CRÓNICAS DE LA ESCALERA QUE ME LLAMÓ POR TELÉFONO A TRAVÉS DE VENANCIO PARA CONTARME QUE ESTABA VIVA

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Siempre me sucede lo mismo. Muchas veces no sé por dónde empezar. Y es cierto. Pero en cuanto llevo unas cuatro líneas algo me sucede. No sé si imaginación. Tampoco si es que pase el barrendero quitándome la suciedad de la memoria con la escoba. El caso es que algo sucede en el interior al obligar a la cabeza a que haga o escriba algo. Tal es el instante que me ocupa y ni siquiera tuve la obligación de ponerme a escribir y sembrar los ojos ajenos de anécdotas sin sentido o de perros que largan sus crónicas al más puro estilo de la novela negra.

Llegados a este momento es cuando recurro a los recuerdos, o a ciertos matices del paisaje urbano que me llaman la atención poderosamente. Matices que en mi corazón, o en mis dedos, poseen la característica de labrarme con detalle. Y recuerdo una cúpula como quien pudiera recordar otro motivo. Una cúpula silenciosa, como que quiere pasar desapercibida allá por las cuadras del centro histórico de Quito. Una cúpula que bien podría no tener nada de especial salvo por el hecho de los espectadores que la rodean. Por uno de ellos. Una escalera que está como pendiente de lo que la cúpula le va a decir o contar o referirse.
¿Qué es lo que la cúpula querrá contarle a la escalera? ¿o qué es lo que la escalera querrá escuchar de la cúpula? ¿andarán de chismes? ¿Conversarán sobre trapicheos de todo tipo? ¿tal vez la cúpula habrá sido testigo de que en el interior de la catedral entran personas ajenas al culto y siente que se contagia del carácter tan metiche de las viejas cuya costumbre es observar agarradas desde el visillo de una ventana? ¿será que la escalera al hilo de lo anterior querrá advertirle de que también abundan las señoras cuyo corazón está encogido y le acusan a la escalera misma de arruinar su corazón, utilizarlas, burlarse de ellas y dárselas de víctima? ¿será que cúpula y escalera están hasta lo que cada una tengan en su divina entrepierna de todas estas cuestiones que no deberían quitarles el sueño? ¿o por el contrario la escalera le cuenta los últimos pormenores de la vida de Venancio Vitualla, un perro que todos los domingos ejerce como voluntario para enseñar a los visitantes las glorias de la Mama Cuchara y el barrio de San Marcos? ¿o tal vez la cúpula se lleva la baranda a la ventana, es decir, lo mismo que la mano a la boca, porque se sorprende de lo que le cuenta la escalera? ¿será que la cúpula le advierte que también hay otro perro que ha tomado como costumbre meterse en los pórticos del palacio de gobierno, sin dejar la cédula a la guardia de honor, para enseñar a perros y gatos el lugar exacto donde se tejen las decisiones más importantes del país?

Desde luego que son preguntas con una respuesta sonriente pero incierta. Con una respuesta inverosímil o propias de alguien que está como una cabra. Cómo se puede atribuir conciencia a una simple cúpula o a la escalera que se encarama sobre ella. Habrá que ser pendejo, cuando menos idiota. Pero no. Porque esta escalera tiene mayor trascendencia. Me deja recuerdos multidisciplinares. De variado origen. Recuerdos que van desde querer imaginar lo que cúpula y escalera andarán contándose hasta una bellísima composición de Antonio Machado que lleva por título “la saeta” y que para quien no recuerde la letra dice así:

Dijo una voz popular:
«Quién me presta una escalera
para subir al madero
para quitarle los clavos
a Jesús el Nazareno?»

Ahora la naturaleza de mi recuerdo varia. Tu semblante también. La escalera ya no es la asombrada conversadora de la torre y junto a la cúpula. Ahora la escalera es el sinónimo de lo que llevamos dentro. En el corazón. Me traslada a otra geografía que queda lejos. No demasiado. Me lleva a un poeta al que estimo sin límites. Me deriva a un género al que sigo dedicándome pero con menor frecuencia. Me antecede a un espacio más personal y místico. Por ende pienso en el sentimiento de que esa escalera me parece que va en busca de cielo y que tal vez lo encuentre allá en la cúpula. Ese cielo tan azul de Quito. Ese semblante tan blanco de Quito. Esa asombrosa luz que de repente se apaga en sí misma y llueve a cántaros hasta el punto de no saber de dónde carajos cae el agua. De todas partes. De arriba. De abajo. De las columnas. De las antenas. De las bocinas de los carros. Del estruendo del transporte público. De la vendedora de espumilla que aguarda bajo los soportales. Del presidente que andará por ahí cerca oteando el horizonte más próximo. De la cajetilla de tabaco que se esconde en su puesto de venta ambulante. No lo sé. El agua viene de todas partes. Inclusive del cielo que es a donde quiere ir la escalera. Para subir al madero del silencio. Para quitarme los clavos de algunos recuerdos. Para dejarme una voz más clara. Para despertarme.

