LOS PÁJAROS DE MARÍA REBOLLERA

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III
El Huelemeigas

La Rebollera ladra, es señal de que por aquí anda. Eso le dictan las narices a Tomás Martinez o, para los amigos, el “Huelemeigas”. Tiene el olfato del diablo. Hay que verle. Una vez que sale de las cepas recién tejidas de verde. Huelemeigas deja las tijeras de poder sobre las piedras de granito. No se atosiga. Se suena la moquera con un pañuelo tan gris como la tormenta y, afilando las fosas nasales, aspira tremendamente. Los huecos de la nariz se le inflan y encogen como una acordeón y, elevando la punta de la napia hacia las laderas, no se corta ni un pelo y dicta solemnemente:

-La Rebollera anda cerca. Hay que protegerse. A buen seguro que dirá que somos unas alimañas ¡Es su lenguaje más usual, las palabras perfectas para una zorra como ella! -exclama Tomás.

Cicatera, Tortuosa o Rebollera. Todos los términos son equivalentes para definirla como la más pérfida y mal criada del entorno. Ahora creo que su sombra debe andar por el Pazo de los Macías, esa familia de compositores cuyo hijo violó a la hija del Centeno y, como son buenos amigos del notario, del fiscal de Compostela y gozan de notables influencias en Madrid, la pobre mujer tuvo que joderse y sacar adelante tal despropósito. El hijo de los Macías, el cabrón de él, sé que anduvo mucho tiempo libre e impune, pero al final tuvo su merecido. Parece que los lobos se lo comieron y no dejaron más que el rastro de la sangre, allá por la Cabeza da Meda, una vez se marchó con su noble rebaño de cabras. Un mal menos. 

Pero sé que después los Macías, para vengarse, contrataron a María Rebollera, que por aquel entonces ya gozaba de una fama de mala virgen, de cizañera, de curandera negra, de acatadora del infierno y todo lo que se diga sobre ella es poco. Siempre vestida con una mandil negro, flaca y de cabello largo, con los ojos saltones y ligeramente bravíos. Una mirada que era capaz de llegarte hasta el esqueleto. Y a esa figura, los Macías contrataron. Para que averiguara el paradero de esos lobos asesinos. Que no fueron otra cosa que lobos. Que la naturaleza quiso cobrarse esa justicia divina que dicta que el tiempo y las tormentas ponen a cada uno en su lugar. Sabemos que ella se asomó por Cristosende y que, en mitad del vacío de los cañones, conectó un viejo transistor de radio. Porque dicen de esa forma se convertía en periodista del diablo. Alzó la antena. Eso relatan. Echó carbón sobre una superficie en forma de bota de vino, con los contornos señalados con el relieve de la tierra, y empezó a tararear un viejo ritmo de tambor rancio. Sé que los lobos aullaron, nada más. Que de repente, el cielo descargó una tremenda granizada. No mató ningún lobo, pero jodió gran parte de la cosecha de uva. Y eso fue la gota que colmó el vaso. 

A la semana siguiente, el pazo de los Macías estaba ardiendo. Ellos no corrieron tan buena suerte porque nadie salió a socorrerlos. Pereció la familia al completo. El padre, también acusado de asesinar vilmente a uno de sus capataces, por el simple hecho de reclamar un aumento de jornal. Y el resto, carne del mismo chorizo. Pero de María Rebollera, ni rastro. Ni un solo pelo de ella. Claro que dicen que hierba mala nunca muere, siempre ladra. Señal de que caminamos, si ladran por nosotros. 

-Manolo, huele a Rebollera. Andate y carga la escopeta, no sea que tengamos problemas -me recuerda Huelemeigas.
-Sí, sera mejor. Vamos, que aquí ya hemos terminado la función.

