Compadre, déjame las llaves

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Cuentos de fuego
Compadre, déjame las llaves

Esta es la historia de Juan Pedro Mezcalito. Una historia que a ratos se viste de tristeza y otras de extraña alegría. Pues cuando él me la cuenta, sentado enfrente de su compadre, de mis ilusiones, de ese amparo que le otorga el coraje de su hermano de penas y borracheras y silencios, parece que ese soy yo. El que nunca quiso quedarse. El que cruzó la frontera entre lo inaudito y alguna que otra canción de Alfredo Jiménez.

Juan Pedro tiene sus treinta y tantos hoy en día y ambos llevamos el mismo trasiego por la vida. Tuvimos la misma canción. Ambos nos ganamos la vida a la luz de las clases de literatura, como dos diversos fugitivos, como dos semblantes oscuros en busca de las mexicanas más nocturnas y alevosas. De esas que se visten con la piel de Calígula y te hacen creer en los cuentos del Vesubio. Así albureaba Mezcalito cuando veía alguna rubia de postín, en la última o primera fila de la serenata, tan aficionado él a la cultura clásica, ya viniera de los tiempos de Platón o del beneplácito de los romanos. Mientras que yo, más conforme con los tiempos de Napoleón, deseaba estar pendiente de alguna Josefina que me calentase los dientes de la revolución. Pero, en el fondo, que nos fuera bonito, que nos contáramos después las cuitas o los vientos favorables, o los sonetos que hubiéramos atacado en la piel de nuestras conquistas.

Hasta que apareciste tú. Como una diosa cazadora. Yo que te vi alguna vez, encendida con un vestido negro. En aquella fiesta de graduación. Con un parche de hojas escritas a mano. La botella de Mezcal presidiendo la mesa. Mis padres de vacaciones. El salón para todos nosotros. El cumpleaños de Mezcalito. Mi dulce Diana por ahí presente. Cuántas cosas. Qué tremendo quilombo cuando llegaste. De Salta. Una argentina en medio de la sierra mexicana. Se le encendieron las luces. Se metió en los guantes de Borges directamente. O en los de Efraín Huerta. Le metiste en una tremenda confusión de identidades. Entre lo feliz y lo alcohólico, no se cansó de buscarte ni tú de acercarle los labios. A ratos os perdisteis en el abismo de la última hora. Brindamos. Volamos. Cerramos los ojos. Los abrimos bien. Sonaron no sé cuántos corridos.

Juan Pedro desapareció contigo. Le dejé las llaves porque no tenía una pinche moneda. Compadre, déjamelas. Y las llaves cayeron sin fuerza sobre la palma de su mano. Y ambos sonrieron. Mi compadre y su recién estrenada y sólida y estrellada argentina. Se tomaron del brazo. Se besaban. Se descorrían sus respectivos cerrojos. Ahí se quedaron. Yo me fui con la mía, que ya ocupaba mis pensamientos desde hacía tanto tiempo como no me acordaba. El salón desapareció en su propio rincón de penumbra. Y al cerrar la verja, allá con ella partió el Mezcalito. Sin hacer mucho ruido. Que no me llevo mal con los vecinos. Que si mis viejos se enteran cuando vuelvan ha de caer la tormenta sobre nuestras cabezas. Que no te preocupes. Que eres el mejor compadre que he tenido desde que me tomé la primera cerveza helada. Que me despido. Que páselo usted bien con Diana. Que se cuadre ante nosotros la mismísima Virgen de la Santa Patria Erótica.

Y después amaneció. Como todo. Abrí los ojos. Mi bella novia buscó una nube en mi boca. Su perro también bostezó y nos miró con parsimonia y cierto atisbo de envidia. Qué será si yo no tengo perra y ustedes dos la gozan, andaría pensando.  Tienes los labios de terciopelo, querida reina, maravilla del amor. Cómo lo pasaría el Mezcalito. ¿Quién de los dos le habrá sacado la madre al otro? ¿el mexicano a la argentina o viceversa? ¿alcanzarían el cielo? ¿se cantarían alguna canción antes de entregarse al amor? Y Diana me volvió a besar. Pues tengo tanta ternura para acordarme tanto de la tuya como de la de mi compadre. Qué bueno que tuviera la casa. Que no le importe a mi padre que su despacho fuera un bohío de licor. Qué chamba. Solo era un día. El día de la graduación. Todos juntos. Para despedirnos o acabar con unos cuántos versos nadaístas. El perímetro constante de los poetas. La arrogancia lírica. Ambos lo sabemos. Ella y yo. Pero veamos qué ocurrió con Juan Pedro.

Y vaya si ocurrió. Juntos volvimos la Diana y yo. A desayunar. Abrí la verja como de costumbre. Llamé a la puerta. Y qué sucedió. Juan Pedro que caminaba lento. La argentina prendida de su brazo. Ambos desnudos como la madre que los parió. Decididos a casarse a las primeras de cambio. Él con su rostro cosido a pintalabios desordenado. Y ella, con una media dispersa en la oreja y la otra que le seguía de frente a uno de los zapatos de tacón. Bailando tango a las nueve de la mañana. Que se iban. Que se irían. Que se fueron al final. Que dejo el país. Que no me importa lo que diga la gente. Que si soy un loco sin causa. Que voy a tener con ella más hijos que las balas de Zapata. Que no me olvide. Que así de fácil. Que las mujeres son como el mar cuyas olas no se arruinan. Que los jinetes son para montar a caballo. Que vaya argentina. Que gracias por dejarme las llaves. Que me salvaste la vida. Que bien al perder la chaveta. Que se consumaran las llamas. Y ambos ahí delante nuestro, colgados de la sábana, con la casa llena de heridas después de tan amorosa batalla.

