La carta del no quiero

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Querida mujer. Querida amante. Querida circunstancia. Querida madre. Querida muerte. Querida vida. Te escribo desde estas circunstancias. El paisaje vive. No solo existe. Ese fue mi descubrimiento. Bailaba entre tanto imbécil. Temblaba ante tanta religión. Nos quieren robar la conciencia. El derecho a pensar como náufragos. Quieren atarnos a la esperanza. Que nademos hacia cualquier circunstancia. Solo importa la muerte de los millonarios. La nuestra es como la sombra de las ruinas. Quieren jugar con nuestras tripas. Quieren dejarnos solos. Quieren que únicamente nos besemos frente al espejo. Quieren que nos abracemos en ciento cuarenta caracteres. Quieren que nos abandonemos a su propia pesadilla. Quieren que los inviernos sean la única rotura de la vida. Quieren que seamos necios. Quieren que no despertemos. Quieren que todo siga su curso. Quieren que no pensemos. Quieren que no te diga nada. Quieren que el miedo sea como un clavo demasiado sonoro. Quieren que nos jodamos como una piedra estallada por el frío. Quieren que nos quebremos así se rompa la rama. Quieren tanto que de tanto que quieren nos dimos cuenta. Al menos yo, no quiero lo que ellos quieren. Por eso te escribo. Para dejarlo bien claro.

Interrogaciones

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¿Quieres volver?
El tiempo es un gigante rotundo.
Quizás no broten los mismos ojos
y tendrás que revolver entre las cenizas
todos aquellos páramos intensos.

¿Y todavía quieres volver?
Entonces fui el que no se parece.
O tal vez la similitud fue mordida por el viento.
Quizás tengas que volver a sentir la mordedura
del amor en tu cuello para que el tiempo muera.

¿Y si todavía no entiendes?
De repente la memoria nos agrega una picadura
de mosquito, y el sol brilla con su armadura clara,
y sentimos la sombra de quienes fueron,
y el calor se apaga, y los muertos dicen
que el furor se apaga, y las flores se convierten
en un sabio que te atrapa, y volvemos a sentir
la rotundidad del abandono, y el silencio es
una bisagra que no se escucha, y nada es.

¿Aún quieres volver?
El peligro está en las cárceles del tiempo .
Lo que no se ve es la incertidumbre,
tan somera, tan detallada, tan poco descrita,
tan inventada por calvarios y resurrecciones,
que de tanto inventarse se me hizo como algo frágil,
con una estúpida cáscara de promesas.

¿Querrás volver?
De lo que ignoramos se escribe demasiado.
Nos quieren dejar sin derecho al olvido
o quizás convencer de algo demasiado anodino.
así que recoge los pertrechos que es tarde,
levanta sin rencores el lecho de tu piel,
y vive en torno a mis maduras llamas.

Un enorme sucesor

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Cuentos de fuego

Un enorme sucesor

Mi cuerpo sigue sudando. Aún conserva el rastro de cuando la tuve. Una viola de cuello desnudo. Tan oscuro que la luz se reflejaba en él después de haberle reflejado el pensamiento de nuestro amor. Una luz desatada. Una luz tan negra como el vacío de arrojar los ojos sobre su cuerpo. Así la recuerdo en la historia. Como si fuera hoy. Detallada. Dentellada. Es lo que te dije, vida. Ahora que soy un convencimiento matinal. Ahora que tú, vida, me arrojas a su cuerpo de nuevo.

Bien recuerdo la primera vez. Como si el día no se hubiera apresurado a traérmela intacta. Ahora duerme junto a mí, después de una noche mutuamente acelerada, en la gloria de una intensa quemadura. Pero entonces, cuando fuimos o éramos jóvenes, cuando entre barricada y espanto nos convencimos de ello, no tuvimos ni padecimos lastres. Más bien nos lastramos en una lenta agonía que concluyó en el uno sobre el otro, en el otro sobre el uno, en esa conjunción de muslos donde las bocas se disponen a auscultar al otro.

