LOS PÁJAROS DE MARÍA REBOLLERA

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VI
Canto do galego errante

No me odies por lo que te voy a decir.
Más bien se trata de los caminos que el tiempo
llevó a la ruina, que dejó secas las pobres argollas
de la patria, que deshabilitó el humo de la cocina,
que hizo temblar las vigas hasta debilitar la sangre.
Éste es el canto de un gallego errante. La palabra de cualquiera.
Voz sin pan pero también sin hambre. Antes de morir
me quedé quieto y la luz tembló de coraje ante el olvido.
Nada hace presagiar lo que somos y menos lo sabe doña Cándida,
la que atiende la farmacia, la que hace soplar el viento,
la que conjura los malos aires, la que enciende el fuego
ante tanto desaliento, aquella a la que el pueblo debe,
en buena hora, que cualquier errante vuelva a buen término,
incluso yo que, de barquero, me ahogué en alguno de los tránsitos,
en alguna noche incierta, en algún farol apagado, en alguna viña
recién dormida, en algún peñasco rotundo gritó el alba
y aún no tengo descanso hasta que tenga a flor de tierra,
el remo en que se me fue la vida.

O canto do galego errante. Un canto que se hizo temprano. Un canto que las lavanderas convirtieron en leyenda. Que todas ellas cantan cada vez que se acercan a la orilla del regato. O cada vez que sentencian la ropa sucia en el lavadero municipal. Allí donde la memoria no alcanza está su canto. El de un barquero errante que perdió la vida. Dicen que ahogado o dicen que vilipendiado por la María Rebollera que le tenía envidia. Y como en tanta vida que no se paga, dicen que por ahí anda, las noches de luna llena, embozado en su capa, con la oscuridad del sombrero, con un remo partido en medio de la luna, agazapado en el camino, que cuando se acerca algún transeúnte le pregunta si vio a tal vieja y como le dicen que ya no está, se queda triste y pensativo y empieza a entonar su canto. El canto del gallego errante. Porque hay errantes en todas las leyendas. Algún día la contaré cuando no me pueda el olvido. Mi madre también fue lavandera.

 

LOS PÁJAROS DE MARÍA REBOLLERA

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V
“Na medida en que chove”

Llueve de tan lejos. El tiempo es una mala vaina. De tan lejos llueve. La vaina del tiempo no sabe de bienes ni de males. Veinte años hace que emigré. Hasta llegar a no sé dónde. Recuerdo las viejas calles. Los aledaños de granito. La sillería. El humo perpetuo de aquella debilitada chimenea, que parecía más caerse en cada acometida del amanecer. El diluvio del tiempo. Lo que llueve no es como lo que se avecina. Uno podía bostezar y despertarse con el olor del pan recién cocido. Ese olor que entraba por la ventana, poco abierta pero cubierta la rendija del aire libre con una gruesa manta, por eso de que el invierno era malo para las bajas temperaturas pero deseable y adecuado para mejorar las vías respiratorias. Y eso decía mi padre, que dejara que entrara aire tan frío para socorrer los bronquios. Eso de poner una manta colgando de los cuartillos viene de tan lejos como la lluvia.

Aquellos eran otros tiempos. Inevitablemente se me vienen a la memoria en días como hoy. Y lo de María Rebollera también. Esa malévola. Tan turbia como el agua de un desagüe. Así la golpearan con una pesada tranca revivía como la mala hierba. Pero fue suficiente con todo lo que pensamos. Fue más que suficiente. No volvió más. Después volvimos a la buena vida, como quien dice. El afilador volvió a tender su silbido en la parte de atrás de la bicicleta, una vieja maquinaria con frenos de varilla, de esos que ya no aparecen ni por control remoto. Y qué decir del herrero, que también reanudó su toque de candela, ese poderoso tintineo del hierro golpeado contra las axilas de un martillo. Todo volvió a su poso. Todo árbol a su raíz y yo a despertarme con esa mansa sensación de que el tiempo venía tan lejos como la lluvia.

De todo ello hace más de veinte años. Dos presurosas décadas en que muchos gallegos dejamos la franquicia del hogar para alejarnos en busca de nuevas lareiras. Tan lejos que el tiempo también apesta. Apesta tanto que a veces creo, en estas noches continentales de la sierra, que el aire huele a borrico, a nabos, a grelos, a vacas, a cayados, a laurel, a viejas faldas, a la dentadura postiza del abuelo, al musgo que humedece los labios de las paredes, al sol que se adentra por estrechas callejuelas de improviso, a otoño oscuro, a temperaturas que hacen tanto ruido como el horno de la cantina, allí donde siempre despachaban las empanadas de tocino, allí donde el arcón siempre se abría y cerraba con el sigilo de una mariposa.

