Ivonne

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CUENTOS DE FUEGO

XXXIII

Ivonne

Que nos llamen. O que no nos llamen. Que nos divulguen o que no. Nada desdice lo que se vive con la boca hambrienta. Y que nadie venga a decirnos que las noches son como el espíritu de los desorientados. Qué más noche que aquella en la que nos abrimos las fauces en busca de una cerveza negra y afín o de no se cuántos subterfugios para que no te fueras. Y lo intento recordar porque la vida es humo. Es humo y se nos va hasta el fin de los días. Así tengamos prisa por quejarnos de la gracia de ciertos naufragios.

Y si nos llamen y nos divulgan. Lo mismo da. Tampoco nos cuidaremos. Ni pediremos un taxi a las ocho de mañana ni repasaremos lo que no hemos vivido ni alcanzado a divagar en el espejo de nuestra mirada. Acaso no sobreviven los demás. Acaso así sobreviviremos nosotros. Repitiendo el mismo verbo. Con alguna diferencia. Cuando nos venga en gana. Así tengamos que cantarles una nana por habernos divulgado. Que nos quiten lo preciso. Y que nos colmen de lluvia. Sí. De lluvia. De esa eterna longevidad que poseen las gotas de agua. Y que dancen. Y que motiven tu regreso. Y que alberguen tu vuelta. Y que nos somaticen con su perfume. Que encallen en tus hombros. Que mi boca las absuelva por disputarse mi saliva.

Y si no nos llaman seguiremos siendo un secreto. Permaneciendo en el más absoluto carnaval de lo desconocido. En algún cumpleaños de jóvenes oscurantismos. En algún asiento de tu falda. O de alguna nube cabal que se posó en tus ojos y navegó con alevosía por tu desnudez blanca. Qué mas da. Solo yo lo sé. Y aquí se aquieta. Y se suscribe. Y te repaso. Y no se trata de promesa alguna. Sino de vida. Vida para saberse. Vida para sobrevivir a tu mordisco. Y no es otoño. Sino que estás aquí y no pides más que un beso revelado.

Y no somos candela pero igual nos hemos prendido. Aunque te fueras a medianoche y no me reconocieras entre la sagacidad de los adverbios. Y aunque tomaras alguna calle revuelta por alguna cuadra o por algún aviso. Que usted duerma bien. Que descanse. Que nos dejen en paz. Que son unas pocas avenidas hasta aproximarme a la ventana de mi madre. Desayuno de caldo de patas con alguna borrachera en la servilleta. Pero así es. Ahora que no estás. Ahora que nadie nos divulga sino que lo hago yo y soñamos con índole de no haber despertado nunca de aquella noche en que marcaste un destino tan álgido como el precipicio de un acantilado.

Y así nos han dejado. Así estoy yo. En plena cubierta. Con el camarote desnudo. Para aprehenderte despacio. Sin aventura. Sin problema por los compromisos personales. Con esa libertad negruzca que escupe el destino. Esa dulce ternura abierta entre tus piernas. Sin el síntoma de haberte querido rápido. En la proa de tus pechos. La espalda blanca. Lejos de los escombros que nos hubieran apagado. Por las calles en las orillas del río Mapocho. Ni Neruda ni Gonzalo Rojas ni Roberto Bolaño ni otras obvias lindezas del verso o del precio de la narrativa. Se trata de ti. Fuera del alcance de toda literatura.

Por eso te prendí despacio. Porque en la vida que de por sí es un largo desierto hacia la nada hemos de quemarnos juntos. De amarnos de forma lúgubre, quiero decir, como si el amor fuera un asunto de terroríficos abrazos, al margen de tanta ruina grisácea en que nos hemos apañado el conocimiento de nuestra piel. Un amor sostenido por el simple hecho de que desnuda eres como la melodía de un loco.

Y no es ese mi problema. De hecho no hay mayor problema que no vivirlo. Por eso lo vivo. Y no hay mayor desconsuelo que no hacerlo. Por eso hemos ser lo que no hemos sido antes. Y ahí te vienes. Y yo me vengo. Con este beso tan cegado por el hambre. Nos venimos ambos hasta que de llamarnos, o de no llamarnos, de divulgarnos o de no haberlo hecho, no son más que sinceridades mucho más informales y atentas a nuestro pecado.

Algunas certezas

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Somos la certeza de aquí mismo. El resto es polvo. Polvo de lo que no sabemos. Y mientras tanto vivimos. De mañana. De noche. El caso es que vivimos. Somos conscientes y eso es todo. Del resto no tenemos ni la más desapacible idea. O a lo mejor, se trata de la misma certeza de aquí, pero acerca de allá. Es que nadie regresó por los mismos entrometidos camino y, después de tantos siglos sin que nadie aparezca tangiblemente, es muestra suficiente para desterrar toda idea de buena vecindad acerca del otro lado.

Memorias de Quito

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Llegué hace once años.
Sin un perfume concreto.
La luz me sangraba en los ojos.
Supongo que de tanta hambre
o de tamaña firmeza con la cordillera.
Llegué y lo primero o lo último,
nunca lo supe, o quise ignorarlo,
o temblaron las fauces de Quito,
o me dejaron suelto en los páramos,
o la vida que fue una caricia con el viento,
y de tanta pena, y de tanta alegría,
y de tantas capillas, y de tantas venas,
me vino el amor entre tantas conjunciones
y me olvidé de los tantos años que nosotros
hemos construido, el país y yo, la gente y sus olores,
el son de la cuchara y el correr de los ríos
a veces sucios entre las quebradas.
Llegué con la sombra de una rosa en las alturas
y de como estuve a como me siento ahora
déjame que te cuente, que te encadene,
que te libere de las cárceles, que te sonría,
que te reviva la piel, que deslave tu dolor,
que corramos junto a las tormentas,
que dejemos nuestros muertos
en los ojos y vivamos conciliando
las ausencias, y que todo nos pese,
déjame que todo nos pese
en el denso corazón.

La crisis de las palabras

No tenía nada en mente. A decir verdad. Hilaba sobre el mar y solo un espíritu naufragaba. Escucho lo que no existe o trato de hacerlo para simplificarme. Trato de asombrarme por cualquier idea que no fuera preconcebida. Pero resulta que, de repente, quien se va nos deja un cráter en la garganta. Y ni siquiera las cuerdas vocales son capaces de lamentarse o cubrir ese espacio vacío. Y es así la vida. Y los zumbidos de los caballos. Y los viejos puñales que siempre están a nuestra espalda esperando el día menos esperado. O cuando tenemos la suerte de esperarlo y de llegar a viejos aceptamos el ciclo, con grave satisfacción o cierto lucro incesante o con las raíces de la mañana. Sucede que no lo tenía mente. Ni esto ni lo restante. Sé de dónde vengo porque me parió mi madre. Y después tropecé con la palabra. Y me llevé un susto de espanto porque la palabra no es un modo de vida en plena crisis de las palabras. Por eso repetí cuántas veces las palabras, a ver si de tanta redundancia se quedan.

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La luz incierta

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Mirando lo que fui
desde la sombra de lo sido
paseas sobre mí como si fueras la sombra de un viejo manillar,
vida que antaño se traducía en moneda ingenua o
en bocas que velaban el agua de los charcos con una llama,
aunque ahora supiera irme sin decir nada
y matarme despacio con una semilla de piedra,
porque estoy despierto y no sé cuánto,
y la luz es tan clara y relativa que
no se puede confiar en ella
más que en el puro instante
de abrir los ojos.