Ambos caminamos. De vuelta a la casa. Ladera arriba. Camino arriba. Nos esperan en la casa. Pero hoy cenamos juntos. Huelemeigas traduce el olor del campo a cocido. Me dice que en casa tengo garbanzos recién hechos. Qué cabrón, si nos quedan dos kilómetros de vuelta, bien precisos e intrincandos. Pero eso es mejor que oler la mierda de esa bruja.

Al Huelemeigas le quieren mucho. En más de una veintena de aldeas. Ha sido nuestra catarsis. Le llevamos a todas partes. No tiene empleo pero vive de su olfato. Es decir, nos lo llevamos cuando tenemos que emprender ciertas tareas de las que depende el buen fruto del campo. En la siembra. En la poda. En la queimada. En la quema de los rastrojos. Por si huele a Rebollera. Por si su nariz sospecha que la bruja de María anda por ahí predicando males y tirando del gozne de nuestras puertas. Mala dicha te dé dios, Rebollera. Ruega por nosotros, simples campesinos. Alabado sea el naranjal porque de él que sus raíces labren la esperanza de la tierra. 

Del incendio en el pazo de los Macías no hace tanto. Quizás un par de meses y medio. A lo sumo. A veces olvido la memoria. Por conveniencia. Porque lo malo pasa y lo bueno merece vivirse. Me tiro un pedo y se lo brindo a la María. Ahí tienes un tufo de muerte, envidiosa del carajo. Allí donde andes.

-Oye, que eso huele a aspavientos -sonríe Martinez.

Y yo le contesto que sí, pero que la Rebollera no tendrá tan buen olfato, que si ella ladra es porque caminamos. Ojalá se haya ido lejos. Prefiero mil veces el hocico de un jabalí jodiéndome las tomateras que la ojeriza de esa meiga. Qué tan cierto. Al menos a ese cochino grisáceo con colmillos lo trae la naturaleza, siempre sabia, y a esa la trae la mismísima caldera de los infiernos.

La gravilla resuena en las botas. Ascendemos deprisa. Relajados pero con la conciencia tranquila. El viento se llevó el pedo allá por encima de los castaños y su olor se transformó en la humedad de la mañana, porque ya se fue la niebla. Y allá, a lo lejos, donde comienza la línea de los pinares, alguien grita:

-¡Eeeehhhhh!

Es Amadeo “Boinas”. Que grita espantando de alegría. Y allá subimos. Y cuando llegamos a su altura, el hombre, apretándose las manos contra la faja, nos comenta harto de contento:

-¡Han detenido a la Rebollera, suban, suban! -exclama ostentoso.

No nos lo podemos creer. Y así es. Camino de Chantada. Un par de cazadores que venían de regreso. Estuvo apunto de dispararles porque ella alzó la voz y clamó al cielo. Pero los señores de la escopeta no son tontos y tampoco respondieron a la provocación. Y ahora la tienen rodeada en la plaza del pueblo. Nos dice el Boinas que nos apresuremos. Que tiene la cara llena de tizna. Que la sorprendieron cuando estaba en un cruce de caminos con un gato destripado, quizás en el afán de transfigurarse en zorra. Que así era. Que cuando se vio sorprendida, les señaló con el dedo y echó una maldición de órdago. Que ellos eran unas alimañas y eran personas no gratas para el servicio del diablo. 

Hay que subir cuando antes. Le decimos al Boinas que vaya a por la motocicleta. A la cuadra. Que le esperamos y Huelemeigas se va con él. Yo voy a por un ejemplar del Quijote que tengo en casa, bendecido por el párroco Esteban. No me digan qué pinta acá un libro de caballerías, pero Esteban le puso la santa cruz sobre las tapas y dicen que eso ahuyenta a la Rebollera, que siempre parece recurrir a él para sus fechorías, así que le devolveremos la misma piedra. Solo con mencionar que en un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, se le pondrán los ojos en órbita. Allá vamos entonces.

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II
El tonto Meiras.