Siempre he sentido un estrechamiento en los lazos que me unen a esa escalera que siempre está ahí, inamovible, rígida, detenida en el tiempo, tiesa como un reloj y curiosa cual minino que siente la sospecha de que algo ocurre cerca. Escalera que no se ve sino desde un lugar preciso. Uno de esos lugares donde acostumbro a repetir la misma escena: detenerme, contemplar, pensar e imaginar.

Aunque hoy, que no estoy físicamente allí, me toca hacer uso de la imaginación. Ejercitar el recuerdo. Ponerme en los zapatos de la escalera o en el papel de cúpula. En efecto detenerme. Reflexionar sobre el resultado de este día que concluye y del siguiente que se aproxima. Pensar en ovejitas, como me dicen en otras ocasiones dulcemente, para no guardarme pensamientos turbios o indignarme demasiado por lo que algunas veces hemos de ser testigos inocentes. Sea porque nos escriben absolutas pendejadas o porque te señalan con el dedo y te conminan a ser transparente contigo mismo y atribuirte todo el porcentaje de responsabilidad en algo malo. Hasta que, evidentemente, acabo de recibir una llamada de teléfono. Y espero porque no me apetece contestar. Pero lo hago. Y manda cojones: es una escalera la que me llama ¡una escalera! ¡un simple instrumento de clavos y madera!

Es la escalera la que me llama. Justo para dejarme en evidencia. Que se ha enterado de que yo pienso que ella no tiene vida. Así que la muy vivaracha se lo contó a la cúpula y ésta a su vez se lo chivó al sacristán, el cual lo relató con precisión absoluta a una paloma y está, sin prisa pero sin pausa, al Venancio Vitualla, el perro que lo sabe todo, justo el que me conoce, y entonces el Venancio, que de celulares sabe la ostia, mandó de vuelta mi número de celular hasta que éste llego a los peldaños de la escalera que, ni corta ni perezosa, se puso conmigo en contacto hará unos breves minutos. Minutos acerca de los cuáles solo hago traslado literal de la conversación.

Me cuenta la escalera que no debo albergar la más mínima duda acerca de su existencia. Que efectivamente en otra vida estuvo encaramada en alguna catedral andaluza y que pasó una buena temporada en Baeza, justo en la misma década en que Antonio Machado daba cátedra de francés en ese poblachón rodeado de olivares. Que después se hizo hincha del Betis, pero a los dos años consiguientes y para ser ecuánime con todos lo hizo del Sevilla. Que luego tuvo que aguantar los avatares de la Guerra Civil y se cagó en todos los hombres que solo saben tirarse balas los unos a los otros pero que tuvo que exiliarse solo porque le gustaba más el pueblo que los señoritos y capataces. Que se vino a Sudamérica allá por los inicios de los cuarenta a buscarse la vida en lo alto de algún campanario que la aguantase. Que la pintaron de rojo en el Parral, justo para cuando Salvador Allende y Pablo Neruda visitaron otro poblachón donde nació el segundo de los mencionados. Que en uno de sus peldaños se sentó la mismísima Gabriela Mistral a escribir alguno de sus sonetos una vez que la escalera decidió hacerse un viaje por el valle del Elqui y retornar de nuevo a la capital por toda la costa, dejando atrás Viña del Mar, Punta Tralca y miles de viñedos con glorioso futuro vinícola. Que se leyó de cabo a rabo los versos vanguardistas de Vicente Huidobro y que una vez por semana, presumiblemente los sábados, se iba al mercado de Valparaíso a ponerse hasta las narices de jaibas rellenas de queso. Que allí tenía buenos amigos a los que todavía echa de menos y desearía volver a verlos, justamente uno que es doctor en jurisprudencia, tiene poco pelo pero un corazón tan ancho como la cúpula. Que también le dio por las galanterías y en una ocasión se atrevió a pololear con una de las carabineras uniformadas más bellas que hábrase visto en todos los confines de los Andes. Que también trató con una joven profesora que alterna las clases de canto lírico con la dificultad para templarse una botella de pacharán que a la escalera le regalaron y se trajo consigo hasta las tierra de Chile. Que finalmente un eco invisible la llamó y se largó por todo Perú, hasta cruzar la frontera por Huaquillas y presentarse ante las corrientes del manso Guayas. Que tuvo frecuentes conversaciones con Demetrio Aguilera Malta y Joaquín Gallegos Lara en su calidad de escalera dotada de una grandísima experiencia geográfica y por atesorar en las grietas de la materia con la que estaba hecha un amplísimo bagaje de mitos, leyendas y sapiencias de la identidad ecuatoriana, que le surgieron como de repente, producto de alguna repentina ventolera. Que se escribió con Oswaldo Guayasamín durante unos cuantos lustros y con una regularidad asombrosa y le invitó a quedarse encaramada en la cúpula de la Capilla del Hombre pero justo el buen hombre falleció y no pudo hacer otra cosa que regalarle un pedazo de su carne, la astilla del peldaño donde justamente había resbalado una gota del sudor de José Martí, de cuando la escalera había estado un siglo antes de viaje por Cuba y aquel tal José andaba fumándose un puro tan largo como una ola. Que finalmente, en uno de sus paseos junto con Jorge Icaza, por el centro histórico, se fijó en la calle García Moreno, y una vez allí no pidió permiso para entrar por el Centro Cultural Metropolitano y se subió a la azotea, y que desde allí tuvo un relámpago visionario. Se encontró con la cúpula. Con un fogonazo de cielo azulado. Con una impresión blanca. Con un matiz sobresaliente. Que llamó a la cúpula por su nombre y le gritó “eh tú, mira que voy” y la cúpula, un poco aburrida de tanto monaguillo, avecillas y manifestaciones, le recibió con los brazos abiertos, no sin antes de que la escalera se despidiera del bueno de Icaza que había venido a pasearse para recabar información para su siguiente novela que sería “El Chulla Romero y Flores”.

