CRÓNICAS DE RAMONA, LA LONGANIZA LITERARIA, QUE ESTABA HARTA DE TODA SUERTE DE VECINOS, SE HIZO AMIGA DE JORGE ICAZA Y SEMBRÓ EL TERROR ENTRE LADRONES DE LO AJENO, CHISMEROS DE LIBRERÍA Y AMORES SIN PARANGÓN.

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Me llamo Ramona. La más exquisita del barrio. La verdad que es un nombre extraordinario. Común, decente, con una hermosa carga emotiva y, además, entrada en carnes y en posesión de unos hermosos muslos a los cuáles a más a de uno le gustaría hincar el diente. Y podría echar a volar. Podría batir las alas, romper el cordel e irme a dar vueltas, planeando con el viento, sobre las calles de Quito, sobre la palabra “soledad” que a veces tan poco me gusta, pero que otras es necesaria para que no duela el corazón. Me llamo Ramona, entonces. Ramona, o como me llaman mis vecinos, la “Literaria”. Ramona la Literaria. Porque siempre pensé lo mismo. Amante de la copla. Fiel oyente de las letras de Carlos Cano. Jornalera de la vida. Emigrante sin pensarlo.

Es cierto, además de Ramona y de literaria, soy emigrante. Y esta es mi historia. Nací de una patada en la puerta. Me explico. Alguien me colgó a curar. Me prendieron de la tachuela recién salida en una puerta, y ahí sudé y reventó el aceite, hasta que se me endureció el cuerpo. Y así salí. Una preciosa Ramona. Un bello ejemplar de longaniza ibérica. De ahí salí como una honrada longaniza. Prima de los chorizos. De esos primos tan numerosos que tengo desperdigados por toda la península. Y de ahí el drama pues a nosotras la vida nos dota de conciencia nada más nacer. Nada más embutirnos en una funda de intestino delgado, como en el soplo de una religión. Y cuando abrí los ojos, no quiero ni contaros todo lo que vi. O sí, si quiere contaros toda suerte de rebajas, de inspectores envidiosos, de políticos con una caradura del carajo, de gordas que dirigen instituciones con una sonrisa en los dientes y una espada de Damocles para clavártela por la espalda, de abogados con mucha plata pero con poca dignidad, de colinas inmensas, de pechos plásticos a golpe de bisturí, de biografías pestilentes que venden más que una novela de Roberto Bolaño, de ensayos sobre cómo ser feliz, de anuncios sobre el aumento del centímetro de los penes, de golondrinas mareadas por la corrupción, de desasosiego mucho peor que el de Pessoa, de luna para encarcelar, de sobresueldos y financiación ilegal de partidos, de acciones preferentes, de abril para tirarse un pedo y de julio para sentir la inanición del mundo.

Cuandoabrí los ojos, ¿qué creéis que sentí en primer lugar? Mucho asco. Una tremenda sensación de ahogo vital. Los dientes de una filosofía basada en el éxito. En ganar por ganar. Una ciudad insolidaria y triste para los ánimos de cualquier artista. Un país sin ropa interior. Un Congreso lleno de tiburones y valores caducados. Una península de donde los valores se habían ido en tanto número que solo quedaba un inmenso hedor en ciertos antros públicos como bancos, fundaciones y despachos. El hedor de la falta absoluta de dignidad. Qué horror. Aquello parecía un relato de terror al más puro estilo de Howard Phillips Lovecraft. Y lo peor es que en las cárceles estaban los más inocentes comparándolos siniestramente con aquellos que andaban de puntitas por las calles, con el peso de millones de euros defraudados o robados a golpe de timón a la dormida ciudadanía. Sentí el fuego de miles de víctimas de expedientes de regulaciones de empleo. Un ardor en el pecho. Una turbia llama en el corazón. Mi padre que tuvo que mantener un par de meses a Ibuprofeno. Para mitigar la dolorosa migraña del panorama social que sufrí al dar a luz. 

Cuándo. Cuánto me dolió el sueño. Cuánta pasión a la que la noche restó la madrugada de la razón. Cuánto llanto. En aquella tierra que, por lo demás, arrastraba una belleza extraordinaria, porque yo nací en los remansos y riberas de un río. En plena depresión del Ebro. Allí donde las aguas se deslizan lentamente y dejan tras de sí una hermosa estela de franjas y cultivos de regadío. Allí donde los hombres de antaño, capaces y trabajadores, hicieron un canal paralelo al río, el Canal Imperial de Aragón. Allí nací yo. En la barnizada puerta de una carnicería, en el centro de un pueblo lento, a la vera del mismo río que mencioné en líneas anteriores, en un pueblo con etimología vasca, algo así como “arriba de la tierra”, mi querido y añorado Gallur. 