Una tarde. Una mortaja. El entierro de mi viejo. El abuelo Mauricio. Qué bueno en la cama, decía la abuela, con el pañuelo donde rodaban sus lágrimas de rana. De ranita, como la llamaba mi abuelo. La ranita más bella de todo Ambato. La que había golpeado los cristales cuarenta y seis años atrás junto al altar. Un potro salvaje. Un yunque con gran martillo. De penetrante hierro. Y la había mordido. Hasta ese día. Hasta el día en que el abuelo marchó por la cueva del nicho y todos comprendimos que algo de él se había ido, pero nos dejó el recuerdo de enterrarle con el miembro erecto, por si acaso en el otro lado le iban a recordar como el gran Mauricio, el que convirtió a la abuela en vino y a sus hijos en un fulgor de vitalidad alcohólica, claro que desde el sentido de vida metafórico. Y ahí estábamos todos. Todos los que indiscutiblemente veníamos de su sangre, desde los más holgados hasta los más desconocidos, pues vinieron blancos, negros, criollos, mestizos, abedules, amarillos, en flor, embetunados, de grandes proporciones, robustos, fortachones, en camiseta, en mangas de camisa, en abrigo y hasta con un ramo de azucenas que alguna mujer de cabello oscuro y con un bastón ligero en la mano depositó sobre el ataúd y se fue a abrazar a la abuela ranita. Qué buen viejo que fue. Nunca nos rasgó las vestiduras. Pero tienes razón. Todo lo que nos metió en cintura. El gran abuelo. El de todas las locuras. Profesor. El que más sabía de latín, griego, esperanto, francés, inglés, italiano y rumano. El que dijo que había nacido hace más de doscientos años porque arribó a Guayaquil cuando ya estaba madurito y a ti, abuela ranita, te pescó tan joven, tan guayaba, tan blanca e inocente, recién huida de un colegio de monjas donde te hacían creer que ciertos pecados eran imposibles y usted huyó en busca de aquellos pecados de los que hablaban y encontró la mayor dicha. Un paquete de costuras en el corazón. Un pecho de marino mercante. Un torso moreno. Y usted se enamoró del recién llegado. De sus camelias. De sus historias. De sus corrientes. De sus ciudades. Le creyó al pie de la letra pero nadie supo de dónde venía exactamente. Unos que de Trieste. Otros que de Lisboa y, aún los menos, de Alcalá de Henares o Salamanca, por su facilidad pasmosa para aprenderse de memoria todos los versículos líricos del Siglo de Oro o, lo que más prefería, el duro marfil erótico del Arcipreste de Hita. Así te conquistó. Usted que no era de naturaleza liviana, sino todo lo contrario, hija y nieta de maestros, así que le vino ni qué pintado al abuelo Mauricio. Ustedes dos se escaparon al día siguiente de haberlo conocido. No sé qué tipo de tango hubo en sus labios para que ustedes dos, según el informe policial de los ojos que se lo imaginan, fueran sorprendidos en un almacén, desprovistos de todo cuanto Dios arropa a los recién nacidos para que no se les vea las partes pudientes, pero es que por encima de los campanazos de la iglesia todo el pueblo escuchó el alarido de dos amantes inquietos y, claro está, tal desconcierto llegó a los alguaciles o quienes fueran los que abrieron la puerta del almacén y se encontrarán con aquel miembro tan tieso y espeluznante. La espingarda del Mauricio. El mástil del mar andino. Y la abuela ranita, encogida, avergonzada pero con mucha dignidad, sonriendo como un ruiseñor. Aquello fue la gloria del pueblo, o también el castigo, o la magia del duro trigo, o la conclusión de la madeja, o la llama más iluminada. El alguacil les ofreció paso. Les rodeo con su sombra y salieron de improviso, con la sola idea de que aquellos gritos no fueron más que el llanto por un incendio. El almacén había roto en llamas. En un calor intenso que devoraba hasta la presencia más carcomida. Cuentan que el abuelo salió con la abuela ranita en brazos, ambos con un matiz cenizo, con barro en las entrañas y humo en los pulmones. Y que el abuelo, en vez de sosegar la pasión de la abuelita con su pedestal de carne, la había salvado de una muerte segura. Eso labraron sobre lo que en realidad había sucedido. Que el abuelo había salvado a una convecina del incendio que se tragó no sé cuántas cuadras. Y a partir se abrió una grieta de uñas abiertas. Una carrera de reconocimiento y buen corazón con el que el abuelo correspondió con la conclusión de su nomadismo. Amantes que habían crecido entre las llamas. El abuelo entró como empleado del alguacil. Un hombre viejo que también había venido de remotos lugares, más allá de Cartagena de Indias. Negro como la sombra. Alto como un camión. De nariz afilada como un sable y bien macho, esposo de una joven montubia que le había dado buen lote de machitos y hembritas trabajadores y buenas personas. Y de ahí el Mauricio pronto demostró buenas dotes para la enseñanza porque a los nueve meses la abuela dio a  luz y la familia, además del agradecimiento, le condecoró con la responsabilidad de ocultar ciertos agravios productos de su desaforada actividad pasional. Boda por todo lo alto. Con chirimías procedentes de Cali. Con banderas tricolores. Con una vieja guitarra venida de Grecia y una melodía intensa. Y de ahí nació el resto. El resto. Lo provisorio. Se casaron y entró en el colegio como joven trovador de literatura. De ahí llegó a rector. El rector de la institución educativa más antigua de toda la provincia. Querido por todos y por todas. Acariciado y sembrado de besos por su bondad y extraordinaria facilidad para dirimir conflictos. El más amado. El que más años duró. El que menos enajenó. Al que le querían emborrachar para que contara de dónde vino. Y el contó toda suerte de batallas, aventuras, pasiones, quimeras y viejas certezas. Y la abuela tuvo no sé cuántos hijos. Todos como hojas de primavera. Y de la Jimena salí yo. De su primera hija. La que también escapó con un joven de cinturón ligero, pero el abuelo le pilló, le sentó, le cantó las cuarenta, le recitó de memoria lo que él también había hecho y hasta ahí, mi padre jamás se despegó de Mauricio, de Jimena y de mí. Y parece que yo heredé todo el lote de ellos. Así ese día, lo mismo que de muerte que de vida, te encontré arrimada en una de las paredes blancas del cementerio, de cabello largo, de ojos negros, con un frente al que mi abuelo bien hubiera levantado la cabeza y bien que lo hizo porque cuentan que mi abuela, al sentirlo fallecer por causas naturales, vio una larga retahíla de amantes invisibles custodiando su obra maestra y lamentando la muerte de aquel hombre y abrazando a la abuela ranita, a quien le tomaron un suspiro de aire.  Porque mi abuela jamás había sido egoísta con el hombre que más la amó, aceptándole así como hubiera llegado, con su lengua más o menos quemada por labios anteriores. Porque la abuela ranita sintió con él el mayor escopetazo de la historia. El disparo más profundo dentro de sí misma. Pues ambos se mordieron, se rompieron las turbias ropas, se penetraron hasta lo más profundo de las cavernas de sus cuerpos, y cada hijo fue como un ejercicio supremo de vida.

