CUENTOS DE FUEGO: Los amantes automáticos

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Yo eres. Tú soy. Nosotros sois. Ellos somos. ¿Nunca se te ha ocurrido pensar en cambiar la horizontalidad de un texto? ¿así como la verticalidad de un cuerpo? Es la misma operación mediante la cual aquel par de amantes apresurados transformaban la veracidad de sus posturas en un cajero automático. Sucedió anoche. Me enteré por la prensa. Por la banalidad de los propios periodistas. Tan ofuscados ellos en buscarle las seis piernas al gato. Con los objetivos de las cámaras unos y con el esfero en el bloc de notas, a toda pastilla, a toda prisa, antes de que los amantes reconvinieran en su indisciplinada situación. 

Tu encima. Yo debajo. Espera que me siento encima del dispensador de plata. Ahora yo me arrojo sobre el teclado. Dale un beso a la pantalla. Aprovecha la esquina que me desmayo. Asegúrate que esté echado el pestillo de la puerta. Son las tres de la madrugada. Apenas viene nadie. De repente hay tanta gente que parece que estamos en un estadio. No hay árbitro. Presiento focos. Así como cierto rumor de grillos o cigarras, pero que en realidad es la vibración de la punta de los bolígrafos o esferos o plumas o dedos aplicándose sobre los cuadernos o las tabletas o las mentes de los curiosos o de los periodistas o de los fotógrafos o de las viejas que nos imprecan. Y mira que no fui testigo de todo ello, sino que me estoy imaginando semejante cuadro al hilo de una noticia de última hora que puebla todos los diarios, físicos y virtuales, religiosos y profanos aunque más los segundos que los primeros. Acerca de una pareja, hombre él y mujer ella, claro está, que presa de su exacerbada necesidad, presintieron que se deseaban el uno al otro justo en el momento en que no había rincón para su solaz. Supuse que se miraron el uno al otro y se preguntaron a dónde carajos podían llegar para que su incontinencia no se perdiera por el retrete de las avenidas o por el descargo de la vida.

Entre el tú y el yo, entre el ellos demás, parece que los amantes dieron más vueltas que una peonza, entre árboles, entre taxistas, entre listines telefónicos, entre llamadas sin cobertura, entre bares de copas, entre gigantes de hormigón, entre accesos al metro, entre calles que iban y venían y entre la propia masa de conciudadanos con ganas de farra, juerga o metiches como prefieran. Y hay que ver la que armaron. Insisto que me enteré por la prensa. Pero nada de kioskos. Aquí, frente a la pantalla, sonriendo en la medida en que estos cojudos periodistas parece que recurren al escarnio y a la anécdota para liberarnos del mal presagio de nuestra realidad, más preocupada de lo trivial que de lo profundo aunque, a decir verdad, ese par de amantes deben saberse las leyes de la profundidad con tanta penetración en las carnes del propio banco, allá en el cajero automático, rebelándose contra el sudor y aún el propio pudor de algunas señoras que, presas del ruido de que era objeto la planta baja del edificio y adyacente a la calle, salieron al balcón a ver cuál era la fuente de tanta concurrencia. Nada de docenas ni varias decenas. Casi eran cientos. Una cabeza sobre la otra. Un cuerpo por encima de los demás, intentando enterarse de cada detalle del espectáculo. De por sí fundamentalmente visual. Sin anteojos. Pobres los miopes que, para poder ver, tendrían que pedir permiso a las autoridades de tan magnífica y excéntrica experiencia, arrimar sus ojos contra el cristal o golpear los vidrios con sus narices.