Así es como se concretó lo de la escalera y la cúpula. Con estos veinte minutos de conversación donde me ha largado gran parte de su periplo. Periplo que es un mundo. Viaje al que ni el mismísimo alcalde de Guayaquil daba crédito en una comida dominical que mantuvo con la escalera pero ante la cual tuvo que rendirse con principios. Tal me refirió la escalera. Y yo obviamente tuve que pedirle disculpas y hemos quedado la semana que viene para que me cuente su historia más despacio y de paso aproveché a llamar al Venancio para agradecerle su excelso comportamiento, aunque también le he advertido que no se pase por donde vivo sin permiso porque una de dos, o me dicen que solo estamos autorizados a disponer de llaves los que vivimos dentro o aparece la vieja del visillo e informa a las autoridades de que entran perros por donde no deben. Capaz que les invito a los dos a venir, para que cualquiera tenga argumentos para creer que estoy loco o algo por el estilo. Perro y escalera. O mejor a los tres. Que la cúpula se mueva, pida un taxi ejecutivo y la acomodo lo mejor que puedo en el salón, para que también me acusen de usurpador del patrimonio nacional y violentador de torres. Así le comentaba a Venancio hace unos instantes. Cómo se reía el muy cabrón. Y que no tenía que darle las gracias para nada. Que así es la vida de sorprendente. Que ojalá todos los días sean un perro, una escalera o una cúpula los que me alegren y hagan darme cuenta de que la realidad no es un disparate, sino una gigantesca vela donde lo que cuenta es lo que no se ve, lo que se siente y lo que a una escalera le queda por mostrarnos.

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CRÓNICAS DE VENANCIO VITUALLA, EL QUE FUE AL CENTRO CULTURAL METROPOLITANO DE QUITO A INVESTIGAR EN TORNO AL RABO DEL PERRO DE SAN ROQUE

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Resulta que el otro día fui al Centro Cultural Metropolitano. La visita tenía como objeto una investigación que me han mandado en una de las asignaturas de Bachillerato Internacional. Los orígenes del rabo del perro de San Roque ya que elegí como cuestión del conocimiento en mi monografía la siguiente pregunta: ¿el perro de San Roque no tiene rabo porque Ramón Rodriguez se lo ha cortado? Ahí empezó toda mi batalla. Porque menuda pregunta de los cojones, o en este caso, del rabo. Una pregunta concienzuda, dotada de toda la parafernalia de una disciplina que se escindió de la filosofía y se hizo independiente, algo así como en la Gran Colombia de las ciencias humanas.

Que de dónde me vinieron las ganas de investigar sobre el rabo del perro de San Roque no es algo muy difícil de adivinar. Mi abuelo se llamaba Aristóteles y el bisabuelo Platón. Ambos de apellido vitualla. Un apellido notablemente griego. Más griego que la guitarra de Alexis Zorba. A mí me contaron que el apellido que llevo es porque un día, uno de mis más lejanos ascendientes, estaba en la playa con su amo, un compositor de tragedias, y justamente andaba tan concentrado en las peripecias de Lisistrata que no se dio cuenta de que la marea subía y las olas lamieron sus pies. Más aconteció que el socorrido dramaturgo solo sintió un agradable escalofrío salado en la planta de sus propósitos caminantes y no advirtió la pleamar. Tanto así que las olas terminaron por llevarse una bellísima toalla bordada con hilo de oro y arabescos sobre la que mi lejano pariente ladraba y ladraba, hasta que el sobrino del despistado griego, de no más de tres años de edad, tiró de la toga de tu tío, le gritó:

-¡Nuestro Arenímedes está ladrando, mira tío! ¡Pero tío, mira, ahí vi tu toalla, ahí vi tu toalla, ahí vi tu toalla!

