CUENTOS DE FUEGO: Leo a Cortázar

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Leo a Cortázar. Es de noche. Me gustan las frases breves. Esas que concluyen a golpe de martillo. Esas que machacan el silencio con impunidad. Lo prefiero a recluirme en esa cárcel. En el ruido constante del tránsito que perfora las mañanas. 

De hecho leía a Cortázar. Era un perfecto mecanógrafo. Sus palabras eran tan pesadas que ni siquiera el aire se levanta efímero sobre ellas. Lo leía porque la noche ya transcurrió y el barrio donde vivo quedó desplazado por la inversión del tiempo. Tiempo de arriba abajo. La luz me despertó.

Lo leía porque retorné al relajo del aula. El autobús se alimenta de baches. Las siete y cuarto de la mañana. Es imposible aislarse. Un absorto mendigo queda atrás en la acera de la derecha, con el cabello ralo y partido en dos. Nos detenemos ante un semáforo. La radio me golpea con indicaciones vagas sobre algún equipo nacional. Alguien conocida se sube intempestivamente, sin que yo lo presienta. Me relega al centro del asiento, tal vez encima de la caja de cambios, puente amarillo. Ella aún no sabe que leía a Cortázar. Confío en que lo sepa. A partir de mi silencio o de su sonrisa. Vamos al mismo lado pero a distintas estanterías. Tengo que aclarar que no somos libros.

Leía a Cortázar pero es como si lo siguiera leyendo. No es cuento. Tampoco es el cuento. Cuéntame y yo te cuento. No se trata del dulce caramelo para que te hagas la predispuesta. De momento seguiré leyendo a Cortázar y tú te quedarás en la sombra ausente de la esperanza. No es lo mismo el acto que la persona. Pero mi acto, lejos de la importancia subjetiva, empezó a extenderse sinceramente por tu cuerpo aquella noche en que no hacía sino frases largas. Nada de breves, como ahora. Usted me preguntó hace unas semanas. Qué sucede precisamente con las promesas. Por qué les sucede como al cable de los parlantes, que de repente se tuercen y solo suenan por uno de los lados. Estoy tan acostumbrado a los rayos del sol como a los semblantes lúcidos. Aunque quien se sentó conmigo también ignora todo esto. No le cuento pero sonríe, ajena a mis abecedarios del pensamiento. Ella se refiere a la toma de posesión del nuevo alcalde. La ciudad está hecha un paquete. Un presupuesto mayor para la propaganda y jodidamente mísero para la consecución de los espejos. 

Leía a Cortázar. Mucho antes de que tú lo supieras. Mucho antes de que existiera más que una repetición. Mucho antes que la lluvia. Mucho antes de que te llamaras Alejandra. Mucho antes de que te llamaras Farina. Mucho antes de que te divisara en el horizonte. Mucho antes de que te llamaras Silvia. Mucho antes de que fueras una gota de lluvia perdonada. Mucho antes de que mucho antes se repitiera como el golpe de una comparación oxidada. Mucho antes de que disfrazara los nombres de cualquier mujer con el tuyo. Porque todos quisieran saber. Pero yo no quiero que nadie sepa. Ella tampoco lo sabe. Porque iba sentada esta mañana y se despidió como lo haría cualquier compañera de trabajo. Mejor dicho, no como cualquiera, porque no me hace saludar por mero protocolo, y menos cuando el chisme es la madeja que más se desovilla por estos lados. Pero sonríe y se despide.

Leí a Cortázar, al fin y al cabo. Porque ya es de noche y volví al principio. A la noche anterior en que comencé a leerlo y tú me preguntabas en qué carajos consiste eso de las cartas de Cortázar. Por qué lo reservo. Acaso es un vino añejo. Acaso es una ruta escondida entre las montañas. Recuerda que leí a Cortázar mucho antes de que lo repitiera sin cesar. Y que volveré a leerlo esta noche. El cuco voló fuera de su nido por cierto. Al fin en paz con las estatuas y en guerra con el movimiento. Volverás. Y si no vuelves todo tendrá sentido. Si regresas también. Te llames góndola. Te llames María. Te llames Albertina. Te llames río. Te llames reina. Te llames vaso. Te llames literatura abreviada. Te llames portátil o acelerada. Te llames hipertexto o simple chingadazo académico, como escuché esta última en alguna parte de las reclamaciones de mis compinches mexicanos. 

Pero quiero que sepas que leo a Carlos Fuentes, además de regresar a la tipografía de Julio Cortázar. También que no pierdo el tiempo cuando pienso en tu persona. En tu desnudez. En tu conciencia. En tu pálida piel. En tu gusto a almohada fresca. En tus aperturas. En tus miembros alargados. En tu ombligo oscuro. En los exilios. En las pocas aventuras de la vida. En cómo transcurre el tiempo, con o sin el fuego previsto. Nadie lo sabe. Pero yo sí. Por eso vivo. Leeré a Cortázar. Las frases breves que tanto me gustan. Ya dejamos el día. En libertad.

Leo a Cortázar. Preguntas de repente. Marcas el teléfono. Algo suena entre páginas, sábanas y alma con melodía de poeta. La curiosidad es igual de caprichosa que un reloj sin cuerda. Es más fácil perder mucho que ganar un poco. Una regla sencilla y sin lirismos, para la que no requiero ninguna cita erudita. El intelectual siente con el corazón y no con lo que argumenta. El resto son bacinas académicas. Por eso leo a Cortázar. Con él despertamos aquella noche. Con él aparecieron todos los nombres femeninos. Con él los truenos se pusieron a practicar el arte del esgrima. Con él las águilas se sorprendieron de tus pechos. Pero no contare mi historia. Se quedará ahí. Leeré a Cortázar.

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