Así te vi yo. Ese pelo tan largo y cuidado. El cuello como una damajuana de humedad para mis labios. Los ojos firmes. Como decía. No me costaría repetirlo. Era para morirse encima de ti. Y el abuelo estaría contento, así como cerraron la losa con una ligera capa de cemento y el baile comenzó, porque el abuelo había dicho que, cuando muriera, que se celebrara con alegría y no con tristeza, porque no hay muerto que no se alegre con su partida cuando la vida le ha hecho firme y penetrante, con el corazón caliente pero sabio, con la cintura prieta pero encintada con los valores. Y así lo hicieron. Sobre las lágrimas pesaron las alegrías. El Mauricio había roto la costumbre de salvar la madrugada con el silencio. Fanfarria. Sopas de ajo. Hornado. Patacones con queso. Aguardiente. Guaro de Medellín. Puntas de Guaranda. Vino de no sé dónde. Ausencia de monotonía. Así te vi yo. Cómo lloraba el viento de tanta pasión contenida. Me escondí en alguna parte. Nos presentamos. Te introduje en mi ligera tristeza por la partida del Mauricio. Tú también le conocías. Te había salvado de una buena. Y tu familia, tus padres, cuando conocieron la historia, de que te había salvado de algún pájaro demasiado vivo en la noche de los pueblos, siempre estuvieron pendientes de él. Y yo te dije que era su primer nieto. Y entre risa y risa, que a ver si tenía el mismo artefacto que mi abuelo. Y le conté la historia de la abuelita ranita, por eso de sus ojos un poco saltones, pero con un cuerpazo macerado en la sierra, por eso mi abuelo quedó sobresaltado por tanta exuberancia, como la tuya, le dije, como la tuya, porque sobre el escote de tu busto veo y siento una respiración cumplida así como un volumen cierto. Y yo ojeé. Y nos acordamos del abuelo. Y de dónde fue que vino. Y que no sabías. Y que yo tampoco.

