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II
El tonto Meiras.

El sol sopla despacio. Eso dice el tonto Meiras. Que el viento sopla y levanta las faldas de las rapazas que vuelven de la última y más reciente romería. Que el sol está efusivo. Que el viento se va de marcha y regresa con un aventón en su propio aire. De ahí que el Meiras guste de corretear con el arcén de la maltrecha carretera, detrás del viento, para que éste le arree una bocanada en las oscuras faldas de dos de sus vecinas, que caminan despacio, que sostienen una animada conversación, que se estropean la una a la otra con ciertas maledicencias sobre los hombres. El tonto las sigue unos cuántos metros atrás. Sonriéndose a sí mismo. Nacido de la nada. Bueno como el pan. Incapaz de hacer daño ni al más remilgado mosquito. Se atusa su repelada barbilla con el dedo gordo. Sonríe con los pocos dientes que le quedan. Unos adelante y otros hacia atrás. Y canta. Canta que se las pela. Tararea alguna vieja albada de esas que se desmontar al despertar. El tonto está feliz. Que viene el viento. Que le levante la falda a la Angustias y le muestre esos muslos tan fecundos. Y así sostiene su camino. El camino más tonto para el joven más feliz.

El tonto Meiras. Así le pusieron en la taberna del Cuco. Hace muchos años. Con mal propósito. Pero a él termino por gustarle aquel mote del que hace gala en toda ocasión. Camina que te camina. Detrás de sus primas. El viento ha soplado pero no levantó la falda. Menudos huevos que los del viento. Que no le levanta la falda a la Angustias. Y menos a la Raquel. Ni a una ni a otra. Y no solo es eso lo que le llama la atención, sino también la postura inabarcable de la orilla, salpicada de hojas secas. Es como si no le dejaran a su amigo el viento ese inevitable transcurrir. Pero mira qué poco soplas, cabrón de viento, ventarrón del Sil, cagarruta de mouros, rebaño de cielos grises, creador de los cielos y dirigente del humo de la lareira. Qué poco soplas. Así le grita el tonto Meiras al propio viento. Y la Angustias se vuelve y le dirige una sonrisa de compasión. Pero mira, Meiras, mira. Y ella se levanta la falda copiosamente, con la punta de los dedos, elevándose hasta el entrecejo de Meiras que no cabe de gozo cuando ante sus pupilas las caderas de Angustias se acrecientan en su albor y muestran una sonrosada carne salida de la goma de las media negras. Qué buena estás, Angustias. Gracias viento. Qué regalo de dios. Qué buen cuento para mis relatos. Ábrase el mar de par en par que soy Moises y vengo con las tablas de la salvación. Soy Moisés el de los veinte mandamientos. Soy el profeta de los páramos. Soy el dulce cantor del concello. Soy el mugido más visceral de la poesía. Pero tonto, le responde Angustias, ya te vino la inspiración, qué hermosas palabras, de dónde las sacaste. Y el tonto Meiras se quita la boina y sacude el pelo. Soy poeta. Soy poeta, Angustias. Me enseñó el viento. Me reiteró el agua. Soy el tonto Meiras. El único tonto que escribe poesía. La Angustias se le acerca. Le pasa el brazo por encima del hombro. Le vuelve a situar la boina en donde le quepe. En toda su oronda cabeza. Como si de un momento a otro hubiera perdido la chaveta, la olla, la paila o la cabeza. Tonto Meiras. Angustiras. Y la otra prima, que había continuado andando durante ese breve trecho y también se vuelve. 

La Raquel. Que se les ve. Que les siente. Que aprovecha la sana envidia del espíritu. Que les aguarda. Que espera a que alcancen su sombra. Que una vez alcanzada, ella se vuelve al tonto. Oye, Meiras, mira yo también lo que tengo. Y Raquel, ni corta ni perezosa, ni árbol ni zarza, ni calzón ni filigrana, ni braga ni roquedal, se saca la blusa por fuera del pantalón y rompe la impetuosidad con el azar de sus pechos, aún cubiertos de su sostén y la prima, como si rebuznara burlonamente, empieza a danzar desordenadamente por uno y otro lado de la carretera. Ay con el tonto Meiras. Cómo se ponen sus ojos. Cómo se envaina su mirada. Sus ojos que ven rebotar tanta carne de arriba abajo, como esas vacas que ve pastar temprano. El tonto Meiras. Qué buenas cimas tienes Raquel. Muy buenas. Bienvenidas al norte de España aunque el sol brilla. Cómo bailan. Cómo trabajan. Cómo se manifiestan. Cómo se recortan en la sombra. Y Angustias a la par gritándola. ¡Qué vas a soliviantar al tonto! ¡Pero prima, tápate que hace frío y como te vea el señor cura nos va a obligar a cincuenta salmos!