El sol sopla despacio. Eso dice el tonto Meiras. Que el viento sopla y levanta las faldas de las rapazas que vuelven de la última y más reciente romería. Que el sol está efusivo. Que el viento se va de marcha y regresa con un aventón en su propio aire. De ahí que el Meiras guste de corretear con el arcén de la maltrecha carretera, detrás del viento, para que éste le arree una bocanada en las oscuras faldas de dos de sus vecinas, que caminan despacio, que sostienen una animada conversación, que se estropean la una a la otra con ciertas maledicencias sobre los hombres. El tonto las sigue unos cuántos metros atrás. Sonriéndose a sí mismo. Nacido de la nada. Bueno como el pan. Incapaz de hacer daño ni al más remilgado mosquito. Se atusa su repelada barbilla con el dedo gordo. Sonríe con los pocos dientes que le quedan. Unos adelante y otros hacia atrás. Y canta. Canta que se las pela. Tararea alguna vieja albada de esas que se desmontar al despertar. El tonto está feliz. Que viene el viento. Que le levante la falda a la Angustias y le muestre esos muslos tan fecundos. Y así sostiene su camino. El camino más tonto para el joven más feliz.

El tonto Meiras. Así le pusieron en la taberna del Cuco. Hace muchos años. Con mal propósito. Pero a él termino por gustarle aquel mote del que hace gala en toda ocasión. Camina que te camina. Detrás de sus primas. El viento ha soplado pero no levantó la falda. Menudos huevos que los del viento. Que no le levanta la falda a la Angustias. Y menos a la Raquel. Ni a una ni a otra. Y no solo es eso lo que le llama la atención, sino también la postura inabarcable de la orilla, salpicada de hojas secas. Es como si no le dejaran a su amigo el viento ese inevitable transcurrir. Pero mira qué poco soplas, cabrón de viento, ventarrón del Sil, cagarruta de mouros, rebaño de cielos grises, creador de los cielos y dirigente del humo de la lareira. Qué poco soplas. Así le grita el tonto Meiras al propio viento. Y la Angustias se vuelve y le dirige una sonrisa de compasión. Pero mira, Meiras, mira. Y ella se levanta la falda copiosamente, con la punta de los dedos, elevándose hasta el entrecejo de Meiras que no cabe de gozo cuando ante sus pupilas las caderas de Angustias se acrecientan en su albor y muestran una sonrosada carne salida de la goma de las media negras. Qué buena estás, Angustias. Gracias viento. Qué regalo de dios. Qué buen cuento para mis relatos. Ábrase el mar de par en par que soy Moises y vengo con las tablas de la salvación. Soy Moisés el de los veinte mandamientos. Soy el profeta de los páramos. Soy el dulce cantor del concello. Soy el mugido más visceral de la poesía. Pero tonto, le responde Angustias, ya te vino la inspiración, qué hermosas palabras, de dónde las sacaste. Y el tonto Meiras se quita la boina y sacude el pelo. Soy poeta. Soy poeta, Angustias. Me enseñó el viento. Me reiteró el agua. Soy el tonto Meiras. El único tonto que escribe poesía. La Angustias se le acerca. Le pasa el brazo por encima del hombro. Le vuelve a situar la boina en donde le quepe. En toda su oronda cabeza. Como si de un momento a otro hubiera perdido la chaveta, la olla, la paila o la cabeza. Tonto Meiras. Angustiras. Y la otra prima, que había continuado andando durante ese breve trecho y también se vuelve. 