Que tal vez el abuelo vino de Buenos Aires, por eso del buen aire que tenía para el tango. Y usted dijo que tal vez de Cuba, porque con tanto tolete para dentro es impensable que no se hubiera criado en la Habana, entre tanta negra incipiente. Y yo que tal vez de Granada, en tiempos del Abencerraje o algún amante morisco. Pero solo la abuela ranita llegó a susurrarme que el abuelo tenía más de trescientos años y que dios le había dado la dicha solidaria de vivir hasta que encontrara el amor más grande la historia, así que por eso no encontró mayor reencarnación que la de sí mismo, y que siempre había estado luchando de acá para allá por la libertad de no sé cuántos pueblos y que su linaje venía de lejos,  hasta de las estepas rusas.

Y así, entre abuelo e historia, entre abuela y conjeturas, nuestros ojos volaron en un fino hilo de locura. No sé si me empujó el abuelo cuando estábamos cerca. Creo que sí. O fue el viento el que me arrimó a tu cintura liviana. Pero posé la mano sobre ese arca de piel. La cintura suave. El abdomen firme. Metí la boca como un ruiseñor. Canté sobre tu pecho. Me asomé sobre ellos. Resbalé sobre ellos. Y continué el largo camino de tu belleza. Nos prolongamos en ello. Y alguna sombra pareció erigirse detrás nuestro, un hombre alto, firme, con sombrero y tinieblas. Un fantasma que nos dio alas y sonreía entre la seda. Y te rasgué el vestido. Y me adentré en tus estrellas. Y ardimos. Y zumbaron las abejas. Y te apoyé contra la pared de alguna parte lejos de la música. Y otra vez los alaridos. Las campanadas. Un almacén que se incendiaba. Un alguacil que nos esperara. Pero solo fuimos nosotros, entre el humo del amor. Cada vez con mayor violencia tierna. Cada vez con menor espera. Hasta que alguien gritó entre nuestras dos bocas. O fuiste tú. O fui yo. Tus uñas se clavaron en mi espalda y nos dejó una gota de lluvia resbalada. Me asiste con toda la fuerza de la vida. Tus muslos se enredaron en los míos y cuentan que un haz de luz apareció en la losa recién adecentada del nicho del abuelo y que dejó una marca. La marca de la vida. que apareció al mismo tiempo que sintieron el acontecido suspiro de quién sabe qué amantes. Pero que la abuela ranita no había sido porque su amante ya había desaparecido. Así que nosotros callamos. Nos miramos dentro y fuera. Alzamos lo que quedaba de nuestras ropas y nos fuimos a nadar al río. Lejos de todos los ojos. Cercanos a tu sortija.

Ahora sigo sudando. Mi cuerpo se convence de que fuiste mía. De que yo fui tuya. Es lo que una vez me dijo el abuelo Mauricio: nieto mío, enorme sucesor mío, heredero de mis calenturas, capataz de mi sangre. Cuando yo me vaya sabrás quién te quiso.

JULIO CORTÁZAR Y LAS EDITORIALES

Soy mi palabra

Con motivo del centenario del nacimiento de Julio Cortázar, el 26 de agosto de 1914, emitieron en televisión un documental interesantísimo sobre su vida y obra. En él lee sus textos, habla de su exilio y de su visión de los lugares y momentos que le tocó vivir. Os traigo solo unos minutos del extenso reportaje original, que por fin he encontrado. Debía tener unos cuarenta y cinco años, o sea, hace de esto más de cincuenta, y así de valiente se expresaba cuando hablaba de las editoriales y de la soledad del escritor. Algunos nos acusan a otros tantos de haber abierto la Caja de Pandora, pues anda que no hace años que está de par en par. Creo que lo peor de estos tiempos literarios es que estamos confundiendo educación con servilismo.
El momento al que aludo está en el minuto 11:00, pero todos valen la pena.

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