CRÓNICAS DE MARÍA REBOLLERA

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IV
El gato de Chantada

Es cierto que el tiempo pasa. Dicho así de sencillo por mi abuela. No lo afirma tan finamente como Castelao, pero la entienden hasta los gatos. La dulce abuela. Todavía vive. Y cuando señalo que vive es que no se limita a estar sentada, en una silla de ruedas, con una manta oscura cubriéndole las piernas y tras los cristales de una de esas lúgubres residencias a donde se encaminan los de su edad. Trátase de un no rotundo y descabellado. Mi abuela puede dar gracias a dios, al diablo, a los tomates, a las aguas del Sil y a las grietas del granito, por disponer de tanta memoria y tanto trasiego de recuerdos. Son casi noventa años. Nonagenaria con una mente escrupulosamente viva. Sabe incluso de lo que los demás ignoran. Sea por arte de encantamiento o porque la justicia divina en la que cree le ha dado más años de los necesarios. Ella misma lo dice. Anoche mismo. Junto al fuego, con ese acento del interior tan característico de los gallegos. Tan feliz y dichosa que su “fillo, non por moito madrugar amanece mais cedo” sonaba en mis oídos como campanas de domingo. Amante de los refranes. Tan rodeada de nietos como de los animales más dispares que ululan por la casa vieja. Que ella lleva la contraria al refrán acerca del que se refería de “noite”. Con toda su poblada dentadura, fina y sin remaches, tal y como la virgen se la trajo al mundo. Que no por mucho madrugar, el sol me iba a salir antes, aunque a los gatos les importa eso un rábano, porque bien que salen de noche y cuando amanece, sus ojos son una feria. Y si no, mira al Basilio, el atigrado que tenéis en la casa ¿acaso no sale de noche, por la gatera de la puerta, antes de que tu padre se haya despertado para ir a trasegar al campo?

Pues sí, es que la abuela se fija en todo. ¿Es que el Basilio no es como un minino disfrazado de mouro o de viejo duende? Porque te voy a contar que es muy listo. Tú no sabes cómo vino aquí, porque recién has alcanzado la mayoría de edad. Ahora me preguntarás que por qué Basilio tiene veinticinco años y no ha estirado la pierna. Es decir, por qué no se murió como el viejo Lolo. Será que es verdad lo de los gatos, que tienen siete vidas y la última la agotan por su tendencia a la curiosidad. Este no. El Basilio es especial. Siempre sale a las cuatro de la madrugada y es bien sabido que cuando lo hace por esa gatera incrustada en la puerta de madera de castaño, se va en dirección recta, hasta la carretera principal, desaparece por los muros de la arruinada casa del señor cura y se va a alguna de las aldeas, antes de que amanezca, para pasearse por los enfermos o por cualquiera que necesite el menester de su ayuda. Por eso tu madre le llama cariñosamente “el meñiñeiro do Chantada”. Tiene una particular curiosidad por las mozas que están encintas. O bueno, embarazadas, preñadas o con la tripa así de gorda. El Basilio adivina cuándo una mujer queda embarazada incluso antes de que vaya al especialista de Monforte a que le haga una de esas modernas que no sé cómo se llaman. Y yo le recuerdo a la abuela que se trata de una “ecografía”. Y Felisa prosigue con su relato. Que el Basilio sale de esas pintas, por la gatera, desaparece y se va a practicar el bien por ahí. Que los meñiñeiros son unos viejos duendes protectores de los niños y debió ser que en alguna suerte de encantamiento tomó la figura del gato. Que ella misma lo trajo a casa hace más de dos décadas, antes de venirse para Sober.

Es que yo vivía en Chantada, me cuenta. Pues sí, querido “fillo”. Vivíamos en Chantada porque tu abuelo, que en gloria esté, todavía se dedicaba a eso de los alambiques. A emborrachar a medio pueblo. “Despois” llegaron esos inútiles del gobierno y prohibieron el aguardiente ambulante. Pobrecico el abuelo. Le quitaron su medio de vida, así que nos tuvimos que mudar. Y eso que tu tío, José “Nubeiro” le procuró un buen empleo como guardarraíles y encargado de paquetería en la estación de Monforte. Yo estaba triste el día en que tomamos tal decisión, pero no sé por qué la intuición nos reservó para lo extraordinario. Fue la última tarde en que nos despedimos de los padres de José. Ellos me querían mucho y tenían un pazo de esos grandotes, con más piedra que la Cabeza Da Meda. Y en el último paseo, cuando trajimos las vacas para guardarlas, un minino la mar de sobrio se nos cruzó en el camino tan raudo como una flecha y saltó directamente a mi pecho, como presa de un pánico infinito. LCreí que le perseguía un perro. Pero no. Detrás venía una vieja inflamada por el odio, con una larga hoz y echando pestes contra el gato. Algo así que como el gato le había estropeado no sé qué e iba a pagar por ello. El José, que era prudente y ya andaba sobre aviso de la clase de personajes que andaban por los prados de Chantada, se deshizo del cayado, clavó la mirada en aquella vieja y rápidamente, llevó la mano al extremo de la montura del burro. Sacó la vieja escopeta. Se puso delante mío, yo con el gato en el pecho, y la vieja se nos puso en medio. Una mirada perversa. El José no se inmutó ante ello y presa de su carácter, dobló la escopeta sobre ella y dijo:

-María, vete de aquí y no hagas problemas.
-Dame ese maldito gato, José -respondió la señora-, que va a pagar bien caro eso de pasearse por encima de las cenizas.
-El gato se viene con nosotros, y tú te vas de vuelta, maldita vieja -respondió él frunciendo el ceño- porque haz cuenta de que la última vez que se apretó este gatillo fue hace treinta años por un asunto de lindes.

Es lo último que llegó a responderle mi José. Lo siguiente fue apuntarla cuidadosamente con el cañón de la escopeta. La vieja se retrayó, hizo un ademán de desprecio con la mano y desapareció por el lado derecho del camino. La escopeta siguió la trayectoria de su estampida hasta que se alejó un centenar de metros. Y tu abuela, es decir yo, me quedé tan pasmada como una noche, con el corazón del gato latiendo a golpetazos, y con la nariz aplastada por lo maloliente del aspecto de esa vieja.

José volvió a estar tranquilo pero no se deshizo de la escopeta hasta que llegamos a la casa. Las vacas en el establo. Y el gato, conmigo en el regazo. Un atigrado con semblante asustadizo pero hasta el José estuvo atento con él. No bien llegamos, le dijo a sus padres que había tenido un encontronazo con María Rebollera, la malparida, la bruja, la incongruente, la hacedora de males, la practicante de abortos maléficos, y le habían salvado la vida al gato, que seguramente se habría cruzado en uno de sus conjuros. Y como es sabido que cuando los gatos interrumpen o saltan al pecho de una mujer sana, es porque llevan un duende dentro. Uno de esos protectores, es deber de los hombres de buena fe el protegerlos. Hasta ahora. Así que fijate el Basilio, que es gato de más vidas que ninguno. Y a buena fe que le quieren mucho por aquí. A la mujer del Tomás le detecto un embarazo con riesgo y pudieron tener al niño. A la Carmen, tu vecina, le salvó de un tumor maligno. Y al José, hace dos años, cuando estaba malito, no hacía más que pasearse por sus piernas con la mirada triste, porque “algo é algo decía cando lle pasaba o rabo polo medio das pernas”. Así que yo también le quiero mucho y ves que solo nos abandona en las madrugadas. Y aunque sea cierto que no por mucho madrugar amanece más temprano, el Basilio lo hace porque es un verdadero meñiñeiro.

Así es mi abuela. La historia del gato. El gato de Chantada. Pero cuando le pregunto a propósito de María Rebollera, no dejo de preguntarme por qué se hizo tan famosa en la provincia. Famosa para mal. Ahora que nos libramos de ella. Porque las historias que empiezo a recordar sobre esa “meiga” rebasan con creces la certeza que tengo acerca del tiempo. Porque cuentan que hasta principios del siglo anterior se retrotraen ciertas leyendas sobre ella, hasta que la expulsaron bajo excomunión y exorcismo. Que tuvo hijos hasta con el diablo. Que una de sus hijas se crío en lo baldío pero la Rebollera la dejó abandonada en un convento y las monjas, por obra y gracia del señor la acogieron y se la llevaron bien lejos. María Rebollera, la que el espíritu santo condenó a ser “xornalista” del diablo. Así la llama mi abuela. La que escribía reportajes y maldades en las cenizas y con ello quería acabar con la bondad de todos los pueblos donde se aparecía. Pero como también, no hay bien que por mal no venga, el gato Basilio es como el contrapunto de todo ello. Qué buen gato. Ahora mismo está ronroneando y acariciándome el cuello. Los ojos vivos. Viejos pero vivos. Y la abuela atizando el fuego. Porque es invierno, y en estos momentos el aire pare historias como la presente.

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