La ternura herrada

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Evaristo observó la cadena que pendía del techo. Tira de la cadena. Para que suelte el agua. Una cadena sigilosa. Casi secreta. Le miran de lejos. El calor incesante. La oscuridad sin paliativos. Un infierno modesto, sin embargo, comparado con el que muchos curan afirmar conocer con todo detalle. Aquí, por lo menos, sustituyeron los rabos y orejas puntiagudas por una inmensa fragua en la que el brazo del herrero fagocita piezas de todo grosor y densidad. Y quienes le miran siguen atentos a cada uno de sus gestos. Esto se hacía así. Y enroscaba el hierro que giraba sobre sí mismo, impenitentemente, hasta concluir en una reja forjada para la nueva capilla de la iglesia. El espíritu santo del hierro. Aunque le pueden llamar Evaristo, a secas, sin golpe de apellido. Rudo como un caballo. Fuerte como un peñón. Bruto como un cañón de alto calibre. Vasco de tenazas tomar. Tan herrero que un día, sospechando que se le escapaban los besos de su mujer, le puso un juego de herraduras a la ternura, de forma que cada vez que se acercaba el momento cumbre con la moza que había conocido en el baile del domingo, al beso le acompaña el trepidante sonido metálico de la ternura herrada. Amores de herrero nunca fallan.

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