Qué tiempos aquellos. La Rebollera, esa cabrona pendenciera nos dejó en paz. A toditos. Después de un largo periplo. Después de un abordaje. Todos escupíamos en el alfeizar de la ventana o poníamos un cardo disecado en el dintel para alejarla. Como la llamaba un vecino, la periodista del diablo. Como ese gato que sale muchas madrugadas en busca de milagros. El gato de la aldea vecina. El que dicen que se lo quitaron a la bruja y que, como recompensa, se dedicó a practicar el bien por los confines de nuestros prados. Siempre así de agasajada la fortuna y, a buen seguro, que de haberlo sabido Álvaro Cunqueiro sobre los milagros del minino, le hubiera dedicado más de una docena de crónicas. Aunque, por gatos que no pese, sé que el tiempo no discrimina ni felinos ni lluvia y por eso sigo pensando que llueve de tan lejos.

Me asomo por esta otra ventana. La del emigrante. La del que posee un juicio ya maduro. La política del país que dejé es una bendita y pordiosera mierda. Y la gente, la gente del pueblo se marchitó como una rosa en verano. Ahí están. La mina también cerró. Adiós al carbón. Adiós a las palizas que se pegaban los obreros en la negra boca. Adiós a tantas barbacanas que asomaban en la geografía. Yo no fui minero, pero sí labriego del campo, ayudando a mi padre hasta que, desconsolado por la incertidumbre del futuro, me dio unos cuantos miles de pesetas de la época y, con el semblante cariacontecido me dijo que emigrara, que era la mejor opción para poder sacar adelante a la familia que había sido bendecida malamente por la ojeriza de esa cojuda de María. Que mi padre se había casado en contra de la voluntad de la familia de su esposa. Que ambos se querían tanto y que los Peroxa encargaron a esa farfullera algún tipo de conjuro para debilitar la unión. Pero nunca lo consiguió del todo. Sí enemistó a ambas familias, la de mi padre y la de mi santa madre. Pero no fue a más porque desde el primer día posterior a la boda, mi padre bajó algo raro del monte, algo que mandó quemar en la herrería, y las cenizas las esparció a lo largo y ancho de la casona, encomendándose a Santa Bárbara, esa de la que solo nos acordamos cuando truena. Y ahí quedó todo.

Pero hoy, a pesar de nacer en el corazón de mi querida tierra gallega, no sé por qué me siento un poco menos gallego. No debería. Discúlpame en todo caso. Es que la lluvia viene de lejos. Pero menos mal que sólo es la lluvia. Menos mal que no es María Rebollera. No sé qué cojones haría esa si hubiera desembarcado en los Andes. Seguramente el primer cóndor cuyo vuelo pasara por encima de su cabeza, la hubiera agujereado hasta mandarla al mismísimo infierno, allí donde la democracia del mal es justa. O con tantos chamanes, no hubiera costado mucho reducirla a la nada con una larga escupidera de ayahuasca. Sé que hoy me siento un poco menos gallego y debo disculparme, por otra parte. Pero es por este simple aserto de sentirme de dos lugares. El de allá. El de acá. Mi padre todavía vive. En mi corazón, claro está. Sé que un día me llamaron por teléfono. Al poco de llegar a esta nueva ciudad. Al poco de convertirme en carpintero. Que de la noche a la mañana vino un viento raro y se lo llevó. Que le tumbó en la cama y tuvo que venir de urgencia el cura, a por las últimas voluntades. Que mi padre resollaba de dolor y pidió la intercesión de Matías, el curandero y más amable de la provincia. Que vino el Matías y comprendió que algo de mal agüero se había criado en los pulmones de mi padre. Y se fue. Se fue por estas tierras de Dios. Falleció en medio de hartos dolores pero con una mano asida en el pecho de mi padre y la otra fuertemente agarrada a la derecha de Matías. Que Matías mandó que le enterraran con una libra de muérdago, otra de fresno y la última de hojas de castaño. Para que no echara de menos los páramos.

Mucho se habló de aquello. Muchó se murmuró en el pueblo. Que había sido la Rebollera, como venganza de años atrás, o como un rescoldo del viejo maleficio. Qué mas da. No soy vengativo pero considero que el tiempo pone a cada uno en su lugar, mal que esta tarde la lluvia me dejé la consideración de que el tiempo también es mala vaina. Si no lloviera tanto esta tarde, me hubiera consolado por otra parte. Mi padre que ahora está en el cielo. Mi madre también andará haciendo de las suyas, con alguno de mis hermanos, de esos que han envejecido sin moverse del pueblo. Bendita la Teresa. Benditas sus manos que me acariciaron tanto en la dura infancia. Bendita cómo canta todavía cada vez que nos acercamos el auricular. Cada vez que encendemos esa luz de la comunicación. Y me canta esas viejas alabanzas. Esa tierna añorancia del que vive lejos. Madre, que veas que la lluvia es mala vaina porque en vez de detener el tiempo lo alarga como una misa. Pero ya se fue la Rebollera, y pagó por todos los pecados. Pagó como una béndita lágrima. Pagó por todo lo que hizo y ya no molesta. Has envejecido en paz y todo está resuelto. Nuestra vidas son frágiles pero necesarias para seguir respirando, aún de tránsito hasta que nos juntemos todos allá en lo alto.