La Raquel. Que se les ve. Que les siente. Que aprovecha la sana envidia del espíritu. Que les aguarda. Que espera a que alcancen su sombra. Que una vez alcanzada, ella se vuelve al tonto. Oye, Meiras, mira yo también lo que tengo. Y Raquel, ni corta ni perezosa, ni árbol ni zarza, ni calzón ni filigrana, ni braga ni roquedal, se saca la blusa por fuera del pantalón y rompe la impetuosidad con el azar de sus pechos, aún cubiertos de su sostén y la prima, como si rebuznara burlonamente, empieza a danzar desordenadamente por uno y otro lado de la carretera. Ay con el tonto Meiras. Cómo se ponen sus ojos. Cómo se envaina su mirada. Sus ojos que ven rebotar tanta carne de arriba abajo, como esas vacas que ve pastar temprano. El tonto Meiras. Qué buenas cimas tienes Raquel. Muy buenas. Bienvenidas al norte de España aunque el sol brilla. Cómo bailan. Cómo trabajan. Cómo se manifiestan. Cómo se recortan en la sombra. Y Angustias a la par gritándola. ¡Qué vas a soliviantar al tonto! ¡Pero prima, tápate que hace frío y como te vea el señor cura nos va a obligar a cincuenta salmos!

Raquel por fin se calma. Raquel se ríe y se tapa. Resopla por el esfuerzo de ese par de minutos. Se vuelve a meter la blusa por dentro. Se reordena. Se reorienta. Se somete a dictamen. El tonto también. Meiras deja de mirar. Pero esta vez el tonto se vuelve al cielo y le cuenta al viento. Mira cabrón que lo que vos no haces sí lo propicias. Ahí sí te estoy agradecido. Qué bueno eres conmigo. No es que me inspires directamente, pero algo tienes que a mis primas las haces jadear. Rayos, viento. Eso ni el abuelo apoyaba. Ni el bueno de Pescador, el perro, me acompañaba en estos trances. Y has tenido que ser tú, el viento. Qué felicidad que tengo. Y es tan feliz, que además escupe. Escupe así. Traga saliva varias veces. La regurgita en el interior de su laringe. Acumula un mar de saliva. Y después, revienta su boca y la dirige al suelo. Y cuando el suelo es salpicado de repente, con la bota, como si un toro, la revuelve con la suela una y otra vez, al tiempo que se lo dedica al diablo. Toma malparida. Esto es para tí. María Rebollera. La más mala y precipitada. La que dice que soy egoísta. La que pone citas en todos los lugares. En las mesas. En las paredes de la iglesia. En la cruz de la tumba de mi abuelo. En la corriente del regato. En el colmillo del jabalí. Qué mala eres, Cicatera. Qué no te deseo mal pero mal te vaya en la vida si haces daño en los demás y encima te quejas de qué has hecho para merecer tanto destierro. Toma. Ahí tienes. Mi escupitajo más sincero. De mi parte, de Raquel y de Angustias. De mi abuelo. De mi amigo Julián. De parte de Martín el moro. De parte de la hermana Catalina asimismo. A plena luz del día. Saco a pasear tu largo carrusel. Ahí tienes, guante de los cuernos del toro Blas. María Rebollera. Ahora que estás bien lejos y el monte no concluye la felicidad de verte fuera de aquí. De esas amadas tierras. Fuera del viento. Toma mi escupitajo. Y el tonto sigue caminando con sus primas. Vuelven de la romería. Son felices. Trotan como la fianza del paisaje. Enormemente felices. Sin María Rebollera. Sin sus artículos de brujería barata. Sin sus ojerizas. Sin sus males presentimientos. Sin sus vahídos de pelo largo. Es mejor tener la libertad de mandarla a la mierda y denunciarla. Eso grita el tonto. Por los caminos de Dios. Con su fusil casi enhiesto después de que sus primas le provocaran tanto arresto y rigor en su deseo. Pero ya pasó.

Ahí va el tonto Meiras. Con el viento. Con una mitología tan sencilla que es que un simple tonto es tan feliz con todo lo que la vida le da. Poeta de lo simple. Poeta que se rasca la cabeza. Pero no tan tonto como parece. Porque también es capaz de advertir el mal. Es capaz de denunciar. Es capaz de no callarse. Es capaz de sostener una conversación con el viento inanimado. Es capaz de abrazar a sus primas y darles las gracias por la ocurrencia de ver más que los demás. Ellas se fían de él. Lo toman como un juego. Aparentemente. Pero en verdad, lo de los tres es la vida. La vida de dos primas del tonto Meiras, uno de los amigos más certeros y humanos que conozco, que siempre me va patatas cuando vuelvo y es el primero en darme los buenos días cuando, una vez me alejo de mis casa unos centenares de metros, él siempre está pendiente del amanecer, de su perro, de su felicidad, de la de todos nosotros. Es por eso, que además de tonto, le llamamos el ángel Meiras, así sea tonto, porque nos protege de María Rebollera con un asqueroso pero milagroso escupitajo.