Sé que mi compatriota se lanzó como si fuera el vigilante de la playa y alcanzó la toalla con un ligero mordisco y se la trajo vivita y coleando a su amo, con tal alborozo que tío y sobrino le dieron un abrazo tan grande como el peñón de Gibraltar y tan ancho como el culo de la madre de Dulcinea y de tan contentos, tanto ahí vi tu toalla que le pusieron en honor de apellido vitualla, en aquella gloriosa tarde en que Arenímedes arrebató al mar uno de los recuerdos más preciados de la familia, regalo de Pericles nada más y nada menos.
Desde aquel día, Arenímedes ya no solo fue Arenímedes, sino también el grandísimo salvador de toallas Arenímedes Vitualla, al que le pusieron el título de ingeniero que fuimos heredando uno tras otro y acerca de lo cual mis ascendientes tuvieron una especie de ojo clínico o visión a futuro, sobre todo por el país donde vivo y la ciudad donde moro, donde existe la costumbre metódica y hasta altanera de poner por delante del nombre el título académico del sujeto, como si fuera más importante la tijera que el cabello. Sinceramente, yo paso de esas huevadas y el título lo tengo reservado para algunos momentos en los que sí me las tocan y me encuentro con presuntuosos que tú les debes llamar ingenieros, doctores, condes, barberos y economistas, cuando ellos me miran muy por encima y solo soy un vulgar perro con vete a saber cuántas pulgas por centímetro cuadrado de mis muslos. Es decir, que esa sociedad de titulistas y cuenteros carece del más mínimo sentido de la reciprocidad.

Fijaros que el día en que se me ocurrió ir a pedir una cita al dentista, porque me había comido una vértebra de toro viejo y se me cascó uno de los colmillos, al doctor le tenía que tratar de Excelentísimo Señor Ingeniero y Embajador de las Ilustres Muelas de Quito porque si no no me recibía. Había que escribirle encima mediante oficio donde después del nombre pones presente, de mis consideraciones, los dos puntos, la coletilla de aprovechar los sentimientos de la más distinguida consideración para reiterarle que me importa un pito y un cordial saludo que suena más a reverencia de bufón. Ahí me harté. Le escribí el oficio, sí, pero menudo oficio cuando lo vio la enfermera, que me preguntó que no era necesario y menos viniendo de un perro, más yo le contesté amablemente que donde las dan las toman y que no tenía costumbre de acompañar mi relación de nombramientos excepto si me encontraba con un pendejo como su jefe. Y ahí le puse en la firma, para que constara a los efectos pertinentes en la fecha y lugar, de parte de su Excelencia: nieto del doctor Aristóleles Vitualla, el filósofo más aclamado de la historia perruna; bisnieto de Platón Vitualla, precursor del mito de la caverna sobre la que Freud y Descartes se quitaron el sombrero; doctor en Derecho y no Encorvado por la Universidad Andina Simón Bolívar; licenciado en Antropología de Filetes de Primera por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales; Magister en Cucharas, Tenedores y Vajillas por la Universidad Central y con un diplomado de Metodología de Excavación Para Guardar Provisiones por la Universidad de Harward; de lo que se deriva que mi tratamiento es de Triple Doctor de casi todo, Economista de varios artículos y con un protocolo que consiste en una alfombra roja allá por donde piso, una limusina a pie del edificio, un cortejo de media docena de hembras en celo y un paje con escoba que me allana el camino hasta la consulta del doctor.
Hubo que verle al doctorcillo ese porque al leer semejante oficio dirigido a su excelencia, de parte de un tal Venancio Vitualla, se creyó que yo debía ser alguien tan ilustre como el embajador ecuatoriano de más prestigio en el exterior y no veáis cómo me recibió: alfombra roja, vasija de barro, caterva de mariachis, ritual de ayahuasca, los Calchakis al completo, un ramo de flores para mi media docena de hembras, un edecán, seis agentes de la autoridad en su moto de gala a modo de escolta y, sobre todo, su dadivosa expresión servicial e hipócrita creyendo que iba a servir a alguien importante y que mi boca sería como la catedral más hermosa que su experiencia médica iba a retocar. Todo ello antes de verme en presencia, así que cuando los mariachis empezaron a tocar eso de Jalisco y los Calchakis una misa criolla y después aparecieron de incógnito Inti Illimani con el Cóndor que pasa y una rondalla de jotas aragonesas con su baile poblado de castañuelas y vio que su presunta excelencia señor don importante no iba a dos patas sino a cuatro y de tal porte, se desmayó soberanamente. Un ictus que le dejó paralizado el orgullo. Una parálisis de títulos académicos. Había que ver a la enfermera abanicándole con las páginas amarillas. Una enfermera que estaba rebuena la tía, que si fuera perra en vez de humana le hubiera dado por todos los lados y que, en fin, esta es una de mis tantas anécdotas con el apellido y la raigambre filosófica que llevo encima y por la que la cuestión del conocimiento que me planteara para el trabajo tenía que ser, por huevas, de índole filosófica.

