LOS PÁJAROS DE MARÍA REBOLLERA

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III
El Huelemeigas

La Rebollera ladra, es señal de que por aquí anda. Eso le dictan las narices a Tomás Martinez o, para los amigos, el “Huelemeigas”. Tiene el olfato del diablo. Hay que verle. Una vez que sale de las cepas recién tejidas de verde. Huelemeigas deja las tijeras de poder sobre las piedras de granito. No se atosiga. Se suena la moquera con un pañuelo tan gris como la tormenta y, afilando las fosas nasales, aspira tremendamente. Los huecos de la nariz se le inflan y encogen como una acordeón y, elevando la punta de la napia hacia las laderas, no se corta ni un pelo y dicta solemnemente:

-La Rebollera anda cerca. Hay que protegerse. A buen seguro que dirá que somos unas alimañas ¡Es su lenguaje más usual, las palabras perfectas para una zorra como ella! -exclama Tomás.

Cicatera, Tortuosa o Rebollera. Todos los términos son equivalentes para definirla como la más pérfida y mal criada del entorno. Ahora creo que su sombra debe andar por el Pazo de los Macías, esa familia de compositores cuyo hijo violó a la hija del Centeno y, como son buenos amigos del notario, del fiscal de Compostela y gozan de notables influencias en Madrid, la pobre mujer tuvo que joderse y sacar adelante tal despropósito. El hijo de los Macías, el cabrón de él, sé que anduvo mucho tiempo libre e impune, pero al final tuvo su merecido. Parece que los lobos se lo comieron y no dejaron más que el rastro de la sangre, allá por la Cabeza da Meda, una vez se marchó con su noble rebaño de cabras. Un mal menos. 

Pero sé que después los Macías, para vengarse, contrataron a María Rebollera, que por aquel entonces ya gozaba de una fama de mala virgen, de cizañera, de curandera negra, de acatadora del infierno y todo lo que se diga sobre ella es poco. Siempre vestida con una mandil negro, flaca y de cabello largo, con los ojos saltones y ligeramente bravíos. Una mirada que era capaz de llegarte hasta el esqueleto. Y a esa figura, los Macías contrataron. Para que averiguara el paradero de esos lobos asesinos. Que no fueron otra cosa que lobos. Que la naturaleza quiso cobrarse esa justicia divina que dicta que el tiempo y las tormentas ponen a cada uno en su lugar. Sabemos que ella se asomó por Cristosende y que, en mitad del vacío de los cañones, conectó un viejo transistor de radio. Porque dicen de esa forma se convertía en periodista del diablo. Alzó la antena. Eso relatan. Echó carbón sobre una superficie en forma de bota de vino, con los contornos señalados con el relieve de la tierra, y empezó a tararear un viejo ritmo de tambor rancio. Sé que los lobos aullaron, nada más. Que de repente, el cielo descargó una tremenda granizada. No mató ningún lobo, pero jodió gran parte de la cosecha de uva. Y eso fue la gota que colmó el vaso. 

A la semana siguiente, el pazo de los Macías estaba ardiendo. Ellos no corrieron tan buena suerte porque nadie salió a socorrerlos. Pereció la familia al completo. El padre, también acusado de asesinar vilmente a uno de sus capataces, por el simple hecho de reclamar un aumento de jornal. Y el resto, carne del mismo chorizo. Pero de María Rebollera, ni rastro. Ni un solo pelo de ella. Claro que dicen que hierba mala nunca muere, siempre ladra. Señal de que caminamos, si ladran por nosotros. 

-Manolo, huele a Rebollera. Andate y carga la escopeta, no sea que tengamos problemas -me recuerda Huelemeigas.
-Sí, sera mejor. Vamos, que aquí ya hemos terminado la función.

Ambos caminamos. De vuelta a la casa. Ladera arriba. Camino arriba. Nos esperan en la casa. Pero hoy cenamos juntos. Huelemeigas traduce el olor del campo a cocido. Me dice que en casa tengo garbanzos recién hechos. Qué cabrón, si nos quedan dos kilómetros de vuelta, bien precisos e intrincandos. Pero eso es mejor que oler la mierda de esa bruja.