 

LOS PÁJAROS DE MARÍA REBOLLERA

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I

Una historia gallega.

Es hora de decir las cosas como son y no como las cuentan. Es hora de regresar. Fue un día duro. Casi macabro. Casi oscuro, pese a que sol todavía está cayendo precipitadamente por las laderas. Es hora de plantarse. Es hora de atizar la lumbre en cuanto entre por la puerta. Es hora de abrir la boca y dejar de ser el de siempre, es decir, un hombre tranquilo al que solo deben importarle el número de gotas de lluvia que caen del cielo. 

Abro la puerta. Una sencilla puerta de madera maciza. Aún tiene las marcas de la antigua tranca en el reverso. Castaño de los duros. Castaño de cuya añeja curva bien podría hacerse una vara, para darle con ella en la cabeza a esa bruja que no tiene otra cosa que hacer que insistir en que soy un envidioso o un ralentí en busca de pájaros que me sigan, cuervos que me adoren, viñas que me amen y jabalís que me ronroneen en la oreja. Esa cabrona que anda por ahí, en las ondas del crepúsculo, en las frecuencias de otro lugar, que a cada rato siento su calambre en mi oreja, haciendo bueno el dicho de mi difunta abuela, que en paz descanse y en gloria habite, ese dicho de que cuando escuches tú mal oirás, o que en casa de los vivos no habitan almas peores que las meigas.

Mi mujer me da un beso en la mejilla. Otro en la frente sudada. Me abraza. Me ayuda con el abrigo, que pesa más que ese eco que me ronronea en mis oídos. El abrigo me protege del frío y el eco intenta joderme el poco calor que me resta después de haber concluido el día. Es que podé la vieja parra. Y después me lleve los sarmientos, aún verdes, a una de las esquinas de la vieja cuadra. Allí para que descansen y sequen durante los últimos estragos del otoño. La cocina de hierro sopesa mis pensamientos. El campo habita en nosotros para bien de todos. Malo es que, no obstante, esa vieja de aparente carisma, esa compungida y mala bruja, nos quiera echar mal de ojo, tanto a mí como a la dulce esposa que me recibe con su sedal de ternura. Ojeadora a la que llaman María. María Rebollera. María la “Tortuosa”. María la “Cicatera”. Con varios apodos, motes o pseudónimos construidos a lo largo de toda la comarca, a medida que ha intentado implantar su visión del prójimo y, en su intento de joder, lo único que consiguió es que, finalmente, el pueblo se le echara encima, y tuviera que irse bien lejos, más allá de los horizontes de Sarria, más allá de las campanas de Courel, bien lejos, hasta que sus ojos no se apercibieran en la inquietud de los páramos. 

Bien es cierto que, una vez se fue la Rebollera, la Cicatera o la Tortuosa, o el dolor de muelas o el melindre amargo, las cosas mejoraron notablemente. Es decir, la viña volvió a rendir una cosecha asombrosa. El vino no se agrió. El cerdo volvió a estar contento. Las patatas regresaron con su sabor innato. El manantial retornó con su carismático chorro de agua fresca. El romero floreció como sí tal cosa, como si se alegrara enormemente de que una puñetera y jodida bruja ya no estuviera presente en medio de la sutil y frágil naturaleza, para amedrentarnos con su presunto poder. Y finalmente, hasta mi Chato, un hermoso can de palleiro, blanco como la nieve, no volvió a gruñir para ver que su espectacular olfato advertía el asqueroso tufo de María Rebollera. 