El rabo de San Roque, por ende, era una cuestión tan filosófica como importante. Porque rabo lo tenemos todos, sea el que cuelga y movemos o fuere el otro que también cuelga y se acelera. Y por lo visto, al perro de San Roque le debía faltar aunque no sé cuál de los dos ni por qué motivo. Ahí está el quid de la cuestión. Qué le sucedió al perro de San Roque. ¿Es verdad que Ramón Rodríguez se lo había cortado? ¿Y de ser así que sentimientos o justificación presentó el tal Ramón para cortárselo? ¿El Ramón sería un ateo envidioso de ver cómo el perro le llevada todos los días un chuletón de ternera al santo, al bueno de San Roque, para que la lepra se le pasara antes? Esa es una mis teorías en lo que se refiere al rabo que cuelga y se mueve de San Roque y no al otro rabo, porque me consta que el perro de San Roque tuvo descendencia notable, y hot en día, casi todos los perros que guardan los conventos atienden al sobrenombre de Roque si se les llama así. Eso dice mucho acerca de que el perro de San Roque mantuvo el rabo que le correspondía y dejó el otro a la mala ventura de Ramón Rodríguez, que se hundió en la miseria del infierno y que después, el bueno de San Pablo, una vez supo que el cabrón de Ramón le había cortado el rabo por envidia, llamó al mismo veterinario que se encarga de vigilar la salud del burro del portal de Belén y ambos bajaron y le dejaron como loa ángeles lo que quedaba del rabo y además estipularon de de aquella cuestión en adelante, el perro de San Roque figuraría junto al santo en todas aquellas tallas, altares y retablos del la historia, empezando por Rimini, en Italia, donde San Roque gozó de mayor predicamento en su época.

Eso en cuanto al rabo de San Roque, y en cuando al boludo de Ramón Rodriguez, el que ardió en los infiernos, no tengo mayor detalle salvo le hecho de que provenía de una familia de metiches e hipócritas que habían ido desempeñando los más variados cargos en el ámbito académico, con lo cual, con razón de que casta le venía al galgo. Ramón Rodríguez, si venía de una familia de pendencieros, hubiese sido un relajo que saliera bueno, caritativo, humilde, trabajador y justo. No, salió como Dios manda. Como uno más de su estirpe. Completamente envidioso. Con ganas de ser el centro de atención de toda la prole. Capaz de venderte por un par de monedas de cobre o echarte en cara que el Poema del Cante Jondo de Federico García Lorca es una incitación al amor carnal y por ende soberanamente perjudicial para la moral de los niños. Así que no me extraña que le describieran tal y como dicen los incunables de los monasterios cercanos a Rimini, donde se estableció el bueno de San Roque. Por aquel entonces el santo ya estaba contagiado de la lepra de todos aquellos a los que había curado y un perro le llevaba a diario la comida y le lamía las heridas, hasta que terminó por curarse, pero el tal Ramón en una de sus venidas del bosque al pueblo, urdido por la cólera y los malos sentimientos, le cortó el rabo. El resto de la historia se conoce, pues bajó el veterinario de barba blanca y haciéndole la señal del espíritu santo, le curó y decretó su elevación a la categoría de perro beatificado.

Todo esto es lo que quise corroborar en los fondos editoriales de la Biblioteca del Centro Cultural Metropolitano. El guardia ni se lo creía. Un estudiante a cuatro patas. Y mira que le dije yo:

-Mire usted, señor guardia, y con el respeto que me merece el que usted sea como yo, del pueblo, de la misma condición, es que yo me cansé de tanto título y quería ver cuáles son las características del Nuevo Bachillerato Internacional.
-¿Pero usted…. un perro? -me sentenció de forma incrédula.
-¡Claro, un perro que está investigando sobre sí es cierto todo lo que sé del perro de San Roque que no tiene rabo porque no sé si el alcalde o Ramón Rodriguez se lo han cortado!

Le enseñé el carnet de mi colegio, así como la cédula de ciudadanía y lo más preciso, una identificación especial donde consta que yo soy uno de los mejores y más veteranos colaboradores de la Red de Museos del Centro Histórico de Quito, que no tiene nada que ver con el municipio sino con un valiente y valioso hombre que dirige la Fundación Iglesia de la Compañía de Jesús de la misma ciudad, porque sé muchos periodistas tienen la mala costumbre de atribuir el merito a quienes no les corresponde la excelencia de la gestión, es decir, que pretenden dar el pañuelo al que tiene malas narices. Con esa presentación el guardia me ofreció sus excusas pero yo también le reiteré las mías porque mi primer deber como descendiente de los Vitualla es ser condescendiente con mis semejantes de oficio, con los que nos respetamos como buenas personas.
Allá que me estuve todos los mediodías del feriado de Finados. Leyendo como Borges. Memorizando como Jorge Icaza. Sintiendo a Cumandá en el viento que bajaba del Panecillo. Agotando la lluvia como Pablo Palacios. Hurgando en los entresijos de las crónicas del Inca Garcilaso de la Vega. Auscultando la soledad de Fernando Pessoa. Caminando con la Generación Decapitada. Leyendo cuantos tratados de medicina cayeron en mi poder.

