LOS PÁJAROS DE MARÍA REBOLLERA

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I

Una historia gallega.

Es hora de decir las cosas como son y no como las cuentan. Es hora de regresar. Fue un día duro. Casi macabro. Casi oscuro, pese a que sol todavía está cayendo precipitadamente por las laderas. Es hora de plantarse. Es hora de atizar la lumbre en cuanto entre por la puerta. Es hora de abrir la boca y dejar de ser el de siempre, es decir, un hombre tranquilo al que solo deben importarle el número de gotas de lluvia que caen del cielo. 

Abro la puerta. Una sencilla puerta de madera maciza. Aún tiene las marcas de la antigua tranca en el reverso. Castaño de los duros. Castaño de cuya añeja curva bien podría hacerse una vara, para darle con ella en la cabeza a esa bruja que no tiene otra cosa que hacer que insistir en que soy un envidioso o un ralentí en busca de pájaros que me sigan, cuervos que me adoren, viñas que me amen y jabalís que me ronroneen en la oreja. Esa cabrona que anda por ahí, en las ondas del crepúsculo, en las frecuencias de otro lugar, que a cada rato siento su calambre en mi oreja, haciendo bueno el dicho de mi difunta abuela, que en paz descanse y en gloria habite, ese dicho de que cuando escuches tú mal oirás, o que en casa de los vivos no habitan almas peores que las meigas.

Mi mujer me da un beso en la mejilla. Otro en la frente sudada. Me abraza. Me ayuda con el abrigo, que pesa más que ese eco que me ronronea en mis oídos. El abrigo me protege del frío y el eco intenta joderme el poco calor que me resta después de haber concluido el día. Es que podé la vieja parra. Y después me lleve los sarmientos, aún verdes, a una de las esquinas de la vieja cuadra. Allí para que descansen y sequen durante los últimos estragos del otoño. La cocina de hierro sopesa mis pensamientos. El campo habita en nosotros para bien de todos. Malo es que, no obstante, esa vieja de aparente carisma, esa compungida y mala bruja, nos quiera echar mal de ojo, tanto a mí como a la dulce esposa que me recibe con su sedal de ternura. Ojeadora a la que llaman María. María Rebollera. María la “Tortuosa”. María la “Cicatera”. Con varios apodos, motes o pseudónimos construidos a lo largo de toda la comarca, a medida que ha intentado implantar su visión del prójimo y, en su intento de joder, lo único que consiguió es que, finalmente, el pueblo se le echara encima, y tuviera que irse bien lejos, más allá de los horizontes de Sarria, más allá de las campanas de Courel, bien lejos, hasta que sus ojos no se apercibieran en la inquietud de los páramos. 

Bien es cierto que, una vez se fue la Rebollera, la Cicatera o la Tortuosa, o el dolor de muelas o el melindre amargo, las cosas mejoraron notablemente. Es decir, la viña volvió a rendir una cosecha asombrosa. El vino no se agrió. El cerdo volvió a estar contento. Las patatas regresaron con su sabor innato. El manantial retornó con su carismático chorro de agua fresca. El romero floreció como sí tal cosa, como si se alegrara enormemente de que una puñetera y jodida bruja ya no estuviera presente en medio de la sutil y frágil naturaleza, para amedrentarnos con su presunto poder. Y finalmente, hasta mi Chato, un hermoso can de palleiro, blanco como la nieve, no volvió a gruñir para ver que su espectacular olfato advertía el asqueroso tufo de María Rebollera. 

Eso sucedió durante un respetable tiempo. Fueren unos meses o un año y medio. Después que la echáramos a palo limpio. Por cabrona. Por tejer la cizaña. Por joder a los buenos. Por proteger a los caciques de siempre. Por tocarnos los huevos. Por atenazarme la lengua. Por amenazarnos a toda la parroquia. Por considerarme a mí, un humilde corazón del Sil, un ser arrogante y pérfido, por el simple hecho de ser el único que se atrevió a devolverle en su misma cara cada intento de mala brujería. Quizás no se esperaba ella que surgiera un brujo de entre la oscuridad, un curandero de lo sencillo, un “bastardo de la nada”, que le devolviera, una por una, todas y cada una de sus palabras, de sus búsquedas terminológicas en el diccionario de la lengua gallega, de sus magnicidios verbales, de su incansable ánimo para sembrar el pánico y los granizos, de esa manía persecutoria para que los grelos se infectaran de un hongo parduzco. 

Ya está bien. Por eso le devolví a mi mujer una sonrisa tranquilizadora. Ya fue el día en que hablé de nuevo. Me detuve en el cruce del camino. Donde descansa el cruceiro. En mitad de Lobios. Me había quitado la boina. Escupí al suelo. Suspiré levemente. Dirigí una mirada dura al santo que protege los caminos. Me senté en la piedra donde se apoya la cruz. Esperé tranquilo. Descansé después del almuerzo que me templé. Dejé el cayado apoyado en la base de la cruz. El saco también se quedó ahí, aletargado en su sueño pero lleno de nabos. 

