CRÓNICAS DE LA ESCALERA QUE ME LLAMÓ POR TELÉFONO A TRAVÉS DE VENANCIO PARA CONTARME QUE ESTABA VIVA

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Siempre me sucede lo mismo. Muchas veces no sé por dónde empezar. Y es cierto. Pero en cuanto llevo unas cuatro líneas algo me sucede. No sé si imaginación. Tampoco si es que pase el barrendero quitándome la suciedad de la memoria con la escoba. El caso es que algo sucede en el interior al obligar a la cabeza a que haga o escriba algo. Tal es el instante que me ocupa y ni siquiera tuve la obligación de ponerme a escribir y sembrar los ojos ajenos de anécdotas sin sentido o de perros que largan sus crónicas al más puro estilo de la novela negra.

Llegados a este momento es cuando recurro a los recuerdos, o a ciertos matices del paisaje urbano que me llaman la atención poderosamente. Matices que en mi corazón, o en mis dedos, poseen la característica de labrarme con detalle. Y recuerdo una cúpula como quien pudiera recordar otro motivo. Una cúpula silenciosa, como que quiere pasar desapercibida allá por las cuadras del centro histórico de Quito. Una cúpula que bien podría no tener nada de especial salvo por el hecho de los espectadores que la rodean. Por uno de ellos. Una escalera que está como pendiente de lo que la cúpula le va a decir o contar o referirse.
¿Qué es lo que la cúpula querrá contarle a la escalera? ¿o qué es lo que la escalera querrá escuchar de la cúpula? ¿andarán de chismes? ¿Conversarán sobre trapicheos de todo tipo? ¿tal vez la cúpula habrá sido testigo de que en el interior de la catedral entran personas ajenas al culto y siente que se contagia del carácter tan metiche de las viejas cuya costumbre es observar agarradas desde el visillo de una ventana? ¿será que la escalera al hilo de lo anterior querrá advertirle de que también abundan las señoras cuyo corazón está encogido y le acusan a la escalera misma de arruinar su corazón, utilizarlas, burlarse de ellas y dárselas de víctima? ¿será que cúpula y escalera están hasta lo que cada una tengan en su divina entrepierna de todas estas cuestiones que no deberían quitarles el sueño? ¿o por el contrario la escalera le cuenta los últimos pormenores de la vida de Venancio Vitualla, un perro que todos los domingos ejerce como voluntario para enseñar a los visitantes las glorias de la Mama Cuchara y el barrio de San Marcos? ¿o tal vez la cúpula se lleva la baranda a la ventana, es decir, lo mismo que la mano a la boca, porque se sorprende de lo que le cuenta la escalera? ¿será que la cúpula le advierte que también hay otro perro que ha tomado como costumbre meterse en los pórticos del palacio de gobierno, sin dejar la cédula a la guardia de honor, para enseñar a perros y gatos el lugar exacto donde se tejen las decisiones más importantes del país?

Desde luego que son preguntas con una respuesta sonriente pero incierta. Con una respuesta inverosímil o propias de alguien que está como una cabra. Cómo se puede atribuir conciencia a una simple cúpula o a la escalera que se encarama sobre ella. Habrá que ser pendejo, cuando menos idiota. Pero no. Porque esta escalera tiene mayor trascendencia. Me deja recuerdos multidisciplinares. De variado origen. Recuerdos que van desde querer imaginar lo que cúpula y escalera andarán contándose hasta una bellísima composición de Antonio Machado que lleva por título “la saeta” y que para quien no recuerde la letra dice así:

Dijo una voz popular:
«Quién me presta una escalera
para subir al madero
para quitarle los clavos
a Jesús el Nazareno?»