Riéndome con las ocurrencias limeñas de Ricardo Palma y, sobre todo, deleitándome con la Linares, qué tía más cojonuda. Una mujer con un par de pelotas. Una fémina de categoría especial que me llevó hasta la historia de San Roque, hasta el mito de Platón, hasta la etimología de los Vitualla, hasta una réplica de un libro de misas de la catedral primada de Quito donde constaban un par de composiciones de música sacra dedicadas a la estirpe de los Vitualla, que a finales del siglo XVI ya estaban insertos en el servicio real de música de capilla. Y de ahí me llevó la lectura hasta los capítulos del Quijote, a los monólogos de Sancho Panza, donde el rabo de San Roque adquiere categoría de refrán, y por tanto componente esencial del folclore popular castellano. Un suma y sigue donde encontré todas las respuestas que yo quería.

Tan contento que, al salir del mismo Centro Cultural Metropolitano, al guardia le ofrecí mi pata izquierda y él me correspondió con ese apretón de manos tan peculiar y desequilibrado por la diferencia de nuestras estaturas. Hubo que vernos porque en ese preciso momento una familia de pelucones pasaba por allí para comprarse una edición de lujo del Fonsal donde quieren pintar a Quito como candidata a ciudad maravilla con una foto retocada del centro histórico y su Panecillo iluminado, como si los muy tontos no supieran que para conocer Quito hay que irse a San Diego y al mercado de San Roque. Eso, al mercado de San Roque, al mercado que un descendiente del Roque fundó en pleno sur de Quito, con el fin de que los más pobres dispusieran de un espacio más digno, pero que el alcalde de turno ni siquiera se preocupó por él y nos lo llenó de choros, chapas con silbato y señoras que le dan vueltas al bolso.

Bueno, el caso es que esa familia de pelucones se horrorizo y nos miraron con la sensación de asco que suele ser menester en sus expresiones y para mi sorpresa, resulta que eran los hermanos del médico ese que me quiso engañar con los títulos. La madre que los parió. Me tiré un pedo. Un larguísimo artefacto de aerofagia. Me cagué en ellos. No aguanté más. Les di donde más les duele. En su olfato. A la mierda con ellos. Salieron por peteneras. Y el guardia y yo nos quedamos tan anchos y el resto de compañeros aplaudieron mi acto de valentía.

Anda que no me estoy riendo de eso todavía. Anda que no meneo el rabo. Anda que no estoy contento con el resultado de mis investigaciones. Que si el rabo de San Roque. Que si los títulos. Que si esta heroica ventosidad de la que se han hecho eco en todo el barrio de San Marcos. Me parece que este mediodía va a ser pródigo en circunstancias gracias a la monografía. Qué bueno sentir que el sol calienta y que del corazón mana esta bendita deferencia por la condición del estudiante. El trabajo pienso llevárselo a la Susana Reyes y al Moti Deren, de la Fundación Casa de la Danza, para que vean la calidad del mismo. Verán ustedes que son muy buenos conmigo, con el perro que se encarga de mostrar la historia de la mama Cuchara, de este precioso rincón donde los Vitualla gozamos de una larguísima tradición. Les espero con el corazón en la mano y el rabo sonriente.

CRÓNICAS DE LAS QUE NO ANTICIPO EL NOMBRE PERO SÍ EL CORAZÓN

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A veces me da por soñar. Otras por recordar. Esa diferencia es significativa. La que existe entre soñar y recordar. Para soñar basta con cerrar o abrir los ojos. Para recordar hay que sentarse. Pero además de tomar asiento hay que poner el puño sobre la barbilla y apoyar el codo sobre uno de los pies. Para después atrapar en el instante en que el pensamiento se va o viene, inicia su trámite o se regresa, vive o muere. Con los ausentes que pueden estar algún día presentes en cuanto regreso o con los ausentes definitivos, esos que definitivamente no están porque en algún momento tomaron la decisión de irse o alguien la tomó por ellos.

Esto último es lo que no me queda bien claro. Nada claro. En absoluto. Este recuerdo es como un enjambre de avispas que me persigue mientras trato de delimitar la naturaleza de ese instante. Si es que irse del todo es cuestión de uno o es una decisión que alguien toma por nosotros. Si es que en algún momento nuestra cabeza se agota cuando estamos bien o en alguna parte una mano certera le da al botón de la máquina tragaperras y sale la combinación para que nos vayamos muriendo.

Nadie ha venido para contármelo. Ni siquiera un fantasma con ganas de joder o de aclarármelo. Todo porque esta mañana me dio por recordar más que por soñar. Cuando sueño el recuerdo es más imperfecto y tiene más color de deseo que de realidad. Cuando recuerdo es porque el producto resultante se asemeja más a una cuestión real, que puedo tocar con mis dedos, escuchar con mis oídos, ver con mis ojos, oler con la nariz o saborear con el paladar. Es decir, transformarlo en percepción. Una de las formas del conocimiento.
Puede que después tome el recuerdo con el lenguaje y me haya dado por leer unas cuantas líneas de Emile Cioran o reflejado en las últimas palabras de Horacio Vázquez Rial o compartido con mis alumnos eso de qué nos parece que en el pasado existiera la creencia de que los dioses manejaban los entresijos de nuestro destino. A unos les parece bien. A la mayor parte mal. Una muy inteligente y avispada alude a que de dejarnos a nosotros un estrecho margen de libertad, tenemos esa capacidad para distinguir entre el bien y el mal, entre venir de una forma u otra o irnos del mismo modo que decidimos poner un pie en tierra.