Y Juan Pedro se fue. Tan claro. Tan preciso. Le perdimos de vista. Se largó y no dejó ni las cenizas. Se fueron ambos. Me lo arrastraron. Y fueron tiempos de volver a la universidad. A reunirme con los conocimientos de un doctorado en Puebla. Y nos sacudió la ceguera. A Diana y a mí. Y nunca me cansé de ella. Ni siquiera la noche que, después de cinco años de ausencia, Juan Pedro golpeó de nuevo la puerta. Tan delgado como una urna. Tan seco como un pellejo de piel de cabra. Triste como un pantano. Inquieto como una algarada. Taciturno como un rey abdicado. Y yo, que nunca fui de comparaciones, las fui repitiendo todas. Qué hiciste Mezcalito. Qué onda te traes. Dónde te metiste. Y nos dimos un abrazo. Y entra que no te quedes ahí. Qué bueno que te encontré viejo. Qué bueno que regresé. Y qué te hicieron. Acaso te pusieron de vuelta y media. Aquí vengo con ella. Y Juan Pedro abrió sus hombros y también apareció ella. La argentinita. Más rubia que entonces. Más delgada también. Con cierto apaño de tristeza. Pasen los dos. Y también se sumó Diana. Y qué les pasó. Nos destrozaron. Y por qué. Ya saben, si nos venimos nos matan. Pero no de orgullo, sino porque soy todo suyo y ella es toda mía, y el país no supo pedir perdón y ya sabe, los militares, si no salimos de allá nos hubieran arañado cualquier mañana. Y con más pena que gloria, seguimos hablando toda la noche.

Así es, Juan Pedro. Como esta noche. Queréis volver. Pero qué te diré. Volver para que te maten. Y tú también. Os queréis. Está bien. Por eso dije, entre cierto apaño de melancolía, o de amistad a la antigua. Él me lo recuerda cada noche que me cuenta la historia, y le gusta repetirla. Gracias a mí y a mis llaves. Unas simples herramientas de aluminio tuvieron la culpa. La de color verde oscuro, pintada como la frente de una sierra. Es cierto que en un centenar de líneas no cabe nuestra historia. Apura la copa. Apareció la luz. Amores y dictadura. Nada bueno, pero el amor es loco y nuestra amistad también. Que viva el tango. Que callen los corridos. Que suene el bandoneón. Y así seguimos, durante largas horas, dándole tantas vueltas a la botella como a nuestras vidas.

Y si ustedes me preguntan cómo concluye la historia, si por el fuego o por la lumbre, pues no lo sé ni yo. Quise así, frente a la luna, contar despacio, pero sin amarrarme. Yo soy más tranquilo que Mezcalito. Que fueron cinco años. Cinco años de ausencia. Y ahora que está aquí, vive con nosotros. Que nunca nos dijimos adiós. Que su mujer es muy buena persona, pero que casi nunca habla desde que ambos se cubrieron de hielo ante mi puerta. Le mataron a sus papás. Desapareció su hermano. Y a ella le devolví la huida.

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Amores imposibles

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Amores imposibles.
Conviene cerrar la puerta
antes de referirme a ellos.
Para que vos no escurras el bulto
ni lleves la boca vacía en año nuevo
y te tomes una severa época de luz
y acaricies la dificultad de revolver la memoria
con aquellos caminos inversos en la piel oscura
en los que tejíamos detenciones inocentes y jugábamos
a lo estrictamente necesario, es decir, al preámbulo lleno,
a la esperanza hueca como un tambor de cueca, al azar
de las cerezas blancas, al devenir del trolebús, a la revisión
de los síntomas, a todos esos amores que, en fin, parieron
las circunstancias de tu aroma y nos atormentan esta noche,
cuando vos y yo ya nos hemos ido, y nos barrieron el sudor
con una escoba de muerte, esa en la que rugen los amantes
después de colgar su gemido loco, para que no piensen que
toda muerte es imposible; la nuestra vive después de todo.

Conspiraciones

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Conspiraciones

De mis conspiraciones
solo queda un testamento oscuro
entre la piedra, entre la luz.
Y si regresando, vivo a dos pulgadas
lo que antes sobrevenía en la distancia,
debí heredar un franco deseo,
una legítima proporción de tus pechos

La ternura herrada

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Evaristo observó la cadena que pendía del techo. Tira de la cadena. Para que suelte el agua. Una cadena sigilosa. Casi secreta. Le miran de lejos. El calor incesante. La oscuridad sin paliativos. Un infierno modesto, sin embargo, comparado con el que muchos curan afirmar conocer con todo detalle. Aquí, por lo menos, sustituyeron los rabos y orejas puntiagudas por una inmensa fragua en la que el brazo del herrero fagocita piezas de todo grosor y densidad. Y quienes le miran siguen atentos a cada uno de sus gestos. Esto se hacía así. Y enroscaba el hierro que giraba sobre sí mismo, impenitentemente, hasta concluir en una reja forjada para la nueva capilla de la iglesia. El espíritu santo del hierro. Aunque le pueden llamar Evaristo, a secas, sin golpe de apellido. Rudo como un caballo. Fuerte como un peñón. Bruto como un cañón de alto calibre. Vasco de tenazas tomar. Tan herrero que un día, sospechando que se le escapaban los besos de su mujer, le puso un juego de herraduras a la ternura, de forma que cada vez que se acercaba el momento cumbre con la moza que había conocido en el baile del domingo, al beso le acompaña el trepidante sonido metálico de la ternura herrada. Amores de herrero nunca fallan.