CRÓNICAS DE MARÍA REBOLLERA

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IV
El gato de Chantada

Es cierto que el tiempo pasa. Dicho así de sencillo por mi abuela. No lo afirma tan finamente como Castelao, pero la entienden hasta los gatos. La dulce abuela. Todavía vive. Y cuando señalo que vive es que no se limita a estar sentada, en una silla de ruedas, con una manta oscura cubriéndole las piernas y tras los cristales de una de esas lúgubres residencias a donde se encaminan los de su edad. Trátase de un no rotundo y descabellado. Mi abuela puede dar gracias a dios, al diablo, a los tomates, a las aguas del Sil y a las grietas del granito, por disponer de tanta memoria y tanto trasiego de recuerdos. Son casi noventa años. Nonagenaria con una mente escrupulosamente viva. Sabe incluso de lo que los demás ignoran. Sea por arte de encantamiento o porque la justicia divina en la que cree le ha dado más años de los necesarios. Ella misma lo dice. Anoche mismo. Junto al fuego, con ese acento del interior tan característico de los gallegos. Tan feliz y dichosa que su “fillo, non por moito madrugar amanece mais cedo” sonaba en mis oídos como campanas de domingo. Amante de los refranes. Tan rodeada de nietos como de los animales más dispares que ululan por la casa vieja. Que ella lleva la contraria al refrán acerca del que se refería de “noite”. Con toda su poblada dentadura, fina y sin remaches, tal y como la virgen se la trajo al mundo. Que no por mucho madrugar, el sol me iba a salir antes, aunque a los gatos les importa eso un rábano, porque bien que salen de noche y cuando amanece, sus ojos son una feria. Y si no, mira al Basilio, el atigrado que tenéis en la casa ¿acaso no sale de noche, por la gatera de la puerta, antes de que tu padre se haya despertado para ir a trasegar al campo?

Pues sí, es que la abuela se fija en todo. ¿Es que el Basilio no es como un minino disfrazado de mouro o de viejo duende? Porque te voy a contar que es muy listo. Tú no sabes cómo vino aquí, porque recién has alcanzado la mayoría de edad. Ahora me preguntarás que por qué Basilio tiene veinticinco años y no ha estirado la pierna. Es decir, por qué no se murió como el viejo Lolo. Será que es verdad lo de los gatos, que tienen siete vidas y la última la agotan por su tendencia a la curiosidad. Este no. El Basilio es especial. Siempre sale a las cuatro de la madrugada y es bien sabido que cuando lo hace por esa gatera incrustada en la puerta de madera de castaño, se va en dirección recta, hasta la carretera principal, desaparece por los muros de la arruinada casa del señor cura y se va a alguna de las aldeas, antes de que amanezca, para pasearse por los enfermos o por cualquiera que necesite el menester de su ayuda. Por eso tu madre le llama cariñosamente “el meñiñeiro do Chantada”. Tiene una particular curiosidad por las mozas que están encintas. O bueno, embarazadas, preñadas o con la tripa así de gorda. El Basilio adivina cuándo una mujer queda embarazada incluso antes de que vaya al especialista de Monforte a que le haga una de esas modernas que no sé cómo se llaman. Y yo le recuerdo a la abuela que se trata de una “ecografía”. Y Felisa prosigue con su relato. Que el Basilio sale de esas pintas, por la gatera, desaparece y se va a practicar el bien por ahí. Que los meñiñeiros son unos viejos duendes protectores de los niños y debió ser que en alguna suerte de encantamiento tomó la figura del gato. Que ella misma lo trajo a casa hace más de dos décadas, antes de venirse para Sober.