Raquel por fin se calma. Raquel se ríe y se tapa. Resopla por el esfuerzo de ese par de minutos. Se vuelve a meter la blusa por dentro. Se reordena. Se reorienta. Se somete a dictamen. El tonto también. Meiras deja de mirar. Pero esta vez el tonto se vuelve al cielo y le cuenta al viento. Mira cabrón que lo que vos no haces sí lo propicias. Ahí sí te estoy agradecido. Qué bueno eres conmigo. No es que me inspires directamente, pero algo tienes que a mis primas las haces jadear. Rayos, viento. Eso ni el abuelo apoyaba. Ni el bueno de Pescador, el perro, me acompañaba en estos trances. Y has tenido que ser tú, el viento. Qué felicidad que tengo. Y es tan feliz, que además escupe. Escupe así. Traga saliva varias veces. La regurgita en el interior de su laringe. Acumula un mar de saliva. Y después, revienta su boca y la dirige al suelo. Y cuando el suelo es salpicado de repente, con la bota, como si un toro, la revuelve con la suela una y otra vez, al tiempo que se lo dedica al diablo. Toma malparida. Esto es para tí. María Rebollera. La más mala y precipitada. La que dice que soy egoísta. La que pone citas en todos los lugares. En las mesas. En las paredes de la iglesia. En la cruz de la tumba de mi abuelo. En la corriente del regato. En el colmillo del jabalí. Qué mala eres, Cicatera. Qué no te deseo mal pero mal te vaya en la vida si haces daño en los demás y encima te quejas de qué has hecho para merecer tanto destierro. Toma. Ahí tienes. Mi escupitajo más sincero. De mi parte, de Raquel y de Angustias. De mi abuelo. De mi amigo Julián. De parte de Martín el moro. De parte de la hermana Catalina asimismo. A plena luz del día. Saco a pasear tu largo carrusel. Ahí tienes, guante de los cuernos del toro Blas. María Rebollera. Ahora que estás bien lejos y el monte no concluye la felicidad de verte fuera de aquí. De esas amadas tierras. Fuera del viento. Toma mi escupitajo. Y el tonto sigue caminando con sus primas. Vuelven de la romería. Son felices. Trotan como la fianza del paisaje. Enormemente felices. Sin María Rebollera. Sin sus artículos de brujería barata. Sin sus ojerizas. Sin sus males presentimientos. Sin sus vahídos de pelo largo. Es mejor tener la libertad de mandarla a la mierda y denunciarla. Eso grita el tonto. Por los caminos de Dios. Con su fusil casi enhiesto después de que sus primas le provocaran tanto arresto y rigor en su deseo. Pero ya pasó.

Ahí va el tonto Meiras. Con el viento. Con una mitología tan sencilla que es que un simple tonto es tan feliz con todo lo que la vida le da. Poeta de lo simple. Poeta que se rasca la cabeza. Pero no tan tonto como parece. Porque también es capaz de advertir el mal. Es capaz de denunciar. Es capaz de no callarse. Es capaz de sostener una conversación con el viento inanimado. Es capaz de abrazar a sus primas y darles las gracias por la ocurrencia de ver más que los demás. Ellas se fían de él. Lo toman como un juego. Aparentemente. Pero en verdad, lo de los tres es la vida. La vida de dos primas del tonto Meiras, uno de los amigos más certeros y humanos que conozco, que siempre me va patatas cuando vuelvo y es el primero en darme los buenos días cuando, una vez me alejo de mis casa unos centenares de metros, él siempre está pendiente del amanecer, de su perro, de su felicidad, de la de todos nosotros. Es por eso, que además de tonto, le llamamos el ángel Meiras, así sea tonto, porque nos protege de María Rebollera con un asqueroso pero milagroso escupitajo.

 

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