LOS PÁJAROS DE MARÍA REBOLLERA

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V
“Na medida en que chove”

Llueve de tan lejos. El tiempo es una mala vaina. De tan lejos llueve. La vaina del tiempo no sabe de bienes ni de males. Veinte años hace que emigré. Hasta llegar a no sé dónde. Recuerdo las viejas calles. Los aledaños de granito. La sillería. El humo perpetuo de aquella debilitada chimenea, que parecía más caerse en cada acometida del amanecer. El diluvio del tiempo. Lo que llueve no es como lo que se avecina. Uno podía bostezar y despertarse con el olor del pan recién cocido. Ese olor que entraba por la ventana, poco abierta pero cubierta la rendija del aire libre con una gruesa manta, por eso de que el invierno era malo para las bajas temperaturas pero deseable y adecuado para mejorar las vías respiratorias. Y eso decía mi padre, que dejara que entrara aire tan frío para socorrer los bronquios. Eso de poner una manta colgando de los cuartillos viene de tan lejos como la lluvia.

Aquellos eran otros tiempos. Inevitablemente se me vienen a la memoria en días como hoy. Y lo de María Rebollera también. Esa malévola. Tan turbia como el agua de un desagüe. Así la golpearan con una pesada tranca revivía como la mala hierba. Pero fue suficiente con todo lo que pensamos. Fue más que suficiente. No volvió más. Después volvimos a la buena vida, como quien dice. El afilador volvió a tender su silbido en la parte de atrás de la bicicleta, una vieja maquinaria con frenos de varilla, de esos que ya no aparecen ni por control remoto. Y qué decir del herrero, que también reanudó su toque de candela, ese poderoso tintineo del hierro golpeado contra las axilas de un martillo. Todo volvió a su poso. Todo árbol a su raíz y yo a despertarme con esa mansa sensación de que el tiempo venía tan lejos como la lluvia.

De todo ello hace más de veinte años. Dos presurosas décadas en que muchos gallegos dejamos la franquicia del hogar para alejarnos en busca de nuevas lareiras. Tan lejos que el tiempo también apesta. Apesta tanto que a veces creo, en estas noches continentales de la sierra, que el aire huele a borrico, a nabos, a grelos, a vacas, a cayados, a laurel, a viejas faldas, a la dentadura postiza del abuelo, al musgo que humedece los labios de las paredes, al sol que se adentra por estrechas callejuelas de improviso, a otoño oscuro, a temperaturas que hacen tanto ruido como el horno de la cantina, allí donde siempre despachaban las empanadas de tocino, allí donde el arcón siempre se abría y cerraba con el sigilo de una mariposa.

Qué tiempos aquellos. La Rebollera, esa cabrona pendenciera nos dejó en paz. A toditos. Después de un largo periplo. Después de un abordaje. Todos escupíamos en el alfeizar de la ventana o poníamos un cardo disecado en el dintel para alejarla. Como la llamaba un vecino, la periodista del diablo. Como ese gato que sale muchas madrugadas en busca de milagros. El gato de la aldea vecina. El que dicen que se lo quitaron a la bruja y que, como recompensa, se dedicó a practicar el bien por los confines de nuestros prados. Siempre así de agasajada la fortuna y, a buen seguro, que de haberlo sabido Álvaro Cunqueiro sobre los milagros del minino, le hubiera dedicado más de una docena de crónicas. Aunque, por gatos que no pese, sé que el tiempo no discrimina ni felinos ni lluvia y por eso sigo pensando que llueve de tan lejos.