Es que yo vivía en Chantada, me cuenta. Pues sí, querido “fillo”. Vivíamos en Chantada porque tu abuelo, que en gloria esté, todavía se dedicaba a eso de los alambiques. A emborrachar a medio pueblo. “Despois” llegaron esos inútiles del gobierno y prohibieron el aguardiente ambulante. Pobrecico el abuelo. Le quitaron su medio de vida, así que nos tuvimos que mudar. Y eso que tu tío, José “Nubeiro” le procuró un buen empleo como guardarraíles y encargado de paquetería en la estación de Monforte. Yo estaba triste el día en que tomamos tal decisión, pero no sé por qué la intuición nos reservó para lo extraordinario. Fue la última tarde en que nos despedimos de los padres de José. Ellos me querían mucho y tenían un pazo de esos grandotes, con más piedra que la Cabeza Da Meda. Y en el último paseo, cuando trajimos las vacas para guardarlas, un minino la mar de sobrio se nos cruzó en el camino tan raudo como una flecha y saltó directamente a mi pecho, como presa de un pánico infinito. LCreí que le perseguía un perro. Pero no. Detrás venía una vieja inflamada por el odio, con una larga hoz y echando pestes contra el gato. Algo así que como el gato le había estropeado no sé qué e iba a pagar por ello. El José, que era prudente y ya andaba sobre aviso de la clase de personajes que andaban por los prados de Chantada, se deshizo del cayado, clavó la mirada en aquella vieja y rápidamente, llevó la mano al extremo de la montura del burro. Sacó la vieja escopeta. Se puso delante mío, yo con el gato en el pecho, y la vieja se nos puso en medio. Una mirada perversa. El José no se inmutó ante ello y presa de su carácter, dobló la escopeta sobre ella y dijo:

-María, vete de aquí y no hagas problemas.
-Dame ese maldito gato, José -respondió la señora-, que va a pagar bien caro eso de pasearse por encima de las cenizas.
-El gato se viene con nosotros, y tú te vas de vuelta, maldita vieja -respondió él frunciendo el ceño- porque haz cuenta de que la última vez que se apretó este gatillo fue hace treinta años por un asunto de lindes.

Es lo último que llegó a responderle mi José. Lo siguiente fue apuntarla cuidadosamente con el cañón de la escopeta. La vieja se retrayó, hizo un ademán de desprecio con la mano y desapareció por el lado derecho del camino. La escopeta siguió la trayectoria de su estampida hasta que se alejó un centenar de metros. Y tu abuela, es decir yo, me quedé tan pasmada como una noche, con el corazón del gato latiendo a golpetazos, y con la nariz aplastada por lo maloliente del aspecto de esa vieja.

José volvió a estar tranquilo pero no se deshizo de la escopeta hasta que llegamos a la casa. Las vacas en el establo. Y el gato, conmigo en el regazo. Un atigrado con semblante asustadizo pero hasta el José estuvo atento con él. No bien llegamos, le dijo a sus padres que había tenido un encontronazo con María Rebollera, la malparida, la bruja, la incongruente, la hacedora de males, la practicante de abortos maléficos, y le habían salvado la vida al gato, que seguramente se habría cruzado en uno de sus conjuros. Y como es sabido que cuando los gatos interrumpen o saltan al pecho de una mujer sana, es porque llevan un duende dentro. Uno de esos protectores, es deber de los hombres de buena fe el protegerlos. Hasta ahora. Así que fijate el Basilio, que es gato de más vidas que ninguno. Y a buena fe que le quieren mucho por aquí. A la mujer del Tomás le detecto un embarazo con riesgo y pudieron tener al niño. A la Carmen, tu vecina, le salvó de un tumor maligno. Y al José, hace dos años, cuando estaba malito, no hacía más que pasearse por sus piernas con la mirada triste, porque “algo é algo decía cando lle pasaba o rabo polo medio das pernas”. Así que yo también le quiero mucho y ves que solo nos abandona en las madrugadas. Y aunque sea cierto que no por mucho madrugar amanece más temprano, el Basilio lo hace porque es un verdadero meñiñeiro.

Así es mi abuela. La historia del gato. El gato de Chantada. Pero cuando le pregunto a propósito de María Rebollera, no dejo de preguntarme por qué se hizo tan famosa en la provincia. Famosa para mal. Ahora que nos libramos de ella. Porque las historias que empiezo a recordar sobre esa “meiga” rebasan con creces la certeza que tengo acerca del tiempo. Porque cuentan que hasta principios del siglo anterior se retrotraen ciertas leyendas sobre ella, hasta que la expulsaron bajo excomunión y exorcismo. Que tuvo hijos hasta con el diablo. Que una de sus hijas se crío en lo baldío pero la Rebollera la dejó abandonada en un convento y las monjas, por obra y gracia del señor la acogieron y se la llevaron bien lejos. María Rebollera, la que el espíritu santo condenó a ser “xornalista” del diablo. Así la llama mi abuela. La que escribía reportajes y maldades en las cenizas y con ello quería acabar con la bondad de todos los pueblos donde se aparecía. Pero como también, no hay bien que por mal no venga, el gato Basilio es como el contrapunto de todo ello. Qué buen gato. Ahora mismo está ronroneando y acariciándome el cuello. Los ojos vivos. Viejos pero vivos. Y la abuela atizando el fuego. Porque es invierno, y en estos momentos el aire pare historias como la presente.