Al fuego lo que es del fuego

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La memoria es cauta. No se limita a montar a caballo o arrancar el motor del coche con una vuelta de llave. Se las sabe todas. Incluso en los días de frío. En esos días que amanecen tan grises como si nos hubieran parido media docena de madres en la boca de una mina. ¿Nunca les ha sucedido? ¿Eso de que la memoria se las sepa todas? A mí si. Y no me sorprendió en absoluto porque sobrellevo un diálogo de más de setenta años con ella y todavía no se me ha ido. Quiero decir que pasea, echa la partida al mus, observa las chuletas que saldrían que aquel cordero destetado y, lo más importante, es muy cabrona, muy cabrona, tan cabrona que cuesta terminar las frases con la memoria. Y menos a solas. A solas te golpea duro o te beneficia, pero en todo caso es enormemente sincera. A nosotros mismos nos caben las duras palabras o las tiernas migas de pan porque nadie vendrá a asustarnos tanto con semejantes deudas o tamañas incógnitas.

Y terca como un peñón. Es terca como un peñón. No se la lee salvo en la eterna oscuridad del intelecto. Si tiene razones, las seguirá teniendo. No la lleves la contraria porque, a la larga, terminarás haciendo lo que dicte la memoria, por lo menos hasta el día en que la pierda, como le sucedió a Justo hace seis meses, el viejo jubilado de las minas, ese al que Gallarta le sabía a mujer, olía a caderas húmedas y a negrura de carbón. Sobre Gallarta, que no es más que una recopilación de casas de mineros, aldeas reconstituidas, atisbos de maleza y vientos fieros, por donde ahora los excursionistas pacen con sus sombras pero, antes, antes tantas familias como avispas habitaron sus muelas en busca de hierro, hasta que las vagonetas o los ferrocarriles lo dejaban caer hasta el puerto o el fantasma de los ferrones. Gallarta es como una mujer. Así lo afirmaba. Dándo un puñetazo a la mesa de roble cuando la grande no le iba bien a la mano. Me cago en todos los semejantes. Alternando la saliva con el puro malcomido. Que Gallarta es como una mujer. Llenas de huecos por todas partes. Huecos negros por donde dios sabe lo que cuentan cuando te dan la espalda. Unos le escuchaban simplemente pero no aplaudían. Que los tiempos cambian, Justo, que no es como tú dices. Que esos pensamientos pertenecen al arriero o al talabartero o al botero o a cualesquiera de esos agraviados con el campo que dejaste en aquel pueblo de Soria. Mira que ahora se están empezando a organizar y esas soflamas suenan mal pero, en su justa mayoría, todos nos reíamos porque sabía yo, sabía él, sabía el otro, sabíamos todos que solo refunfuñaba porque su mujer lo había dejado fuera, para que se le calmase tanta falta de equilibrio.

Es que el Justo era incapaz de matar una mosquita muerta y quería a su mujer más que a su propio pico. La Justina, por costumbre, le subía la comida una vez al día en un cestillo de mimbre, justo a la hora en que el relevo salía de la mina pero, claro está, si algún día Justo salía con la fuerza del revés y la pasión aparecía al mismo tiempo que su rostro negro, su afición extrema a Piru Gainza era la misma que para la blusa de su Justina y, ésta última, que era de viejas y recias tradiciones, le devolvía una mirada de azotea henchida por la tormenta. Que nos ven todos, Justo. Que no seas bruto. Que no le des tanto al tinto que luego bajarás argallando, como dice tu vecino, ese de Meiras, tan gallego como una gaita. Y ahí se andaban los dos, hasta que quizás los sábados, en que no había tanto que hacer porque la lluvia arreció tanto la noche anterior que daban fiesta a todos los mineros, dada la imposibilidad de descargar el mineral por las razones que fueran convenientes al ingeniero, se pasaba por el bar y quedaba con nosotros, y si llegaba a perder, entonces se quejaba a gusto, sin ton ni son, sin limitación alguna para la jarra de vino o para el caldo de invierno y la mejor forma de calmarse era levantando el vuelo de la palabra o acercando brevemente las manos al brasero para calentárselas y clamar al cielo por tanto frío usurero.

or eso, hoy miro este fuego, este fuego fatuo de donde sale el hierro, y la boina se me asombra y la cachaba se me encoge y la memoria se convierte en un barbo que se da de bruces con el agua. Me he vuelto viejo. La piel es larga como una carretera pero la memoria está intacta. Y le veo a Justo sobresaliendo de esas tenazas amarillas que si me diera por inclinar la mano a ver qué saco de ellas me iba a quemar hasta los orificios del alma. Pero no. Solo son visiones sinceras. Otros tiempo. Otras colinas. Otro siglo que se murió temprano mientras las aguas del Barbadún siguen corriendo hacia el mar. Será que, si los justos van al cielo, por ahí debe estar ese Justo tan nuestro, así como su Justina, escapando de los reclamos de San Lázaro, que vela por la moralidad y la pureza de las nubes, pues no teniendo suficiente con el fuego terrenal, andarán por ahí arriba labrándose buenas llamas mientras los demás pasamos aquí un frío de aquí te espero.

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