Nací en Gallur. Lejos de la ciudad. Alentado por el lucero de mi padre, un grandísimo morcillón, y custodiado por el abrazo de mi querida madre, la más gloriosa chuleta de cordero que el sol parió. Y como dije, varios meses de analgésico para mitigar los efectos de la devastadora imagen que sufrí al abrir los ojos. Por eso cerré los ojos a la misma vez que los abrí. Cerré los ojos y soñé. Soñé que volaba y así lo hice. Y le dije a mi padre que vendría todos los días a verles y que me iba en busca de otras cordilleras desde las cuáles alejarme del reflejo de esos mangantes, choros, ladrones, cabrones, tipejos, malditos y sucios boquerones.

Volé bien lejos, padre. Volé hasta cruzar el océano y soñar con mozas de grueso pretil. Volé y transformé la selva en otra vida. Volé hasta que las alas se me cansaron. Volé no sé cuántos años porque la tierra donde caí quedaba lejos. Volé despierto y me alimentaba del aire. Volé con los ojos bien abiertos y desde las latitudes de mi largo viaje sentía el aparente espejismo de ver gitanas, palmas, olivares y barrios de blanca cal. Sentí el duende de la guitarra flamenca. Y una nube me trajo a Federico García Lorca. Y otra a Miguel Hernández. Una gota de agua a Enrique Morente y el carmesí del crepúsculo a los jardines de la Alhambra. Leí el Romancero Gitano. Acaricié las Nanas de la Cebolla. Me hablaron en verso. Llevaría un par de miles de kilómetros encima así como una decena de meses. Aprendí sobre la Generación del 27. Me imaginé a mí misma como otra Ramona que iba aprendiendo valores a medida que perdía la inercia de estar cerca de políticos con un nefasto y nulo contenido intelectual. Qué feliz. Qué patios literarios me sacudieron. Después se apareció el Federico. Al que fusilaron en una madrugada de principios de agosto. Por poeta. Por amante del pueblo y hasta, dicen, por maricón, pero sé que la poesía no entiende de orientación. Le mataron por ser, por atreverse a ser. Le mataron por pensar. Le mataron por vivir. Le mataron por todo aquello que sus asesinos no querían ser como él. Pero él me enseñó sobre el verdadero concepto de la literatura. Me enseñó a escribir. A leer. A prodigarme en vocación. A aprenderme de memoria la sintaxis de las manos. Y me presentó a más poetas a medida que viajaba. 

A la altura de la desembocadura del Amazonas apareció Vinicius de Moraes. Un poeta brasileño. Del país por donde ahora estaban de protestas enfrente de los campos de futbol. El Maracaná de la globalización. Y ese poeta apareció de entre una cuerda de lentas canciones. Y después Haroldo Conti se quitó el sombrero y me dio la bienvenida a la Pampa. Oliverio Girondo hizo lo propio y me sorprendió por el costado y me habló de la belleza insolita de algo así como la Plata. Y tampoco faltaron las bellas mujeres. Una asombrosa Juana de Ibarborou, con la fortaleza de un huracán. Asimismo Jorge Amado, que admitió la crueldad del mundo y que por eso se fue. Y el más reciente elevado a los cielos, el inmenso y bondadoso Benedetti, que ahora le daba a la taquigrafía en las oficinas de la Aduana Celeste. Y todos ellos me prodigaron en versos, enseñanzas, moralidades, libertades, gentes que nunca se meten en nada y viven en paz, hasta que me advirtieron que, en cuanto apareciera el más grande los vates, un dragón poético, me enteraría de lo que es la vida. Así que llegué al sur de una cadena de montañas que se dirigía al norte en solución de continuidad. Los Andes. Nevados. Picos cortados como por arte de sifón. Y llegó el vaticinio. Un tipo alto. Dirigido por la autoridad del viento. Pablo Neruda. Qué terrible confusión. Pablo me confundió con un alimento para el hambre de sus odas. Casi me comió. Pero le dije que era la Ramona, Ramona la que dicen la “Literaria” y en cuanto le canté una de las rimas de Gustavo Adolfo Becquer, me invitó a pasear por su antigua casa de Isla Negra desde los altares del cielo. Y ahí le vi. Ahí vi sus sillones, mascarones, caracolas y viejos rincones. Ahí le vi enterrado y en fiel descanso con Matilde Urrutia, y me contó que ya había hecho las paces con Vicente Huidobro. Que también estaba cansado de la caradura de los de mi país. Que hacía falta mucho más que una revolución. Que una revolución era poco para salvar al pueblo de tamaña envergadura de maldad. Que no bastaba con armarse de valor, paciencia, coraje y despertar. Que era inevitable mandarles a la mierda y al país del otro nunca jamás pero que, lamentablemente, el mismo pueblo estaba marcado por el opio y seguían dormidos, convalecientes y amaestrados, pero que ya vendría algún tipo de justicia divina, tarde o temprano, a impartir justicia con el mandoble de la brisa. Y discutimos mucho acerca de otros pormenores, para olvidarnos de las penas. Llamó por teléfono a Rubén Darío, que se presentó ipso facto detrás de las estrellas. Qué bueno el fundador del Modernismo. Ataviado con su sombrero y de la mano de su esposa. Y cómo éramos pocos y parió la abuela le mandaron un telegrama a no sé quién y adivinen. Apareció un bonachón hombre, provisto de una gabardina áspera y fumando como un carretero, el glorioso Antonio Machado, uno de los mejores panas de Darío, porque aún recordaba el Antonio cuando su mujer Leonor había enfermado en París, en pleno feriado de julio, y gracias a un pequeño préstamo del nicaragüense pudo volver a Soria con su amor herido de muerte. Suerte que el cielo es como eso que Dios los cría y ellos se juntan. Qué tarde más hermosa pasé. Y ellos son los me bautizaron definitivamente como Ramona “la Literaria”.