Eso sucedió durante un respetable tiempo. Fueren unos meses o un año y medio. Después que la echáramos a palo limpio. Por cabrona. Por tejer la cizaña. Por joder a los buenos. Por proteger a los caciques de siempre. Por tocarnos los huevos. Por atenazarme la lengua. Por amenazarnos a toda la parroquia. Por considerarme a mí, un humilde corazón del Sil, un ser arrogante y pérfido, por el simple hecho de ser el único que se atrevió a devolverle en su misma cara cada intento de mala brujería. Quizás no se esperaba ella que surgiera un brujo de entre la oscuridad, un curandero de lo sencillo, un “bastardo de la nada”, que le devolviera, una por una, todas y cada una de sus palabras, de sus búsquedas terminológicas en el diccionario de la lengua gallega, de sus magnicidios verbales, de su incansable ánimo para sembrar el pánico y los granizos, de esa manía persecutoria para que los grelos se infectaran de un hongo parduzco. 

Ya está bien. Por eso le devolví a mi mujer una sonrisa tranquilizadora. Ya fue el día en que hablé de nuevo. Me detuve en el cruce del camino. Donde descansa el cruceiro. En mitad de Lobios. Me había quitado la boina. Escupí al suelo. Suspiré levemente. Dirigí una mirada dura al santo que protege los caminos. Me senté en la piedra donde se apoya la cruz. Esperé tranquilo. Descansé después del almuerzo que me templé. Dejé el cayado apoyado en la base de la cruz. El saco también se quedó ahí, aletargado en su sueño pero lleno de nabos. 

Así le conté a mi mujer. Que me había sentado en el mismo lugar donde nuestros antepasados acostumbraban a reunirse. O ellos o las buenas brujas, porque de todo ahí en la vida del señor. Allí se paraban cuando tenían que tratar un asunto importante, con San Prudencio silencioso como testigo. Ahí mismo. Delante de nosotros ponía su atenta oreja el santo como si estuviera levantando acta. Y este mediodía, antes de volver a casa, también lo hice, aunque en la más rigurosa y merecida soledad. Le hablé al santo. Le dije. Compadre, que estoy hasta la punta de mi boina de esa Rebollera, de la Acicatera, de la Académica, de la Dedesvencijada de la Cojonera, de la Atribulada, de la Acacharrada, de la Cuca, de la María esa que desterramos hace un filón de meses, una vez que yo tomé la iniciativa y me secundaron los vecinos. Que tenía razón nuestra buena Lola, nuestra tía por parte de padre, la más vieja de todo el concejo pero también la más sabia y la que más le daba a los conjuros blancos junto a la lumbre de la lareira. Le dije al santo que me encomendaba a él y al resto de peregrinos del bune hacer porque desde hacía un par de semanas atrás, las orejas me habían vuelto a zumbar y tenía la sospecha de que María Rebollera estaba detrás de todo ello. 

Sin embargo, mi sorpresa fue inaudita cuando el cabro del santo, saltó de su peana pétrea y se alojó en mi conciencia. Y me respondió que no me preocupara, que viviera tranquilo aunque, habida cuenta del renovado calambre en mis oídos, iba a tomar cartas directas en el asunto. Que esa misma tarde echaría a volar con un paraguas desplegado hacia Santiago de Compostela. Que no pagaría peaje porque los mouros harían soplar un poco el viento. Así para que en un par de horas estuviera suspendido en los campanarios del Obradoiro. Que esto era un problema directo con los arcángeles. Que estaba al tanto de las pericias de María, la más herética y la que más odiaba a los mouros, a los duendes, a la gente trabajadora y menesterosa, a los que conseguían las cosas con humildad y perserverancia, a los que en fin, tenían un corazón bueno y ligero como las hojas de un castaño. 