Ahora la naturaleza de mi recuerdo varia. Tu semblante también. La escalera ya no es la asombrada conversadora de la torre y junto a la cúpula. Ahora la escalera es el sinónimo de lo que llevamos dentro. En el corazón. Me traslada a otra geografía que queda lejos. No demasiado. Me lleva a un poeta al que estimo sin límites. Me deriva a un género al que sigo dedicándome pero con menor frecuencia. Me antecede a un espacio más personal y místico. Por ende pienso en el sentimiento de que esa escalera me parece que va en busca de cielo y que tal vez lo encuentre allá en la cúpula. Ese cielo tan azul de Quito. Ese semblante tan blanco de Quito. Esa asombrosa luz que de repente se apaga en sí misma y llueve a cántaros hasta el punto de no saber de dónde carajos cae el agua. De todas partes. De arriba. De abajo. De las columnas. De las antenas. De las bocinas de los carros. Del estruendo del transporte público. De la vendedora de espumilla que aguarda bajo los soportales. Del presidente que andará por ahí cerca oteando el horizonte más próximo. De la cajetilla de tabaco que se esconde en su puesto de venta ambulante. No lo sé. El agua viene de todas partes. Inclusive del cielo que es a donde quiere ir la escalera. Para subir al madero del silencio. Para quitarme los clavos de algunos recuerdos. Para dejarme una voz más clara. Para despertarme.

Siempre he sentido un estrechamiento en los lazos que me unen a esa escalera que siempre está ahí, inamovible, rígida, detenida en el tiempo, tiesa como un reloj y curiosa cual minino que siente la sospecha de que algo ocurre cerca. Escalera que no se ve sino desde un lugar preciso. Uno de esos lugares donde acostumbro a repetir la misma escena: detenerme, contemplar, pensar e imaginar.

Aunque hoy, que no estoy físicamente allí, me toca hacer uso de la imaginación. Ejercitar el recuerdo. Ponerme en los zapatos de la escalera o en el papel de cúpula. En efecto detenerme. Reflexionar sobre el resultado de este día que concluye y del siguiente que se aproxima. Pensar en ovejitas, como me dicen en otras ocasiones dulcemente, para no guardarme pensamientos turbios o indignarme demasiado por lo que algunas veces hemos de ser testigos inocentes. Sea porque nos escriben absolutas pendejadas o porque te señalan con el dedo y te conminan a ser transparente contigo mismo y atribuirte todo el porcentaje de responsabilidad en algo malo. Hasta que, evidentemente, acabo de recibir una llamada de teléfono. Y espero porque no me apetece contestar. Pero lo hago. Y manda cojones: es una escalera la que me llama ¡una escalera! ¡un simple instrumento de clavos y madera!

Es la escalera la que me llama. Justo para dejarme en evidencia. Que se ha enterado de que yo pienso que ella no tiene vida. Así que la muy vivaracha se lo contó a la cúpula y ésta a su vez se lo chivó al sacristán, el cual lo relató con precisión absoluta a una paloma y está, sin prisa pero sin pausa, al Venancio Vitualla, el perro que lo sabe todo, justo el que me conoce, y entonces el Venancio, que de celulares sabe la ostia, mandó de vuelta mi número de celular hasta que éste llego a los peldaños de la escalera que, ni corta ni perezosa, se puso conmigo en contacto hará unos breves minutos. Minutos acerca de los cuáles solo hago traslado literal de la conversación.