Vuela RVuela literariamente. Hazte poeta y escritora desde los pies a la cabeza. Dales corte de mangas como castigo a todos aquellos que roban, a todos los que se dediquen a hablar de ti o te tengan envidia, porque esos chismeros son como los hijos de Satanás. Vuela para el norte. Atraviesa Perú y allá donde veas unos cuantos volcanes de leche frita y unas bellas librerías de segunda mano, quédate nomás. Quédate y llama al morcillón y la chuleta de cordero. A tus padres de honesta charcutería. Y diles que llegaste por obra y gracia de todos los poetas. Y así lo hice.

La Ramona voló. Voló y voló y voló. Voló sobre Cuzco. Repitió la danza de los cóndores. Le llovieron flechas con el grito de José María Arguedas. Le vino la poesía solícita y oscura de César Vallejo, así como el llanto existencial de Blanca Varela. Literatura peruana en estado puro. Las blancas arenas de Piura. Huaquillas. El silencio del Guayas. Derivó hacia la costa. Hacia los manglares donde contempló la prosa de Estupiñan Bass. Qué razón tenían los montubios, que cantaban el mar como si fuera la hermosa piel canela de una mujer desnuda. Y alguna corta vereda le llevó hacia la cordillera de nuevo. Hacia estribaciones que eran como el cuchilo que corta una guayaba alrededor del sol. Quito. Quito en todo su fulgor. Y allí se quedó.

Ahora soy Ramona la “Quiteña” además de la “Literaria”. Disfrazada de verdad y no de mentidero. Es más larga la historia de lo que hice aquí al llegar más que cómo arribé. Baste decir que Jorge Icaza me recibió. El más grande del compás narrativo. El mismo que me alertó: “mija, sírvase de paciencia porque la tierra de Quito está llena de usurpadores y pequeños círculos de trovadores de la adulación. Hay unos pocos moscos que parecen que son todos, que convierten la cultura en una cuestión de chirigota y farsa de carnaval. Esos pocos que se dan premios entre ellos, que publican tantas obras como los saleros, y que dicen que el más poeta es el que más publica, el que más adula y el qué más citas generalizadas menciona. Esos pocos que lo mismo que padecen de retórica, les preguntas por la identidad de Dulce María Loynaz y les cagas porque lo mismo se quedan en evidencia a pesar de que esa enigmática mujer es lo más sagrado que han dado las letras cubanas”.