Así volví a la casa. Así bajé toda la cuesta con el saco al hombro. Así me despedí del santo. Así me tranquilicé hasta la saciedad. Así besé de vuelta a mi mujer. Así le miré obscenamente sus pechos enredados. Así cenamos una buena ración de empanada. Así conjuramos los peligros de la hipocresía. Así nos reímos de las putadas. Así nos dormimos. Quizás fue el santo el que me propinó una sonora ráfaga de despreocupación. El caso es que nos despertamos con un sol radiante. Con frío en los pies. Con el mugido de las vacas que había que ordeñar. Con la aventajada sorna alegre de nuestra cabra Cabrona, que con ese nombre se quedó gracias a la ingenuidad de mi sobrino que le hacía gracia que una cabra se denominara así de grosera. Así que la Cabrona ahí estaba esperándome, en cuanto me puse los pantalones y eché a un lado los visillos. El día claro y robusto. Mi mujer desprendida de todo menos del sostén. Sus muslos turbios y apetecibles como un mascarón de proa. De lo cual ya había echado buena cuenta dos horas antes de levantarme y me había dejado más sudado que un botijo. Qué paz.

Y ahí me acordé de la reunión con el santo. De su cita previa con don Santiago, el del caballo blanco. Me sorprendió mi alegría. No me zumbaban las orejas. Al parecer, sí le zumbaban a María Rebollera, allá bien lejos donde estuviera. Llamaron a la puerta. Era el Matías. Con un azadón al hombro. Que buenos días. Que se quitó su pesado gabán. Que entra que te ofrezco un buen tazón de leche. Que si me he enterado. Y de qué pues. Pues que junto al cruceiro ha crecido algo de la noche a la mañana. De qué se trataba. Que era muy fácil. Qué era un esplendoroso arbusto de “Mataenvidiosas”. Una planta espléndida, de flores blancas y hojas ovaladas. Todo un mito en nuestra tierra. Que sólo crecía en el instante en que los santos hubieran decidido echar justicia divina contra las malas personas. Que Santiago debía haberla sembrado durante el curso de la noche, mientras la luna llena hacía acto de presencia. Que era como si al culo le hubiera salido una chispa de gracia en vez de un hediondo pedo. Que eso significaba que el zumbido de oídos de toda la comunidad estaba solucionado. Que por fin nos habíamos curado. Que me daba las gracias nuevamente. Y yo pregunte por qué. Porque todos hemos soñado que conversaste y tenías otro vahído. Que nos han hecho soñar que María Reboñera estaba comiéndose las uñas de la ira pero que fue presa de su propia orfandad. Que por fin Lobios, Cortiñas, Amandi, Gundivós, Sober, Chantada, Castro Caldelas, Cristosende, Luintra y hasta el río Sil iban a estar libres del perjurio, y dejarían de atacar a las buenas gentes con los ánimos de esa vieja, que encima nos echaba a nosotros la responsabilidad de joderle a ella, cuando lo único que hemos aprendido es a no doblegarlos y a responderla cada vez que nos quiere echar el mal de ojo.

Nos tomamos un trancazo de orujo para celebrarlo. Alzamos la copa hasta el techo. Suspiramos de alivio. Dejamos el azar para otro rato. Mi mujer se echó a cantar uno de esos viejos alalás tan olvidados. El alalá de “jódete envidiosa que las rapazas nos vamos de romería”. Ese que se cantaba antes de irse a buscar novio en la explanada de la ermita de Cadeiras. Y el efecto fue generalizado. Parece ser que toda la aldea se despertó con el mismo sueño y vinieron a la puerta a felicitarme. Buena la has hecho, Manolo. Ahora tienes más seguidores todavía. Más te queremos. Ahí está el Manolo. Ahí anda tu mujer. Gracias de todo corazón. Gracias por esos pájaros que nos has quitado de encima. Qué señor que eres. La próxima matanza te ayudamos hasta que le salgan oro a los chorizos. Una bruja menos en estas tierras es como el milagro de la primavera. Que todo vuelve para mejor.