Incluso para cerciorarme de que mis sentidos no me engañan o que lo que me cuentan o leo está provisto de una objetividad asombrosa, es decir, que es tan claro como el agua, entonces, procuro ser un poco más frío. Ser razonable. Ser lógico. Aunque sea algo que no va del todo, porque lejos de ser razonable los sentimientos son como poderosos engranajes que chirrían y están presentes ahí, metiendo ruido, como en una sala de máquinas, terciando con la razón en eso de dar forma y lugar definitivos a mi recuerdo.

Son pues los sentimientos, en última instancia, los que me socorren y sacan de éste proceso enrevesado que es discernir acerca de determinados recuerdos que ponen los pelos de punta, porque soy consciente de que algún día he de irme aunque malquiera o simplemente no quiera. Soy plenamente consciente y es algo que ya no obvio y prefiero tratar directamente. Algo que es de tú a tú. De la soledad con la otra soledad que ha de venir encima. De uno mismo, de ese que Antonio Machado que decía que dialogaba con el que llevaba dentro, con el otro que no sabemos ni quién ni dónde pero que la naturaleza es muy sabia en revelarnos parte de la lógica. Parte de la ciencia. Parte del paisaje. Parte del recuerdo. Parte de la endiablada naturaleza del azar y de la vida. Parte de las noches en que nos regocijamos con nuestra amante y parte de los días en que trabajamos harto y duro para que nuestro corazón se sienta satisfecho con la convivencia, con las armas de la educación, y se nos quede el alma henchida como una vela porque veo en mis niños, en mis jóvenes generaciones a pie de pupitre, cómo unos sonríen y agradecen que les compartas quién fueron Edgar Allan Poe, o cómo la Escuela Norteamericana crítico el escaso realismo de Agatha Christie y llenó la novela negra de furibundos barrios, mafiosos con sombrero, pistolas que disparan balas y oscuras esquinas donde reina el suspense.

Es esa la parte más hermosa de los días es esa, en que una sonrisa multiplicada por otra repercute generosamente en la cuantía de los recuerdos que bullen en mi cabeza cuando estoy solo, aunque no solo en mi soledad, sino también en las adversidades que otras personas malogradas son capaces de incluir en el día a día, en el trasiego del pizarrón, en la ida y venida del resaltador, en las rúbricas o en un video donde un alma brillante y lúcida nos muestra cómo un frío Moncayo influyó en el corazón de Bécquer o los áridos páramos andinos dejaron una huella imprevisible en los versos de Jorge Enrique Adoum. Personas que pretenden incluir lo adverso, producto de su propia frustración, porque ellas no son capaces de llegar con su jerarquía donde otros sí lo hacen con su corazón hambriento. Qué ley tan hermosa esa la del sol cuyos rayos llegan a posarse sobre un crepúsculos sin mayor esfuerzo que la de ser sol. Qué ley tan bella para quienes creemos que así debe ser la suerte. Pero qué ley tan terrible debe ser para quien, por obra del poder, de la influencia, del maniqueísmo, de la maleta con doble fondo, de la sonrisa interpuesta, de la figuración, de la imagen o de la prebenda, de la jodienda o dejarte sin aliento, no consigue llegar con sus rayos ni a la primera espiga de trigo. Qué terrible ha de ser porque comprendo su dolor y me pongo en su lugar, pero no en su frustración, porque al corazón debe enseñársele a ser esforzado, a engancharse a la acción, a pensar en que si le pone una enorme diástole, lo que imperará será la sonrisa del alumno y no el garrote vil de las apariencias. Es como una versión minimalista de la llamada justicia y equidad sociales. Eso que grandilocuentemente muchos políticos pregonan a grito pelado mientras que por detrás se guardan un martillo para darte en la cabeza y sigas tan tonto como de costumbre. Una justicia en miniatura. Una justicia tal vez más débil en visibilidad pero más efectiva en la intrahistoria de cada uno de nosotros para que por una vez entre cientos, al justo le toque algo de buen azar y al impostor un poco de su propia impostura.

