CUENTOS DE FUEGO: Me levanto y.. mi mujer, mi amante y el cura.

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Me levanto. Es decir, procedo a ponerme en pie, desde mis piernas. Para más detalle, con los pies por delante. Es por si alguien entiende que levantarse es síntoma de otra cuestión que no deja indiferente a mi mujer. Ni a mi amante. Ni al párroco que siempre me ofrece dar clases de catecismo. Bien pícaro él, que debería ocuparse más de los asuntos de Dios para los que prestó voto y conciencia.

Como dije. Me puse de pie. Calculé la hora según los algoritmos de la ventana. Vaho. Minúsculos regueros o riachuelos de agua empañada, curvándose a medida que entra el sol. Las siete de la mañana. La luz a plena potencia. Estoy levantado. De pie. Calzándome las zapatillas. Que nadie entienda mal. Aunque a mi mujer no le deje indiferente. A mi amante tampoco. Al cura de marras tampoco que es el jefe de la manada, el que más manda de la congregación en todo el país, lo cual hace más grave el asunto. 

Después de levantarme y verificar el estado de la ventana, abro la puerta. Alguien ronca en el departamento de al lado. Le escucho atentamente. Creí que era un túnel. Pero no. Son ronquidos graves y severos. Las paredes vibran. Los cuadros se corrompen. Es un sueño. Recién levantado no concibo otra cosa que desear estar bien despierto. No eran ronquidos. Sigo levantado. Es decir, de pie. Es el ronroneo interminable, al parecer, de un autobús que pide pista, coraje, valentía y alucinación. Aquí tienen costumbre de pensar que la avenida es un circuito de locos. Ahora sí. La puta alarma. La de siempre. Algún cojudo que parquea el carro o se va con él. Siempre hacen lo mismo. Pero yo no parqueo, sino que estoy de pie, esperando que el café surja en la imaginación de un delincuente verbal como yo. Qué chingada. Y es literatura, vean. Aunque se rían de mí. Aunque no valga de nada leerse a Arreola como si fuera el revistero de la abuela. 

Y aunque no lo crean, levantado me desplazo por la estancia. Al tiro, como afirman en Santiago de Chile. Aceleradamente pero sin atropellos. De pie porque camino sobre las piernas, aunque me cuelgue la entrepierna, con la que no pienso sino que ejerzo el cargo de amante, eso que está sujeto a tamaña responsabilidad según mi mujer, mi amante y el párroco que se empeña en jodernos la marrana. Es decir, en molestarnos, porque la penúltima vez que mi mujer fue a confesarse por el exceso de ardor de mi persona, de mi cuerpo y de mi pecho y de mis posesivos que repito, el cura le preguntó por las dimensiones aéreas de las turbinas del avión en el que se embarca ella y contestó que normalmente, cuando viaja a Guayaquil, de ida o de vuelta, el avión es infinito y las filas de asientos se extienden más allá del infinito de la mirada provocando el placer infinito de los ojos al sentir semejante tamaño en la línea de pasillo. Mi mujer claro que le siguió el juego, pensando que el cura, el tal Verdesoto Calatrava, le infringía una pregunta en forma de parábola sobre su devoción a Dios, comparándolo con un avión, pero está claro que el señor divino estaba más preocupado por averiguar el perímetro exacto de tal monumento viril del que únicamente disfruta mi mujer y mi amante, y para colmo de los detalles, mi mujer, mi bella Andrea Sistiaga, le respondió haciendo uso del mismo canal, es decir, en sentido literal, sin perjuicio de posteriores connotaciones o ambigüedades, y le espetó semejante cosa. El Verdesoto, viéndose ante semejante expresión simbólica, creyó que mi esposa entendía el sentido de la parábola y se sintió profundamente conmovido, afectado y herido en su vocación temprana. Claro, él si que se levantó. Pero no del sitio. Pensó en un avión gigantesco, con prepucio en vez de reactores. Alabado sea el señor que todo lo ve. Y mi mujer volvió tan tranquila, sin sospechar que el Calatrava tal y tal nos quería invitar cada domingo, hasta un día que tuve que aceptar porque me abrió las puertas de todo el templo, el claustro, la devoción de las pinturas barrocas, la mismísima azotea, los tejados, el campanario, la visión alargada de la urbe, la simbiosis de América y la vieja colonia desde el punto de vista arquitectónico, y yo, con mi cámara, con mi grandísima lente, con todos mis posesivos, con todo lo que es mío, estuve de fotógrafo hasta bien entrada la tarde, con mi mujer, con mi amante, con la Andrea, con el cura que no dejaba de recitar de memoria los sonetos del amor claro, o del amor oscuro, o de la llama doble, que no sé si eran del Federico García Lorca o del Octavio Paz, pero Andrea confirmo que se trataban del poema granadino y mi amante asintió lo mismo. Y el cura, al despedirnos, quería invitarnos a jamón ibérico importado, a vino de Rioja cosechero y tan colorado como la nariz de un borracho, a té de Ceilán y a café tostado en Bilbao y le dije lo siento, pero mi pito tiene ama, dueña, amante, cuerpo, pechos, vida, corazón y siembra para mi Andrea. Que iba a llamar a Dios para explicarle su actitud. Que Dios no entendía de amores ni de prójimo. Que bueno, que entendiera los míos, el de mi mujer, el de mi amante. Pero si usted habla de dos, polígamo, pecador, severo, infiel, despajero digo desparejo, misericordia para el que vulnera los mandamientos. Y yo le aclaré que mi mujer también es amante, amiga, compañera, fehaciente, notaria de mi felicidad, medidora de mis telares, abridora de cartas, escribana de mis sentimientos y solo yo sé cuántas mujeres tengo en una sola así que tengo la libertad de elegir todas las que quiera en ella misma. Y que si se había ido a confesar es porque todos los días me levanto temprano, después de nuestras correrías y lindas hermosuras, y con levantarme asumo yo la responsabilidad de ponerme de pie y que hay que tener cuidado con las metáforas no sea que se entiendan mal porque a veces los aviones sufren turbulencias y los miembros -entiéndase, tripulación y pasajeros- se soliviantan ante los golpes y nada mejor que un avión tranquilo, sea grande o sea pequeño, con un pilotaje responsable y unos pasajeros respetuosos, como son mi mujer, mi amante, mi pelota, mi partido, mi vecina, mi compañera, mi amiga, mi otro, mi plato al lado, su plato al lado del mío. 

Y ahora sí, me levanté sonriendo. Ella está durmiendo. Le haré el café como merece, porque me gusta llevárselo a pie de cama, antes de que el humo oscuro le despierte. Y además, le contaré este cuento que se me ocurrió, producto de un recuerdo reciente, para que se ría conmigo, a carcajada suelta, en estas cumbres de San Marcos, en este meollo de la Junín, en aquella noche que nos conocimos de hace quince años y que hoy gozamos de todo lo que la vida nos ha dado, incluyendo la confusión del avión y de mi aparato, así como del verbo en el que todo se levanta, principalmente la felicidad de gozar y vivir con ella.

 

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