CRÓNICAS DE VENANCIO VITUALLA, EL QUE FUE AL CENTRO CULTURAL METROPOLITANO DE QUITO A INVESTIGAR EN TORNO AL RABO DEL PERRO DE SAN ROQUE

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Resulta que el otro día fui al Centro Cultural Metropolitano. La visita tenía como objeto una investigación que me han mandado en una de las asignaturas de Bachillerato Internacional. Los orígenes del rabo del perro de San Roque ya que elegí como cuestión del conocimiento en mi monografía la siguiente pregunta: ¿el perro de San Roque no tiene rabo porque Ramón Rodriguez se lo ha cortado? Ahí empezó toda mi batalla. Porque menuda pregunta de los cojones, o en este caso, del rabo. Una pregunta concienzuda, dotada de toda la parafernalia de una disciplina que se escindió de la filosofía y se hizo independiente, algo así como en la Gran Colombia de las ciencias humanas.

Que de dónde me vinieron las ganas de investigar sobre el rabo del perro de San Roque no es algo muy difícil de adivinar. Mi abuelo se llamaba Aristóteles y el bisabuelo Platón. Ambos de apellido vitualla. Un apellido notablemente griego. Más griego que la guitarra de Alexis Zorba. A mí me contaron que el apellido que llevo es porque un día, uno de mis más lejanos ascendientes, estaba en la playa con su amo, un compositor de tragedias, y justamente andaba tan concentrado en las peripecias de Lisistrata que no se dio cuenta de que la marea subía y las olas lamieron sus pies. Más aconteció que el socorrido dramaturgo solo sintió un agradable escalofrío salado en la planta de sus propósitos caminantes y no advirtió la pleamar. Tanto así que las olas terminaron por llevarse una bellísima toalla bordada con hilo de oro y arabescos sobre la que mi lejano pariente ladraba y ladraba, hasta que el sobrino del despistado griego, de no más de tres años de edad, tiró de la toga de tu tío, le gritó:

-¡Nuestro Arenímedes está ladrando, mira tío! ¡Pero tío, mira, ahí vi tu toalla, ahí vi tu toalla, ahí vi tu toalla!

Sé que mi compatriota se lanzó como si fuera el vigilante de la playa y alcanzó la toalla con un ligero mordisco y se la trajo vivita y coleando a su amo, con tal alborozo que tío y sobrino le dieron un abrazo tan grande como el peñón de Gibraltar y tan ancho como el culo de la madre de Dulcinea y de tan contentos, tanto ahí vi tu toalla que le pusieron en honor de apellido vitualla, en aquella gloriosa tarde en que Arenímedes arrebató al mar uno de los recuerdos más preciados de la familia, regalo de Pericles nada más y nada menos.
Desde aquel día, Arenímedes ya no solo fue Arenímedes, sino también el grandísimo salvador de toallas Arenímedes Vitualla, al que le pusieron el título de ingeniero que fuimos heredando uno tras otro y acerca de lo cual mis ascendientes tuvieron una especie de ojo clínico o visión a futuro, sobre todo por el país donde vivo y la ciudad donde moro, donde existe la costumbre metódica y hasta altanera de poner por delante del nombre el título académico del sujeto, como si fuera más importante la tijera que el cabello. Sinceramente, yo paso de esas huevadas y el título lo tengo reservado para algunos momentos en los que sí me las tocan y me encuentro con presuntuosos que tú les debes llamar ingenieros, doctores, condes, barberos y economistas, cuando ellos me miran muy por encima y solo soy un vulgar perro con vete a saber cuántas pulgas por centímetro cuadrado de mis muslos. Es decir, que esa sociedad de titulistas y cuenteros carece del más mínimo sentido de la reciprocidad.

