era uno de los mejores y más destacados artífices de la belleza en la naturaleza. Capaz tanto de dibujarle al camaleón distintas vestimentas en función de su estado de ánimo como de pintarle a la serpiente de coral el fatídico mosaico de la muerte. Y había que verle al camaleón con su extensa colección de ropa para toda temporada y ocasión, porque quien piense que esto de la moda lo inventó Christian Dior en los jardines de Granville o el emperador Calígula con sus orgías, se equivoca sobremanera. La moda la inventaron los camaleones, que tampoco son unos reptiles al uso.

Los camaleones no fueron toda la vida reptiles. Primero fueron leones, pero con una pereza del carajo. No les apetecía cazar ni montar leonas, sino que estaban enfrascados en dormir, ver los partidos de la selección de futbol y reflejarse continuamente en las corrientes del río Nilo. Había que verles. Todo el santo día bostezando, o yendo a las salas de cine donde aparecía uno de sus compatriotas rugiendo como las entrañas de una camioneta de doble cabina, al servicio de la Metro Goldwyn Mayer. Lo peor de todo es que cierto día de cuyo nombre no quiere nadie acordarse, se personó en la sábana uno de los caballeros de adarga en pecho y especulación en mano más vagos de toda la comunidad de rugidos. Un ocioso ejemplar con terno y maletín, con ganas de emprender cualquier negocio donde obtener billete a corto plazo, con la melena tan vasta que si él estaba en el Congo, la venía arrastrando desde París.

La causa de tan extensa cabellera no tenía nada que ver tampoco con su condición de león fiero, sino con su excelso gusto por la música hippie de los sesenta y en particular, por la discografía de Bob Marley. Una rara mezcla de espíritu solidario con el que disfrazar su verdadera razón de ser. Un león en el que se congregaban la sorna del empresario avaro y la presunta imagen de tipo comprometido con las clases animales populares. Con tal león se fraguó el acabose. Se armó el órdago. Vio todo lo que había alrededor. La parafernalia de pereza, bostezos y buena vida de los leones. Y pensó que allí había negocio. Que podía levantar unas gigantescas torres de apartamentos, con una docena de campos de golf y un aeropuerto parecido al de Tabadela o al de Castellón. Pero el ladrillo estaba en crisis. Ya casi no quedaban solares en las laderas del Pichincha y todos los terrenos restantes eran de naturaleza rústica y no urbanizable, por lo que el muy listo llevó a cabo lo que en la península ibérica es una práctica muy común entre las promotoras inmobiliarias. Se compró una caja de cerillas y unos cuantos bidones de gasolina y embaucó a una patrulla de hienas que andaba por allí. Quemar un poco la sabana a cambio de carne de gacela. Y allá que se volvió a liar parda. Miles de hectáreas reducidas a humo.

El gentil caballero apareció como el salvador de la indescriptible situación porque dijo que no se preocuparan, que ahí estaba él para sacar adelante al pueblo animal. La cortina de humo perfecta para que nadie se diera cuenta de la cuestión de fondo que subyacía en su pirómano delito. Aprovechándose de todos aquellos ejemplares de baobabs quemados y presentes en el entorno, se armó con un ejército de elefantes, jirafas, dromedarios, jaguares, alpacas, funcionarios públicos, perdices nivales, obispos en huelga y se construyó un extenso campo de camas para los reyes de la selva, de ahí la alusión actual de King Size que impera en el mercado de los camastros, literas y divanes.

Hubo que ver el regocijo que se produjo, así como los vítores de los leones que, armados del gusto y emulando a quienes salían en la televisión en debates políticos, conferencias, escándalos de pacotilla, se tumbaron a la bartola, con las patas hacia arriba y los lomos bien lustrosos. Así todos los días y gracias al mesiánico llegado de tan lejos, sin importarles un pito porque para eso eran los reyes.