Me cuenta la escalera que no debo albergar la más mínima duda acerca de su existencia. Que efectivamente en otra vida estuvo encaramada en alguna catedral andaluza y que pasó una buena temporada en Baeza, justo en la misma década en que Antonio Machado daba cátedra de francés en ese poblachón rodeado de olivares. Que después se hizo hincha del Betis, pero a los dos años consiguientes y para ser ecuánime con todos lo hizo del Sevilla. Que luego tuvo que aguantar los avatares de la Guerra Civil y se cagó en todos los hombres que solo saben tirarse balas los unos a los otros pero que tuvo que exiliarse solo porque le gustaba más el pueblo que los señoritos y capataces. Que se vino a Sudamérica allá por los inicios de los cuarenta a buscarse la vida en lo alto de algún campanario que la aguantase. Que la pintaron de rojo en el Parral, justo para cuando Salvador Allende y Pablo Neruda visitaron otro poblachón donde nació el segundo de los mencionados. Que en uno de sus peldaños se sentó la mismísima Gabriela Mistral a escribir alguno de sus sonetos una vez que la escalera decidió hacerse un viaje por el valle del Elqui y retornar de nuevo a la capital por toda la costa, dejando atrás Viña del Mar, Punta Tralca y miles de viñedos con glorioso futuro vinícola. Que se leyó de cabo a rabo los versos vanguardistas de Vicente Huidobro y que una vez por semana, presumiblemente los sábados, se iba al mercado de Valparaíso a ponerse hasta las narices de jaibas rellenas de queso. Que allí tenía buenos amigos a los que todavía echa de menos y desearía volver a verlos, justamente uno que es doctor en jurisprudencia, tiene poco pelo pero un corazón tan ancho como la cúpula. Que también le dio por las galanterías y en una ocasión se atrevió a pololear con una de las carabineras uniformadas más bellas que hábrase visto en todos los confines de los Andes. Que también trató con una joven profesora que alterna las clases de canto lírico con la dificultad para templarse una botella de pacharán que a la escalera le regalaron y se trajo consigo hasta las tierra de Chile. Que finalmente un eco invisible la llamó y se largó por todo Perú, hasta cruzar la frontera por Huaquillas y presentarse ante las corrientes del manso Guayas. Que tuvo frecuentes conversaciones con Demetrio Aguilera Malta y Joaquín Gallegos Lara en su calidad de escalera dotada de una grandísima experiencia geográfica y por atesorar en las grietas de la materia con la que estaba hecha un amplísimo bagaje de mitos, leyendas y sapiencias de la identidad ecuatoriana, que le surgieron como de repente, producto de alguna repentina ventolera. Que se escribió con Oswaldo Guayasamín durante unos cuantos lustros y con una regularidad asombrosa y le invitó a quedarse encaramada en la cúpula de la Capilla del Hombre pero justo el buen hombre falleció y no pudo hacer otra cosa que regalarle un pedazo de su carne, la astilla del peldaño donde justamente había resbalado una gota del sudor de José Martí, de cuando la escalera había estado un siglo antes de viaje por Cuba y aquel tal José andaba fumándose un puro tan largo como una ola. Que finalmente, en uno de sus paseos junto con Jorge Icaza, por el centro histórico, se fijó en la calle García Moreno, y una vez allí no pidió permiso para entrar por el Centro Cultural Metropolitano y se subió a la azotea, y que desde allí tuvo un relámpago visionario. Se encontró con la cúpula. Con un fogonazo de cielo azulado. Con una impresión blanca. Con un matiz sobresaliente. Que llamó a la cúpula por su nombre y le gritó “eh tú, mira que voy” y la cúpula, un poco aburrida de tanto monaguillo, avecillas y manifestaciones, le recibió con los brazos abiertos, no sin antes de que la escalera se despidiera del bueno de Icaza que había venido a pasearse para recabar información para su siguiente novela que sería “El Chulla Romero y Flores”.

Así es como se concretó lo de la escalera y la cúpula. Con estos veinte minutos de conversación donde me ha largado gran parte de su periplo. Periplo que es un mundo. Viaje al que ni el mismísimo alcalde de Guayaquil daba crédito en una comida dominical que mantuvo con la escalera pero ante la cual tuvo que rendirse con principios. Tal me refirió la escalera. Y yo obviamente tuve que pedirle disculpas y hemos quedado la semana que viene para que me cuente su historia más despacio y de paso aproveché a llamar al Venancio para agradecerle su excelso comportamiento, aunque también le he advertido que no se pase por donde vivo sin permiso porque una de dos, o me dicen que solo estamos autorizados a disponer de llaves los que vivimos dentro o aparece la vieja del visillo e informa a las autoridades de que entran perros por donde no deben. Capaz que les invito a los dos a venir, para que cualquiera tenga argumentos para creer que estoy loco o algo por el estilo. Perro y escalera. O mejor a los tres. Que la cúpula se mueva, pida un taxi ejecutivo y la acomodo lo mejor que puedo en el salón, para que también me acusen de usurpador del patrimonio nacional y violentador de torres. Así le comentaba a Venancio hace unos instantes. Cómo se reía el muy cabrón. Y que no tenía que darle las gracias para nada. Que así es la vida de sorprendente. Que ojalá todos los días sean un perro, una escalera o una cúpula los que me alegren y hagan darme cuenta de que la realidad no es un disparate, sino una gigantesca vela donde lo que cuenta es lo que no se ve, lo que se siente y lo que a una escalera le queda por mostrarnos.

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Un comentario el “CRÓNICAS DE LA ESCALERA QUE ME LLAMÓ POR TELÉFONO A TRAVÉS DE VENANCIO PARA CONTARME QUE ESTABA VIVA

  1. Magnífico. Es una síntesis orgánica, conceptual, politica e histórica. Creo que es menester varias subidas a la cúpula a ver que dice de los gobiernos corrruptos del Ecuador.

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