Fijaros que el día en que se me ocurrió ir a pedir una cita al dentista, porque me había comido una vértebra de toro viejo y se me cascó uno de los colmillos, al doctor le tenía que tratar de Excelentísimo Señor Ingeniero y Embajador de las Ilustres Muelas de Quito porque si no no me recibía. Había que escribirle encima mediante oficio donde después del nombre pones presente, de mis consideraciones, los dos puntos, la coletilla de aprovechar los sentimientos de la más distinguida consideración para reiterarle que me importa un pito y un cordial saludo que suena más a reverencia de bufón. Ahí me harté. Le escribí el oficio, sí, pero menudo oficio cuando lo vio la enfermera, que me preguntó que no era necesario y menos viniendo de un perro, más yo le contesté amablemente que donde las dan las toman y que no tenía costumbre de acompañar mi relación de nombramientos excepto si me encontraba con un pendejo como su jefe. Y ahí le puse en la firma, para que constara a los efectos pertinentes en la fecha y lugar, de parte de su Excelencia: nieto del doctor Aristóleles Vitualla, el filósofo más aclamado de la historia perruna; bisnieto de Platón Vitualla, precursor del mito de la caverna sobre la que Freud y Descartes se quitaron el sombrero; doctor en Derecho y no Encorvado por la Universidad Andina Simón Bolívar; licenciado en Antropología de Filetes de Primera por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales; Magister en Cucharas, Tenedores y Vajillas por la Universidad Central y con un diplomado de Metodología de Excavación Para Guardar Provisiones por la Universidad de Harward; de lo que se deriva que mi tratamiento es de Triple Doctor de casi todo, Economista de varios artículos y con un protocolo que consiste en una alfombra roja allá por donde piso, una limusina a pie del edificio, un cortejo de media docena de hembras en celo y un paje con escoba que me allana el camino hasta la consulta del doctor.
Hubo que verle al doctorcillo ese porque al leer semejante oficio dirigido a su excelencia, de parte de un tal Venancio Vitualla, se creyó que yo debía ser alguien tan ilustre como el embajador ecuatoriano de más prestigio en el exterior y no veáis cómo me recibió: alfombra roja, vasija de barro, caterva de mariachis, ritual de ayahuasca, los Calchakis al completo, un ramo de flores para mi media docena de hembras, un edecán, seis agentes de la autoridad en su moto de gala a modo de escolta y, sobre todo, su dadivosa expresión servicial e hipócrita creyendo que iba a servir a alguien importante y que mi boca sería como la catedral más hermosa que su experiencia médica iba a retocar. Todo ello antes de verme en presencia, así que cuando los mariachis empezaron a tocar eso de Jalisco y los Calchakis una misa criolla y después aparecieron de incógnito Inti Illimani con el Cóndor que pasa y una rondalla de jotas aragonesas con su baile poblado de castañuelas y vio que su presunta excelencia señor don importante no iba a dos patas sino a cuatro y de tal porte, se desmayó soberanamente. Un ictus que le dejó paralizado el orgullo. Una parálisis de títulos académicos. Había que ver a la enfermera abanicándole con las páginas amarillas. Una enfermera que estaba rebuena la tía, que si fuera perra en vez de humana le hubiera dado por todos los lados y que, en fin, esta es una de mis tantas anécdotas con el apellido y la raigambre filosófica que llevo encima y por la que la cuestión del conocimiento que me planteara para el trabajo tenía que ser, por huevas, de índole filosófica.