El león metido a empresario, con las pingües ganancias obtenidas con la venta de todas las camas, y como era el rey de todos los reyes de la selva, se compró una escopeta bañada en oro y rubíes. Después, tal y como era costumbre en los homónimos humanos de sangre azul. aceptó al invitación de un jeque árabe para irse a cazar elefantes, cosa que le costaría un buen disgusto porque si bien no estaba todavía achacoso, casi se rompe la cadera al meterse las manos en el bolsillo en busca de un euro que le sobraba porque quería contribuir a reducir la pobreza en el continente africano. Un niño con la tripa hinchada y el semblante triste le había pedido algo para comer. Con tan mala suerte que por allí la moneda europea no servía para nada. Se utilizaba el buen corazón como trueque y qué le vamos a hacer, tal rey se quebró de la indignación porque eso podría afectar a la buena imagen institucional de los leones. En tal requiebro pisó mal y tuvieron que sacarle por las buenas y por las malas porque era incapaz de moverse. Sé que el león intentó mantener el inconveniente en secreto, pero algún avispado animal de la competencia, tal vez… filtró eso a la prensa de la comunidad selvática y la Agencia de noticias lo propagó por medio mundo.

La desgracia cayó sobre toda la amalgama de impolutos leones porque en cuanto la noticia llegó al único rey que tenía derecho de denominarse como tal, Zeus el negro, criado en el Olimpo del Sur, bajó de sus dominios y se presentó ante la curia de los vaguísimos leones. Por aquel entonces, el templo de Zeus el negro estaba en lo alto del Kilimanjaro, la única parte del cielo accesible a los hombres, ya que ellos tenían el cielo negado de antemano y todos iban a parar al inframundo, donde el cimarrón Caronte les llevaba en su barca hasta la entrada del infierno, previo pago de un par de botellas de cerveza, que si eran Pilsener mucho mejor. El caso es que a la entrada había un animal bien fiero, un carbunco pardo y con ínfulas de devorador de almas el cual te exigía mostrar la cédula. Si tenías residencia legal te dejaba pasar y si no, te condenaba a un trasiego de siglos por distintas ventanillas, estancias, legalizaciones, apostillas, sobornos y vacíos legales, así como al pago de una elevadísima cantidad para que te pudieran atender en los servicios de emergencia y hospitales próximos al Averno.

Zeus bajó, montado en un camello con alas, el célebre Pegaso del desierto, y dando con los pies a tierra, observó con espanto cómo toda la sabana se había convertido en una especie de casino con dormitorios en vez de máquinas tragaperras. Esa pandilla de leones había desafiado a los dioses del Olimpo africano, burlándose de la vida que ellos habían creado y en la que el esfuerzo estaba en relación directa con los placeres de la vida. Es decir, que al trabajador le correspondían los frutos de una buena cama y al vago no le quedaba más remedio que fundar un partido político, afiliarse a los sindicatos o robar plata al erario público.

Esa vez la situación iba más allá y Zeus tomó la determinación de su vida. Blandió su rayo a lo largo y ancho del complejo de camas, edredones y frutos secos y de ahora en adelante, les convirtió en unos austeros y cabreados reptiles, de larga cola y una lengua pegajosa y larga para que no pudieran bostezar. De nada sirvieron las súplicas de los otrora vagos leones que, esta vez, sintieron con horror la insoportable carga –según ellos- de no ser agraciados físicamente. Sé que desde aquel día se congregaron todos, arrepentidos y comenzaron una larguísima penitencia que aún hoy en día dura. Mandaron una carta a Zeus en que a partir de aquel momento se dedicarían a cazar insectos y ser innovadores. Tan innovadores que intentaron ganarse su confianza con una suerte de diferentes colores y llamativos cambios de indumentaria, pero Zeus el negro todavía sigue cabreado con ellos y no les ha perdonado. Ahí tenemos los orígenes de la moda. En la ira de un dios africano. En la desfachatez de un león metido a empresario que, no se olvide, Zeus el negro no pudo hacer nada contra él porque, como es de menester en los de su calaña, el constructor de camas, en cuanto sintió eso de “cuando veas las melenas de tu vecino pelar, pon las tuyas a remojar”, tomó las de Villadiego y nunca más de supo de él, aunque cuentan las malas lenguas que fue un semental de los de tomo y lomo y que, desgraciadamente, dejó una amplia descendencia. Quién sabe si los embaucadores que nos gobiernan no forman parte de su misma prole.

