LA SED

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Con la sed de mi boca 
en tus cántaros desnudos
me di de bruces, paseé
los labios por oscuras
y hambrientas azoteas,
huí de toda sombra,
traté de no involucrar
en exceso tus hondos
pechos ocultos en la selva
como dulces petroglifos,
te dediqué una hoguera
y todos los peldaños
por los que la ciudad
huye en tromba hacia
las llamas, hasta que
me detuve, te miré
y sólo presté atención
a la cumbre de tu lengua.

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ENTRE LAS LLAMAS

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Todas las noches han transcurrido
desde la última pregunta que me hiciste
¿por qué los páramos no se arriesgan
a llenarse de luz los párpados?
¿por qué los volcanes no alzan la voz
cuando la oscuridad llega a nosotros?
¿por qué las calles en cambio se quedan
en un silencio iluminado y obsoleto?
Debe ser mi beso que gira y hace
redoblar las campanas de tu boca,
aquella que mis ojos persiguen como 
ascuas de la madrugada quiteña.
Cuando tú concluyes algo se apaga
y durante la noche el intrigante viento
vaticina en nuestras manos frías
la necesidad de tenernos cerca,
cuerpo a cuerpo, entre las llamas.