El rabo de San Roque, por ende, era una cuestión tan filosófica como importante. Porque rabo lo tenemos todos, sea el que cuelga y movemos o fuere el otro que también cuelga y se acelera. Y por lo visto, al perro de San Roque le debía faltar aunque no sé cuál de los dos ni por qué motivo. Ahí está el quid de la cuestión. Qué le sucedió al perro de San Roque. ¿Es verdad que Ramón Rodríguez se lo había cortado? ¿Y de ser así que sentimientos o justificación presentó el tal Ramón para cortárselo? ¿El Ramón sería un ateo envidioso de ver cómo el perro le llevada todos los días un chuletón de ternera al santo, al bueno de San Roque, para que la lepra se le pasara antes? Esa es una mis teorías en lo que se refiere al rabo que cuelga y se mueve de San Roque y no al otro rabo, porque me consta que el perro de San Roque tuvo descendencia notable, y hot en día, casi todos los perros que guardan los conventos atienden al sobrenombre de Roque si se les llama así. Eso dice mucho acerca de que el perro de San Roque mantuvo el rabo que le correspondía y dejó el otro a la mala ventura de Ramón Rodríguez, que se hundió en la miseria del infierno y que después, el bueno de San Pablo, una vez supo que el cabrón de Ramón le había cortado el rabo por envidia, llamó al mismo veterinario que se encarga de vigilar la salud del burro del portal de Belén y ambos bajaron y le dejaron como loa ángeles lo que quedaba del rabo y además estipularon de de aquella cuestión en adelante, el perro de San Roque figuraría junto al santo en todas aquellas tallas, altares y retablos del la historia, empezando por Rimini, en Italia, donde San Roque gozó de mayor predicamento en su época.

Eso en cuanto al rabo de San Roque, y en cuando al boludo de Ramón Rodriguez, el que ardió en los infiernos, no tengo mayor detalle salvo le hecho de que provenía de una familia de metiches e hipócritas que habían ido desempeñando los más variados cargos en el ámbito académico, con lo cual, con razón de que casta le venía al galgo. Ramón Rodríguez, si venía de una familia de pendencieros, hubiese sido un relajo que saliera bueno, caritativo, humilde, trabajador y justo. No, salió como Dios manda. Como uno más de su estirpe. Completamente envidioso. Con ganas de ser el centro de atención de toda la prole. Capaz de venderte por un par de monedas de cobre o echarte en cara que el Poema del Cante Jondo de Federico García Lorca es una incitación al amor carnal y por ende soberanamente perjudicial para la moral de los niños. Así que no me extraña que le describieran tal y como dicen los incunables de los monasterios cercanos a Rimini, donde se estableció el bueno de San Roque. Por aquel entonces el santo ya estaba contagiado de la lepra de todos aquellos a los que había curado y un perro le llevaba a diario la comida y le lamía las heridas, hasta que terminó por curarse, pero el tal Ramón en una de sus venidas del bosque al pueblo, urdido por la cólera y los malos sentimientos, le cortó el rabo. El resto de la historia se conoce, pues bajó el veterinario de barba blanca y haciéndole la señal del espíritu santo, le curó y decretó su elevación a la categoría de perro beatificado.

Todo esto es lo que quise corroborar en los fondos editoriales de la Biblioteca del Centro Cultural Metropolitano. El guardia ni se lo creía. Un estudiante a cuatro patas. Y mira que le dije yo:

-Mire usted, señor guardia, y con el respeto que me merece el que usted sea como yo, del pueblo, de la misma condición, es que yo me cansé de tanto título y quería ver cuáles son las características del Nuevo Bachillerato Internacional.
-¿Pero usted…. un perro? -me sentenció de forma incrédula.
-¡Claro, un perro que está investigando sobre sí es cierto todo lo que sé del perro de San Roque que no tiene rabo porque no sé si el alcalde o Ramón Rodriguez se lo han cortado!