Si la moda la inventaron los camaleones, o los leones ávidos de cama, el arte hizo lo mismo con los hombres. Un buen día el arte se encontró con el primer hombre que pobló la tierra. Primer hombre que para algunos es Adán y para otros un par de hermanos gemelos que un otoño de hace bastantes siglos se escaparon del libro de Popol Vuh. El arte y el hombre firmaron un contrato de arriendo. El arte cedía todos sus conocimientos en materia de embellecimiento y el hombre se comprometía a darle una utilidad precisa, con una clausula que señalaba que quedaba terminantemente prohibido hacer el vago como los leones o someter el arte a las malversaciones de la política. Así es como el arte llegó hasta nuestros días. Preciso. Temperamental. Ocioso. Terrible. Pragmático. Comprometido. Surrealista. Un arte tan diverso como las muelas de un cíclope. Arte de cuerdo o arte de locos. Incluso se piensa que en los grandes genios que han trascendido hasta la época contemporánea hubo mucho de presencia sobrenatural. De la propia naturaleza que de vez en cuando le gusta volver a su antigua ocupación. El arte como producto de un contrato. La moda como resultado de una vagancia descomunal. Así llegó también la historia a dos hermanos que estaban ensimismados en la visión de un cuadro. Dos hermanos a quienes un anciano les había contado la historia. Justo ese mismo día en que cruzaron la esquina de la calle Chile y se encapricharon, uno por un morocho caliente y el otro por una colada morada. Y el viejo que las vendía, con la cara recorrida por un haz de arrugas, aprovechó para contarles esta larga pero sagrada historia. Que es verdad lo que les contaba. Que los camaleones todavía andan haciendo penitencia. Que el arte suele regresar de vez en cuando en busca de sus prerrogativas.

Había que verles a los dos hermanos. A Omar y Pinto. Omar el grande. Pinto el pequeño. Uno el calco del otro. Uno de pie y el otro sentado sobre un bolón metálico. Observando al tipo del poncho. Cómo el señor de la camiseta negra sacaba sus cuadros.

-Ese señor no es vago, Omar.

-Es que es pintor, no político, Pinto –le respondía su hermano mayor, como quien goza de la experiencia de ser el de edad más consensuada- por eso no es vago.

-Y tiene el pelo corto, por lo que no es un león de esos que se tiraba en la cama de la sabana, Omar.

-Claro, Pinto. Imagínate si no, toda la calle García Moreno sembrada de camas, de vagos, de leones, con ese señor tan raro que quemó todita la selva – añadió Omar.

-Y si no cambia de color, tampoco es un camaleón haciendo penitencia –prosiguió Pinto.

-Chuta, Pinto, deja de decir tonterías. Si los camaleones son ahora los gerentes de Pratti, Eta Fashion, el Corte Inglés, Adolfo Domínguez y la Camisería Inglesa –le regañó amistosamente su hermano mayor.

-Lo siento, Omar –se disculpó el pequeño-, tenía razón el señor ese que nos vendió el morocho y la colada morada. El arte es más bonito y seguro que se ha metido en los pantalones de ese señor ¡mira qué colores, parece que la selva se ha metido en los lienzos!

La selva metida en el lienzo de un señor que sacaba sus cuadros. Los dos hermanos eran tan sagaces que aquella mañana descubrieron que el arte se había escondido en el cuerpo de un humilde quiteño, a la par que los camaleones siguen practicando su indudable penitencia y los descendientes de aquel mesías con melena siguen practicando de las suyas. Pinto lo sabe bien y por eso le confiesa a su hermano:

-¡Algún día Zeus el negro vendrá a la plaza y le invitaré a un café con humita! Le voy a contar todito lo que hacen las malas personas que están en los gobiernos para que les convierta en los animales más feos y horripilantes. En zancudos o en cucarachas.

-Yo quiero que los convierta en bancas de espacio público –replicó Omar- porque poder poner el culo encima de ellos.

-Estoy de acuerdo contigo, pero eso son malas palabras –se quejó Pinto- y no se dice. Eso me dijo la rectora de mi colegio.

-Bueno, Pinto, no hay que avergonzarse de decir las cosas tal y como son. Todo lo contrario. Es mejor ser transparente que hipócrita ¿no te parece? –le preguntó su hermano mayor.

-Tienes razón, ñaño –aseveró Pinto-. En fin, vamos a preguntarle al pintor qué opina de la penitencia de los camaleones.

-Trato hecho.

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