Así que el bueno de Icaza fue mi mayor y más sincero mentor. Mayor era lo normal y preciso, pero en lo que sinceridad se refiere, me dijo Jorge que practicó la excepción, ya que por aquellas latitudes urbanas lo más normal y cabal era la hipocresía de prostíbulo y taberna. Que si no, que constara lo que a él le costó encontrar trabajo. Que le ofrecieron un vicerrectorado en virtud de todo lo que representaba al país y las autoridades no fueron capaces ni siquiera de darle una respuesta sencilla, un sí o un no, y aún maldice el día en que le ofrecieran tal circunstancia, el mismo que además de propietario del centro era concejal sin pudor en la capital. Que luego le llamó una asambleísta a ofrecerle azúcar para el vino amargo, que es lo mismo que “queremos que venga a trabajar con nosotros, yo que soy una de las más jóvenes, que vengo de Azuay, porque su valor literario iluminará las arcas de la gloriosa patria” y hasta ahí, hasta ahí llegó el tenedor de la luna. Que Icaza tuvo que presentar la renuncia a ser generoso ilimitado e inocente sin parangón. Que dijo que tenía su dignidad y que no dependía de ninguna promesa para ser hecho, como el chiste que Mafalda hizo famoso en pasadas décadas. Que echara mano de los sueños, de los sueños que albergaba en mi interior. Que diera palmas y no guardara las manos en los bolsillos. Que pusiera en práctica lo que llevaba en mi interior. Que no me dolieran los ojos. Que pusiera valor a lo que yo hacía. Y con ello, me recaudó con su más reciente anécdota. Que al Jorge Icaza, una vez en el descanso eterno, por allí abajo había una eminencia económica, de las más importantes del país, que tenía su despacho en la decimocuarta planta de un estridente rascacielos, allá por donde casi comienza el teatro de calles de los pelucones. Un tipo abogado, doctor, antiguo secretario de presidente de la República, nacido en el oriente del país pero con un leve defecto del habla, y que por eso de que le llamaban el “gangoso del Tena”. Y que el tío, alertado de la eminencia y vasta intelectual de Icaza, le dijo que quería escribir un ensayo acerca de la historia de Ecuador y de la contribución de algunos presidentes al desarrollo de los cronopios y flores en los páramos. Que necesitaba asesoría, preguntas y seguimiento de edición y que era un hombre de palabra y corazón. Y qué gran error el de Jorge Icaza que lo creyó. Que al final lo que quería era que Jorge escribiera y le pusiera el nombre del abogado en la conclusión. Es decir, ser un pobre negrero que escribe para otros a cambio de un precio. Y aunque accedió a ello, porque en el cielo padecía de vida difícil y lo necesitaba para mantener a la generación decapitada, el hombre nunca se dignó en aparecer. Así es la cruel vida del escritor y la ancha zapatilla de la caradura de los que mucho tienen y poco se comprometen. Pero que esta historia era su cumplida misión. Dar testimonio de caraduras sin parangón. Que con ello había aprendido rebeldía y rima en la prosa, como en la presente canción. 

Y como la Ramona no lo era menos, le hizo a Icaza otra confesión. Sí, Ramona “la Literaria”, es decir, yo. Que soy una de las más terribles buscadoras de libros. Que navego de norte a sur, de arriba abajo, de ciencia en arte, de iglesia en iglesia, de biblioteca en biblioteca. Que ayer se compró uno de Pierre Lotti y otro de Panait Istrati. Que la quieren un montón. Que se mete en las estanterías y da volveretas. Que siente el arribo de la antigüedad. Que en una de ellas, sin embargo, hay cucarachas de dos patas, de esas negras, con el pelo vuelto, y que cuando da la espalda empiezan a hablar de la Ramona, y le atribuyen romances, y critican su quehacer, y ellos que son más vagos que la mercadería de San Roque por la noche, que son más espeluznantes que una farola con la luz fundida, que no trabajan sino que conjuran y pasan la vida sin más. Que yo me río, sin embargo. Que me siento entre los muros y si me quieren comer por mi condición de longaniza, les digo que no soy refrigerio de diablos sino almuerzo de la dulce lluvia. Y que incluso, soy la fiel y callada protagonista de historias de amor que por aquí y por allí se reproducen. Como el caso de un motorista que se enamoró de una paloma que le cortó el aliento con sus bellas piernas de azafrán. O como ese extraordinario lucero que trabajaba en una de las librerías pero que una y otra vez nunca se aclaraba y seguía en sus inconstancias de sonora indecisión, por ver si se quedaba o no con otro extraordinario hombre que era, de profesión, soñador. Historias de amor así de peculiares. Así como de chismes, rumores y jugos de guanábana. Y yo, Ramona, en medio, como un surtidor de gasolina. Ramona, amiga de Icaza, espanto de mentirosos, adalid de serpientes, adarga contra concejales sin escrúpulos, terror de bancos e hipotecas, recaudadora de verdad, enemiga de chorizos que no provengan del legítimo cerdo sino de los delitos pero, al fin y al cabo, una sencilla y dilatada amante de la literatura. Es decir, yo, Ramona “la Literaria”

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3 comentarios el “CRÓNICAS DE RAMONA, LA LONGANIZA LITERARIA, QUE ESTABA HARTA DE TODA SUERTE DE VECINOS, SE HIZO AMIGA DE JORGE ICAZA Y SEMBRÓ EL TERROR ENTRE LADRONES DE LO AJENO, CHISMEROS DE LIBRERÍA Y AMORES SIN PARANGÓN.

  1. muy entretenido, humor e indirectas al por mayor un placer!!

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  2. muy entretenido, socarrón y cargado de indirectas, un placer leerlo!!

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  3. Realmente me encantó, Ramona la literaria, “amiga de Icaza, espanto de mentirosos, adalid de serpientes, adarga contra concejales sin escrúpulos, terror de bancos e hipotecas, recaudadora de verdad, enemiga de chorizos que no provengan del legítimo cerdo sino de los delitos pero, al fin y al cabo, una sencilla y dilatada amante de la literatura”.

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