Me asomo por esta otra ventana. La del emigrante. La del que posee un juicio ya maduro. La política del país que dejé es una bendita y pordiosera mierda. Y la gente, la gente del pueblo se marchitó como una rosa en verano. Ahí están. La mina también cerró. Adiós al carbón. Adiós a las palizas que se pegaban los obreros en la negra boca. Adiós a tantas barbacanas que asomaban en la geografía. Yo no fui minero, pero sí labriego del campo, ayudando a mi padre hasta que, desconsolado por la incertidumbre del futuro, me dio unos cuantos miles de pesetas de la época y, con el semblante cariacontecido me dijo que emigrara, que era la mejor opción para poder sacar adelante a la familia que había sido bendecida malamente por la ojeriza de esa cojuda de María. Que mi padre se había casado en contra de la voluntad de la familia de su esposa. Que ambos se querían tanto y que los Peroxa encargaron a esa farfullera algún tipo de conjuro para debilitar la unión. Pero nunca lo consiguió del todo. Sí enemistó a ambas familias, la de mi padre y la de mi santa madre. Pero no fue a más porque desde el primer día posterior a la boda, mi padre bajó algo raro del monte, algo que mandó quemar en la herrería, y las cenizas las esparció a lo largo y ancho de la casona, encomendándose a Santa Bárbara, esa de la que solo nos acordamos cuando truena. Y ahí quedó todo.

Pero hoy, a pesar de nacer en el corazón de mi querida tierra gallega, no sé por qué me siento un poco menos gallego. No debería. Discúlpame en todo caso. Es que la lluvia viene de lejos. Pero menos mal que sólo es la lluvia. Menos mal que no es María Rebollera. No sé qué cojones haría esa si hubiera desembarcado en los Andes. Seguramente el primer cóndor cuyo vuelo pasara por encima de su cabeza, la hubiera agujereado hasta mandarla al mismísimo infierno, allí donde la democracia del mal es justa. O con tantos chamanes, no hubiera costado mucho reducirla a la nada con una larga escupidera de ayahuasca. Sé que hoy me siento un poco menos gallego y debo disculparme, por otra parte. Pero es por este simple aserto de sentirme de dos lugares. El de allá. El de acá. Mi padre todavía vive. En mi corazón, claro está. Sé que un día me llamaron por teléfono. Al poco de llegar a esta nueva ciudad. Al poco de convertirme en carpintero. Que de la noche a la mañana vino un viento raro y se lo llevó. Que le tumbó en la cama y tuvo que venir de urgencia el cura, a por las últimas voluntades. Que mi padre resollaba de dolor y pidió la intercesión de Matías, el curandero y más amable de la provincia. Que vino el Matías y comprendió que algo de mal agüero se había criado en los pulmones de mi padre. Y se fue. Se fue por estas tierras de Dios. Falleció en medio de hartos dolores pero con una mano asida en el pecho de mi padre y la otra fuertemente agarrada a la derecha de Matías. Que Matías mandó que le enterraran con una libra de muérdago, otra de fresno y la última de hojas de castaño. Para que no echara de menos los páramos.

Mucho se habló de aquello. Muchó se murmuró en el pueblo. Que había sido la Rebollera, como venganza de años atrás, o como un rescoldo del viejo maleficio. Qué mas da. No soy vengativo pero considero que el tiempo pone a cada uno en su lugar, mal que esta tarde la lluvia me dejé la consideración de que el tiempo también es mala vaina. Si no lloviera tanto esta tarde, me hubiera consolado por otra parte. Mi padre que ahora está en el cielo. Mi madre también andará haciendo de las suyas, con alguno de mis hermanos, de esos que han envejecido sin moverse del pueblo. Bendita la Teresa. Benditas sus manos que me acariciaron tanto en la dura infancia. Bendita cómo canta todavía cada vez que nos acercamos el auricular. Cada vez que encendemos esa luz de la comunicación. Y me canta esas viejas alabanzas. Esa tierna añorancia del que vive lejos. Madre, que veas que la lluvia es mala vaina porque en vez de detener el tiempo lo alarga como una misa. Pero ya se fue la Rebollera, y pagó por todos los pecados. Pagó como una béndita lágrima. Pagó por todo lo que hizo y ya no molesta. Has envejecido en paz y todo está resuelto. Nuestra vidas son frágiles pero necesarias para seguir respirando, aún de tránsito hasta que nos juntemos todos allá en lo alto.

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