Así le conté a mi mujer. Que me había sentado en el mismo lugar donde nuestros antepasados acostumbraban a reunirse. O ellos o las buenas brujas, porque de todo ahí en la vida del señor. Allí se paraban cuando tenían que tratar un asunto importante, con San Prudencio silencioso como testigo. Ahí mismo. Delante de nosotros ponía su atenta oreja el santo como si estuviera levantando acta. Y este mediodía, antes de volver a casa, también lo hice, aunque en la más rigurosa y merecida soledad. Le hablé al santo. Le dije. Compadre, que estoy hasta la punta de mi boina de esa Rebollera, de la Acicatera, de la Académica, de la Dedesvencijada de la Cojonera, de la Atribulada, de la Acacharrada, de la Cuca, de la María esa que desterramos hace un filón de meses, una vez que yo tomé la iniciativa y me secundaron los vecinos. Que tenía razón nuestra buena Lola, nuestra tía por parte de padre, la más vieja de todo el concejo pero también la más sabia y la que más le daba a los conjuros blancos junto a la lumbre de la lareira. Le dije al santo que me encomendaba a él y al resto de peregrinos del bune hacer porque desde hacía un par de semanas atrás, las orejas me habían vuelto a zumbar y tenía la sospecha de que María Rebollera estaba detrás de todo ello. 

Sin embargo, mi sorpresa fue inaudita cuando el cabro del santo, saltó de su peana pétrea y se alojó en mi conciencia. Y me respondió que no me preocupara, que viviera tranquilo aunque, habida cuenta del renovado calambre en mis oídos, iba a tomar cartas directas en el asunto. Que esa misma tarde echaría a volar con un paraguas desplegado hacia Santiago de Compostela. Que no pagaría peaje porque los mouros harían soplar un poco el viento. Así para que en un par de horas estuviera suspendido en los campanarios del Obradoiro. Que esto era un problema directo con los arcángeles. Que estaba al tanto de las pericias de María, la más herética y la que más odiaba a los mouros, a los duendes, a la gente trabajadora y menesterosa, a los que conseguían las cosas con humildad y perserverancia, a los que en fin, tenían un corazón bueno y ligero como las hojas de un castaño. 

Así volví a la casa. Así bajé toda la cuesta con el saco al hombro. Así me despedí del santo. Así me tranquilicé hasta la saciedad. Así besé de vuelta a mi mujer. Así le miré obscenamente sus pechos enredados. Así cenamos una buena ración de empanada. Así conjuramos los peligros de la hipocresía. Así nos reímos de las putadas. Así nos dormimos. Quizás fue el santo el que me propinó una sonora ráfaga de despreocupación. El caso es que nos despertamos con un sol radiante. Con frío en los pies. Con el mugido de las vacas que había que ordeñar. Con la aventajada sorna alegre de nuestra cabra Cabrona, que con ese nombre se quedó gracias a la ingenuidad de mi sobrino que le hacía gracia que una cabra se denominara así de grosera. Así que la Cabrona ahí estaba esperándome, en cuanto me puse los pantalones y eché a un lado los visillos. El día claro y robusto. Mi mujer desprendida de todo menos del sostén. Sus muslos turbios y apetecibles como un mascarón de proa. De lo cual ya había echado buena cuenta dos horas antes de levantarme y me había dejado más sudado que un botijo. Qué paz.

Y ahí me acordé de la reunión con el santo. De su cita previa con don Santiago, el del caballo blanco. Me sorprendió mi alegría. No me zumbaban las orejas. Al parecer, sí le zumbaban a María Rebollera, allá bien lejos donde estuviera. Llamaron a la puerta. Era el Matías. Con un azadón al hombro. Que buenos días. Que se quitó su pesado gabán. Que entra que te ofrezco un buen tazón de leche. Que si me he enterado. Y de qué pues. Pues que junto al cruceiro ha crecido algo de la noche a la mañana. De qué se trataba. Que era muy fácil. Qué era un esplendoroso arbusto de “Mataenvidiosas”. Una planta espléndida, de flores blancas y hojas ovaladas. Todo un mito en nuestra tierra. Que sólo crecía en el instante en que los santos hubieran decidido echar justicia divina contra las malas personas. Que Santiago debía haberla sembrado durante el curso de la noche, mientras la luna llena hacía acto de presencia. Que era como si al culo le hubiera salido una chispa de gracia en vez de un hediondo pedo. Que eso significaba que el zumbido de oídos de toda la comunidad estaba solucionado. Que por fin nos habíamos curado. Que me daba las gracias nuevamente. Y yo pregunte por qué. Porque todos hemos soñado que conversaste y tenías otro vahído. Que nos han hecho soñar que María Reboñera estaba comiéndose las uñas de la ira pero que fue presa de su propia orfandad. Que por fin Lobios, Cortiñas, Amandi, Gundivós, Sober, Chantada, Castro Caldelas, Cristosende, Luintra y hasta el río Sil iban a estar libres del perjurio, y dejarían de atacar a las buenas gentes con los ánimos de esa vieja, que encima nos echaba a nosotros la responsabilidad de joderle a ella, cuando lo único que hemos aprendido es a no doblegarlos y a responderla cada vez que nos quiere echar el mal de ojo.

Nos tomamos un trancazo de orujo para celebrarlo. Alzamos la copa hasta el techo. Suspiramos de alivio. Dejamos el azar para otro rato. Mi mujer se echó a cantar uno de esos viejos alalás tan olvidados. El alalá de “jódete envidiosa que las rapazas nos vamos de romería”. Ese que se cantaba antes de irse a buscar novio en la explanada de la ermita de Cadeiras. Y el efecto fue generalizado. Parece ser que toda la aldea se despertó con el mismo sueño y vinieron a la puerta a felicitarme. Buena la has hecho, Manolo. Ahora tienes más seguidores todavía. Más te queremos. Ahí está el Manolo. Ahí anda tu mujer. Gracias de todo corazón. Gracias por esos pájaros que nos has quitado de encima. Qué señor que eres. La próxima matanza te ayudamos hasta que le salgan oro a los chorizos. Una bruja menos en estas tierras es como el milagro de la primavera. Que todo vuelve para mejor.

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