Le enseñé el carnet de mi colegio, así como la cédula de ciudadanía y lo más preciso, una identificación especial donde consta que yo soy uno de los mejores y más veteranos colaboradores de la Red de Museos del Centro Histórico de Quito, que no tiene nada que ver con el municipio sino con un valiente y valioso hombre que dirige la Fundación Iglesia de la Compañía de Jesús de la misma ciudad, porque sé muchos periodistas tienen la mala costumbre de atribuir el merito a quienes no les corresponde la excelencia de la gestión, es decir, que pretenden dar el pañuelo al que tiene malas narices. Con esa presentación el guardia me ofreció sus excusas pero yo también le reiteré las mías porque mi primer deber como descendiente de los Vitualla es ser condescendiente con mis semejantes de oficio, con los que nos respetamos como buenas personas.
Allá que me estuve todos los mediodías del feriado de Finados. Leyendo como Borges. Memorizando como Jorge Icaza. Sintiendo a Cumandá en el viento que bajaba del Panecillo. Agotando la lluvia como Pablo Palacios. Hurgando en los entresijos de las crónicas del Inca Garcilaso de la Vega. Auscultando la soledad de Fernando Pessoa. Caminando con la Generación Decapitada. Leyendo cuantos tratados de medicina cayeron en mi poder.

Riéndome con las ocurrencias limeñas de Ricardo Palma y, sobre todo, deleitándome con la Linares, qué tía más cojonuda. Una mujer con un par de pelotas. Una fémina de categoría especial que me llevó hasta la historia de San Roque, hasta el mito de Platón, hasta la etimología de los Vitualla, hasta una réplica de un libro de misas de la catedral primada de Quito donde constaban un par de composiciones de música sacra dedicadas a la estirpe de los Vitualla, que a finales del siglo XVI ya estaban insertos en el servicio real de música de capilla. Y de ahí me llevó la lectura hasta los capítulos del Quijote, a los monólogos de Sancho Panza, donde el rabo de San Roque adquiere categoría de refrán, y por tanto componente esencial del folclore popular castellano. Un suma y sigue donde encontré todas las respuestas que yo quería.

Tan contento que, al salir del mismo Centro Cultural Metropolitano, al guardia le ofrecí mi pata izquierda y él me correspondió con ese apretón de manos tan peculiar y desequilibrado por la diferencia de nuestras estaturas. Hubo que vernos porque en ese preciso momento una familia de pelucones pasaba por allí para comprarse una edición de lujo del Fonsal donde quieren pintar a Quito como candidata a ciudad maravilla con una foto retocada del centro histórico y su Panecillo iluminado, como si los muy tontos no supieran que para conocer Quito hay que irse a San Diego y al mercado de San Roque. Eso, al mercado de San Roque, al mercado que un descendiente del Roque fundó en pleno sur de Quito, con el fin de que los más pobres dispusieran de un espacio más digno, pero que el alcalde de turno ni siquiera se preocupó por él y nos lo llenó de choros, chapas con silbato y señoras que le dan vueltas al bolso.

Bueno, el caso es que esa familia de pelucones se horrorizo y nos miraron con la sensación de asco que suele ser menester en sus expresiones y para mi sorpresa, resulta que eran los hermanos del médico ese que me quiso engañar con los títulos. La madre que los parió. Me tiré un pedo. Un larguísimo artefacto de aerofagia. Me cagué en ellos. No aguanté más. Les di donde más les duele. En su olfato. A la mierda con ellos. Salieron por peteneras. Y el guardia y yo nos quedamos tan anchos y el resto de compañeros aplaudieron mi acto de valentía.

Anda que no me estoy riendo de eso todavía. Anda que no meneo el rabo. Anda que no estoy contento con el resultado de mis investigaciones. Que si el rabo de San Roque. Que si los títulos. Que si esta heroica ventosidad de la que se han hecho eco en todo el barrio de San Marcos. Me parece que este mediodía va a ser pródigo en circunstancias gracias a la monografía. Qué bueno sentir que el sol calienta y que del corazón mana esta bendita deferencia por la condición del estudiante. El trabajo pienso llevárselo a la Susana Reyes y al Moti Deren, de la Fundación Casa de la Danza, para que vean la calidad del mismo. Verán ustedes que son muy buenos conmigo, con el perro que se encarga de mostrar la historia de la mama Cuchara, de este precioso rincón donde los Vitualla gozamos de una larguísima tradición. Les espero con el corazón en la mano y el rabo sonriente.

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