CRÓNICAS DE PAZ Y ALEGRÍA, DE PUENTE Y AGUA Y DE GACELAS INDÓMITAS

 

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La paz y la alegría. Qué son. Una circunstancia de la vida. Un peso que se va a cualquier parte de la balanza. La conclusión del árbol. El bien más preciado que busca el viento. Allá donde se sopese. Allá donde sople. Allá donde cuadre. Allá donde cada uno posa las alas de su deseo. Hay quien lo encuentra en las olas de Montecristi o en la ventana que da a la iglesia. Hay quien lo halla en la contradicción entre un invierno que asola los terrenos ganados al mar y en el estío que extiende sus rayos sobre la superficie de Talca. Hay quien lo trae en una cerámica ansiosa desde Ambato. Hay quien lo escucha en una tesis sobre las comunidades de los aledaños de Tena. Hay quien lo extrae de las cimas. Hay quien lo espera en la saliva. Hay quien lo aproxima a una muralla. Hay quien vuelve de otro país y ni siquiera atiende a la mirada y te deja en una mera opción.

Pero así son las cosas. Así es la cuestión del intelecto y así es la acción poética que se pinta en las paredes de muchos países. Así se levantan los versos de Roque Dalton y se incrustan en un ventanal hondureño. Y qué si no. Que Roque es el principal poeta de la patria hondureña, porque para cada tapia hay un país y hay un poeta. Que si fuera sobre las selvas de Managua no tendría más remedio que respirar y recordar los versos de Gioconda Belli, la voz de Nicaragua, mujer sobre cuyos pies transpira el coraje femenino, mujer de mirada ancha y ojos oscuros como una sirena desnuda. Que si fuera aquí, en estas azoteas de Quito, en la nocturnidad adyacente, es posible que me acercara a tus versos imposibles, a tu sonrisa que está tan ausente como un parpadeo. Pero paz y alegría. Que no eres un pálido reflejo.Que no siento el regreso. Que siempre se vuelve a las viejas calles. Así es el murmullo de la luz.

Es posible que aquí dudara con qué poemas tapiarte el cuerpo porque te prefiero desnuda aunque sea una desnudez que no tendré. O quién sabe. Igual me lees y resulta que te sientes aludida y entonces yo me callo y vos tienes miedo del encuentro. Pero paz y alegría. Quién sabe si pondría unos largos versos de Jorge Enrique Adoum o los guayacanes de Nelson Estupiñan Bass. Quizás alguna razonable roca de las playas manabitas. O esos mosquitos zumbones y molestos que sacuden la hora de la siesta en Portoviejo. Quién sabe lo que hiciera.

Hoy tengo algún recuerdo parecido. Recuerdo de mi paz y alegría. Esa que hace que convierta mis muros en una acción poética particular. En un verso en movimiento, para tratar de comprender ese silencio que hace llover cuando nos dicen chau. Como si fuera un futuro que se descongela para que me coma la carne que lleva dentro. Un verso. Dos versos. La arena que los recoge. El suave recuerdo. El instante en que estabas sentada y dabas todo sin pensar. Sin pensar pero sintiendo. Sintiendo y dejando el pensar para el otro día. Para el otro día en que pensaste y una aldaba sonó en la puerta y resulta que era el sentimiento que quería emigrar y solicitar un visado en la aduana. Tres versos. Cuatro versos. Paz y alegría. Que si fuera en las frágiles dunas de Ica hubiera que hallar a Cesar Vallejo para que me trajera de nuevo París pero sin aguacero. De regreso. De camino a otra parte. Al vuelo de una gaviota. Al sentir sincero de la mirada de un perro o de la caricia simpática de la gata que alguna vez orientó mis noches de vigilia. 

De regreso. Paz y alegría. Que si fuera en las lomas de Jujuy debiera invitar a mate al bueno de Borges o a la chacarera de Mercedes Sosa, por ese sueño porteño al que tengo tanto cariño. Es así el corazón. Como un jardín decorado por la experiencia, sin brindarnos nada de belleza sino con la contundencia que se combina en lo trágico y en lo reiterado. Paz y alegría. Mi corazón está bien. Golpea sobre tu pecho aunque no lo sepas. En la frontera. En esa estrecha frontera en que se halla tu ausencia y la humedad de mi energía. En esa larga y profunda reflexión de Manuel Benítez Carrasco de afirma que “el puente siempre se queda y el agua siempre se va”. Pues ciertamente es tu desnudez es la que se queda y es el agua la que se va. El agua. El semblante de una corriente que me persigue. Mi trigo. Mis horizontes. La golondrina que alza el vuelo. El azul intenso de otros días. Las aceras limpias. Los márgenes del otro continente. La suave antena del horizonte. Tus labios. Eso de Gioconda Belli, de quien no me olvido, quien afirma tajantemente que “soy una indómita gacela” y tal vez yo sea un indómito incorregible. Paz y alegría. El pulso certero. Los sillares firmes. Mi paisaje. Las duras nevadas que sacuden Orduña. El calor de mi hogar en la lejanía. Tus labios. Tu desnudez. Mis versos. La acción poética. Paz y alegría.