CRÓNICAS DEL FUEGO DE ESTE LADO

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Muchas veces me acuerdo del otro lado. De ese otro lado que muy pocos advierten. De ese otro lado en que viven como se vive aquí. Uno que madruga, toma la buseta, llega a donde labura, termina y toma el camino de regreso, se baja y se regresa cuesta arriba, hacia las faldas de un volcán. Se regresa por la noche cuando no hay más luciérnagas que los embriones de las farolas y la celeridad del tránsito. Eso es lo que hago normalmente aquí, además de otras cuestiones que entran dentro de la anormalidad o de la intimidad más manifiesta. Es como un engranaje que se repite casi a diario, pero que no es el único, sino que hay otros que permanecen en un tercer o cuarto plano, a salvo de miradas indiscretas o de visillos semovientes, mucho más allá de la curiosidad de cualquier ojo o del olfato de una mente ociosa. Es eso que no se cuenta. Eso que no se sabe. Así vivo en este lado.

En el otro no habría mucha diferencia, salvo por los términos. También madrugaría, pero lo más seguro es que tomaría mi carro, el metro o las de Villadiego si es que tuviera más prisa. Y me iría a la oficina, aunque en las circunstancias en las que mi país vive ahora mismito, lo más seguro es que me tocara llegar en pelotas para que los políticos no tuvieran más remedio que tocarme las huevas o depilarme los genitales si es que quisieran seguir robando algo, después de la erección, digo subida de los impuestos. Y por oficina me refiero a un mísero espejismo, ya que el tejido industrial ha sido pasto de las termitas de la misma e idéntica naturaleza. De esos temibles y despreciables miembros de la cosa pública. Y luego me tocaría salir y volver a mis cuatro paredes, a mis cuadros colgados apenas moviéndose al ritmo del crepúsculo, y a ese carácter tan frío y extraño que pienso que tiene a veces la mujer de este territorio tan al norte de la península. Volvería a la noche. A la lectura de algunos clásicos. A pasar revista a todas las nostalgias habidas y por haber.

Y por supuesto, a sopesar las circunstancias que me han llevado hasta aquí. Al ladrido de los perros. A la abundancia de las pesquisas. A soportar el lenguaje tan abominable, formal e inquisidor de las licenciadas en jurisprudencia. A regirme por un corazón que tiembla cuando se trata de emociones. A tirarme un pedo cuando quiero mitigar el sonido de ciertas palabras que suenan a preámbulos de leyes y con ello, sembrar un oloroso pánico. A fijarme en la conciencia de los canes a los que atribuyo voz, voto, fe, autoridad y sentencia. A tomarme un café en las puertas de un museo, justo mientras el sol está cayendo como una bala herida, mientras te miro, tan alzada que estás con tus preciosos ojos negros y con ese lento proceso que hace que rehúses darme un beso, con el fin de que tenga la mayor de las paciencias y la menor de las ansías, pero te recuerdo que en el amor no hay reglamentos ni contratos de arrendamiento ni fianzas que devolver ni mayor revestimiento que la propia amalgama del deseo.

Esas son algunas de las cuestiones esenciales que me han llevado hasta aquí. Unas que fueron necesarias y necesariamente molestas, hasta dejarlas atrás, caducas, concluyentes, como las aspas de un viejo molino, para decirlas chau y hasta luego como les gusta decir en Montevideo, para saludarles con un ligero atisbo de basta ya que es suficiente o como hace una llama cuando se cabrea que te echa un escupitajo allí donde le plazca. Pero en síntesis, la mayor parte de lo que me ha llevado hasta aquí destaca por su contundencia, por su golpe de mano, por su notable esfuerzo para sacar a las olas de su pacífica marea, para alcanzarte y llegar hasta donde la mayoría se quedan en la superficie, en los vanos, en la miseria de los buenos días y saluda porque es obligatorio y si no lo haces eres un absoluto malcriado, pero es mejor ser coherente y quebradizo que un cojudo que dice buenos días y cómo estás cuando en verdad te importa un pimiento cómo esté el otro. Es que eso no es ni protocolo ni educación, sino una pesadez congénita. Menos mal que sonrío. Y eso también lo hago cuando me place. Te sonrío de buena gana. Te sonrío cuando estás enfrente mío, después de unas cuantas semanas sin haberte visto, con ese nombre vasco de flor que ojalá me perteneciera y del que te señalé la traducción exacta y tienes que irte en unos minutos porque son más de las siete y menos de las doce y más de las tres y menos de las cuatro y una hija te espera en casa para que le vuelvas a relatar cómo son todas las lagunas que se mecen en los antiguos cráteres de Mojanda. Que todavía no me conoces pero que también ojalá te conocieras de memoria todo lo que yo pretendo conocerte porque de esa forma nos ahorraríamos esta larga estela del viento que socorre mi mejilla vacía y mis labios secos.

Así es un poco de este lado. De este lado tan urbano y escurridizo. De este lado por donde corre el negro Machangara. Por donde la mirada discurre apelotonada. Por donde nadie hubiera adivinado que estoy, permanezco, vivo, reflejo, beso, sueño, rompo, bostezo, despierto, duermo y grito. Esta ciudad. Tu propio cuerpo. Tu sombra húmeda. Tu belleza a pie de página. La abertura de tu propia camiseta. Los cordones que circundan los pechos hasta que tus manos los reatan para que no se vean tanto a pesar de que creas que no me doy cuenta pero sí lo hago de esa forma tan discreta y sutil a la que aspira cualquier hombre con un mínimo de sensatez y un máximo de sangre que corre como la lava. Así te tuviera ibas a sucumbir sobre mis cerros. En este lado. En esta variopinta pero contundente latitud del hombre que se aproxima a tu espalda y la convierte en un peldaño para su boca. Esperando que todo se inunde y una violenta tormenta te sacuda de esa tierna palabra que te has inventado como una mezcla de sentimiento y pensamiento. Sentipensante. Donde razón y emoción se han triturado en alguna coctelera.

¡Si Benedetti levantara la cabeza! Es posible que te propinara un ligero cachetón en tus nalgas, sonriendo con su blanco bigote, y dándote a entender que, en realidad, quien te dice estas palabras no es un ligero y caprichoso lamento , sino en verdad un violento y robusto rugido. El bramido de un acantilado. El abrazo de un gigante. La cólera de un pacífico. El precipicio de un amante. La ternura de un inconformista. Las ganas de provocar una sacudida en tu cordillera. El hecho de saber que estás también en este lado al que me refiero. No todavía como yo quisiera pero sí como sería capaz de profetizar y poner mi cabeza en el fuego para que las orejas se quemen si no escucho otra palabra que no sea tu nombre. Es así como en este lado me acuerdo de ti. Solamente de ti. En este lado. De ti. De este fuego.