Al Huelemeigas le quieren mucho. En más de una veintena de aldeas. Ha sido nuestra catarsis. Le llevamos a todas partes. No tiene empleo pero vive de su olfato. Es decir, nos lo llevamos cuando tenemos que emprender ciertas tareas de las que depende el buen fruto del campo. En la siembra. En la poda. En la queimada. En la quema de los rastrojos. Por si huele a Rebollera. Por si su nariz sospecha que la bruja de María anda por ahí predicando males y tirando del gozne de nuestras puertas. Mala dicha te dé dios, Rebollera. Ruega por nosotros, simples campesinos. Alabado sea el naranjal porque de él que sus raíces labren la esperanza de la tierra. 

Del incendio en el pazo de los Macías no hace tanto. Quizás un par de meses y medio. A lo sumo. A veces olvido la memoria. Por conveniencia. Porque lo malo pasa y lo bueno merece vivirse. Me tiro un pedo y se lo brindo a la María. Ahí tienes un tufo de muerte, envidiosa del carajo. Allí donde andes.

-Oye, que eso huele a aspavientos -sonríe Martinez.

Y yo le contesto que sí, pero que la Rebollera no tendrá tan buen olfato, que si ella ladra es porque caminamos. Ojalá se haya ido lejos. Prefiero mil veces el hocico de un jabalí jodiéndome las tomateras que la ojeriza de esa meiga. Qué tan cierto. Al menos a ese cochino grisáceo con colmillos lo trae la naturaleza, siempre sabia, y a esa la trae la mismísima caldera de los infiernos.

La gravilla resuena en las botas. Ascendemos deprisa. Relajados pero con la conciencia tranquila. El viento se llevó el pedo allá por encima de los castaños y su olor se transformó en la humedad de la mañana, porque ya se fue la niebla. Y allá, a lo lejos, donde comienza la línea de los pinares, alguien grita:

-¡Eeeehhhhh!

Es Amadeo “Boinas”. Que grita espantando de alegría. Y allá subimos. Y cuando llegamos a su altura, el hombre, apretándose las manos contra la faja, nos comenta harto de contento:

-¡Han detenido a la Rebollera, suban, suban! -exclama ostentoso.

No nos lo podemos creer. Y así es. Camino de Chantada. Un par de cazadores que venían de regreso. Estuvo apunto de dispararles porque ella alzó la voz y clamó al cielo. Pero los señores de la escopeta no son tontos y tampoco respondieron a la provocación. Y ahora la tienen rodeada en la plaza del pueblo. Nos dice el Boinas que nos apresuremos. Que tiene la cara llena de tizna. Que la sorprendieron cuando estaba en un cruce de caminos con un gato destripado, quizás en el afán de transfigurarse en zorra. Que así era. Que cuando se vio sorprendida, les señaló con el dedo y echó una maldición de órdago. Que ellos eran unas alimañas y eran personas no gratas para el servicio del diablo. 

Hay que subir cuando antes. Le decimos al Boinas que vaya a por la motocicleta. A la cuadra. Que le esperamos y Huelemeigas se va con él. Yo voy a por un ejemplar del Quijote que tengo en casa, bendecido por el párroco Esteban. No me digan qué pinta acá un libro de caballerías, pero Esteban le puso la santa cruz sobre las tapas y dicen que eso ahuyenta a la Rebollera, que siempre parece recurrir a él para sus fechorías, así que le devolveremos la misma piedra. Solo con mencionar que en un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, se le pondrán los ojos en órbita. Allá vamos entonces.

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Un comentario el “LOS PÁJAROS DE MARÍA REBOLLERA

  1. Jorge morales dice:

    ¡Cojonudo tu cuento Aitor! Se trata de una historia gallega afortunadamente escrita en castellano, porque si no, no hubiese disfrutado de ella. Le das, certeramente, el sabor de Galicia con el uso de los regionalismos (meigas p.ej.)
    Felices fiestas, ojalá con los tuyos en España.

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