En esto creo que mis recuerdos entienden que alguna mano invisible debe haber para poner todo en su justo equilibrio. Para que el que siembre vientos recoja tempestades. Para que quien críe cuervos luego éstos le saquen los ojos. Para que habiéndome referido a estas cuestiones también haya pasado por la misma tesitura en algunas ocasiones y me ha tocado meter las tempestades en una saca, dar de comer a los cuervos y practicar el arte poco usual de aprender de los errores. Sobre ello se revelan mis recuerdos más frágiles pero también mis momentos más extraordinarios. Recuerdos que ya no se avienen cuando estoy solo y me pongo a pensar como sí fuera el único objeto de la vida. Recuerdos que me instruyen y delimitan la respuesta que puedo dar a cualquier pregunta que me hago o que me hacen. Preguntas que me hacen precisamente los más jóvenes. Y si son jóvenes donde hay una reciprocidad además de la relación con el profesor, entonces siento que el recuerdo se transforma en una oportunidad única de conversación, de arado, de cosecha, de retroalimentación, de momento sin avasallajes ni interesados que se asoman por la puerta para ver si tiendes demasiado la mano y así se pierden el privilegio de escuchar a alguien que dice que su tatarabuelo fue Juan Montalvo o que se vino hace unos meses de España y que allí la cosa está tan mal que a ambos nos da cierta tristeza, porque él creció un poco allí y yo, definitivamente nací allí, aunque parte de esa amargura se nos dispersa en cuanto no solo él y yo, sino todos, los que conocen y los que no, sienten la fuerza de una loma, de un crepúsculo, de un castillo o de las bóvedas de un monasterio que son como una locura para los corazones que están creciendo aceleradamente y absorben cada gota de conocimiento de una forma envidiable.

Quién no va a querer quedarse con esos recuerdos. Con los de ayer y los de hoy. Quién no regresa tranquilo a su casa, se sienta y entonces piensa y pierde el tiempo escribiendo y ve por la ventana cómo el sol se cae como la aguja de un reloj a partir de las seis de la tarde. Quién no va a querer olvidarse de lo malo. Del picador que quiere darte un buen puyazo encima de la espalda, justo debajo de las carnes del cuello. Quién no va a reírse del banderillero que está enfrente tuyo a ver si le miras y también definitivamente le dices que vaya a clavarle las banderillas a otro lugar donde le plazca. Quién no va a creer que es mejor traerse un par de mariachis a que expliquen las artes de una ranchera y lo seductoras que son las mujeres de la Guadalajara mexicana, que planificar con pelos y señales un currículo entero. Quién sienta en sus venas que la sangre que corre por ellas es de similar semblante estará de acuerdo con mis palabras e incluso el que no, porque en ellas ha de ver siempre una retama verde antes que resentimiento.

En esos me hallo, entre otros recuerdos, cuando me siento, cuando creo que apenas tengo nada que contar, cuando me invento a un personaje cualquiera para decir a través de el lo que pienso o aquello que ni siquiera pienso, cuando toman la palabra un loro o un perro o un crisantemo o la llanta de un carro y se dedican a contar sandeces, perogrulladas o hechos relevantes o verdades como una catedral. Pero hoy hablé yo. Habló el hombre que llevo conmigo dentro. Se refirió el espíritu que algunas veces dicen que no saluda pero que es así y no ve la necesidad de cambiar demasiado porque el que tengo delante y sonríe me basta para ser así. Hoy habló el que es y no el que no es, contraviniendo esa obligación legal que consiste en ser cínico y políticamente correcto por decirlo de una forma educada, ya que si tengo que ser más preciso digo que hoy habló el que siente y no el que no siente, en contra de lo que está generalizado en muchísimos sistemas sociales, como es ser un absoluto gilipollas.

Así proseguiría. Por la aparentemente delgada línea de los recuerdos pero gruesa maroma de los pensamientos. Pensar que pensé en empezar por las ausencias, por las dobleces de la muerte, por la distancia de los seres queridos, por las ganas de querer situar en la imagen la sonrisa de mi madre o lo campechano de mi padre, la una mirando a la cámara desde un retículo de la antigua era o el otro sentado con ese porte aragonés que heredó de siempre. Qué me van a contar. Qué las líneas son muy largas y que muy pocos leen pero que esos pocos que llegan hasta el límite de la conclusión han de exhalar un suspiro porque estas palabras les habrá llegado tan hondo que jamás han de olvidar lo que han leído. Que esos pocos que suspiran serán suficientes para el corazón esté tan henchido como cuando me preguntan y usted profesor por qué se vino. Será porque soy feliz aunque a veces nostálgico. Será porque mi abuela duerme con los pies estirados desde hace unos pocos años en la oscuridad de su tumba. Será porque algún lector agradece que quien escriba sea sincero y la experiencia leída le llegue al tuétano, no por una cuestión de arrogancia sino por el simple hecho de leer las entrañas, de sentir el golpe oportuno de un almendro brotando en pleno abril, de compartir el esencial hecho mortal de nuestro destino e incluso acompañar el sentimiento presente no solo aquí, sino en los recuerdos a los que me refiero.

Así que hoy escribí para largo, en primera persona, tan desnudo como la madre que me parió y de la que me siento tan orgulloso, con las cicatrices que cada día me marca la docencia pero también con este torrente que me corre por dentro y que no sé quién coño ni cuando ni cómo me lo puso ahí pero que de alguna forma ha tejido lo que soy y siento.