Que si tú. Que si espera. Que si casi está. Que si no grites tanto. Que si pareces una sirena de ambulancia. Que si dale. Que si dele. Que si duro. Que si blando. Que si nos miran. Que parece que cuánta gente. Pero yo pensé que estábamos justo detrás de a puerta de acceso a tu departamento y que mi cabeza daba contra los gancho donde dejas colgadas las llaves, que no ahorcadas. Que si algunos parece que vitorean. Que vitorear no es torear dos veces sino aplaudir y animar a que consigas un orgasmo más grande que la desembocadura del Amazonas, pero en cualquier caso menor que la estupidez más absoluta de los políticos. Que si España va bien, como decía aquel bigote. Que si tropiezo con el zapato que dejaste tieso. Que si el calcetín está pegado a mi trasero en su parte inferior izquierda. Que si el libro de Borges me está mellando los huevos. Que si vamos pasados de copas. Que si solo fueron dos pero me atraes como el hueso al perro. Que si imaginabas cómo eran mis credenciales. Que si se trata del tamaño o de la lista de compra del Megamaxi. Que de eso no hay aquí sino allá porque aquí son el Eroski o el Mercadona. Qué que mas dará. Que mira un miope que llamó a la puerta. Que para qué. Supongo que quiere un trío. Que si de música o de otra cuestión. Que si no seas tonta que mira. Que no soñamos. Que esto es un cajero automático. Que sigue dándole. Que no importa. Que viva la patria. Que viva la independencia. Que me cago en todo lo que se menea. Que sigue. Que no pares. Que sigue. Como la canción. Que viva la discoteca de los mariachis. Que eso es en la plaza Garibaldi. Que dónde queda eso. Que en México. Ah, yo creí que en Madrid. Bueno, eso es lo que dicen muchos concejales, por presumir que saben. Ah, que cierto. Ah, que suspiro. Joder. Carajos. Puchas. Chingada. Para qué tanta grosería. Es que perdí la razón y estoy mostrando mi yo oculto, como hacían los artistas del Surrealismo. Que dale. Que los demás miran. Que apareció alguien con la credencial del Comercio. Que es del País. Que será de la Vanguardia. Que estamos en Quito o en Valencia. En Lima o en París. Qué se yo. Serán las copas o la imaginación.

El cielo golpeó con fiereza. Los cristales retumbaban. Los vítores seguían. Los aledaños estaban pobladísimos. Llegaron dos agentes de la autoridad para variar. Golpearon en los vidrios, pero con un propósito diferente al miope. Que practicaron la onomatopeya sobre los mismos. Que pum, pum, pum. Que se llevaron las manos a la cabeza. Que nos amantes no hicieron ni puto caso. Perdón, que hicieron caso omiso. Que esto es literatura y el lenguaje literario no admite groserías. Que anda bien la vaina. Que los policías de paisano pasaron por monigotes. Que los amantes permanecieron fieles a su febril situación e ignorantes de las miradas. Que los policías también se rieron. Que esbozaron una sonrisa sarcástica. Que pensaron que era la mejor forma de burlarse de este o cual país. Que era una forma de ejercer la transgresión. La desobediencia del espíritu. Los cuerpos de los amantes se estiraban. Se ponían tensos. El de él sumamente rígido. El de ella tan recogido con el de él como en un ovillo. El edificio tembló a los pies de todos. De centenares de pies. De miles de proezas. Un trueno sonó repentinamente, como si el cielo hubiera perdido el juicio. Pero era el ronquido de él al irse de viaje. Así como la ola de ella, movida por el tesón de la muchedumbre. Y eso no es todo. El cajero automático dejó de serlo. Se hizo cajero erótico o más allá, cajero inmoral, cajero delictivo, cajero cómplice, cajero teatral, cajero escenario, cajero lírico, cajero impulsivo, cajero societario. Y cuando el temblor del edificio, del cajero, de ellos, de los demás, de los periodistas, de los gorriones dormidos, de la luna simbólica y del semáforo caliente, fueron unánimes y, súbitamente, todo ceso, como en una detención temporal alarmante, los vitoreos se transformaron en un aplauso inconmensurable, fatal, transgresor, evidente, magnífico, con sombreros ondeando al viento, con silbidos, con exclamaciones de qué faena, que macho él, que buena ella, que viva el país, que viva el que tiene un par de huevos y se olvida de tanto ladrón, de tanta mierda, de tanta ignorancia, que vivan los cajeros automáticos, que vivan los amantes intempestivos, que viva la libre expresión de la vida y que dicen que al concluir, recogieron los amantes todo lo desperdigado y que el público se avino a desintegrarse de la misma forma que habían aparecido pero lo importante es que viva la tarjeta de crédito, que vivan las miradas, que viva lo improviso, que viva lo provisorio, que viva el azar, que viva esta noticia, que vivan los necios que informaron de esto pero que les disculpo porque sonreí hasta esta hora y escribí un fuego de cuento

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