Las mañanas de Quito

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Las mañanas no se han disuelto todavía. Se hagan en una parte. O se hagan en otra. Se realicen junto a ti o después de ti. Hay mañanas que saben a gloria mientras que otras te dejan con una duda soberana acerca de la presunta bondad ajena. No sé si todos son lo que parecen o nada parece como lo que es. Antítesis. Contradicciones de los rayos del sol. Carros que se duermen en la vereda de un parque. Ciudades que no se asemejan salvo en la poca pulcritud con la que se apiñan los barrios, las casas, las fronteras de concreto, las azoteas de alambre desordenado o los viejos vestigios de los últimos arrabales que van extendiendo las garras sobre los extremos de la ciudad.

Sé que tenemos algo de observadores y hasta bien poco de oteadores. Miramos apenas más allá. Nos quedamos con lo acontecido en el primer metro cuadrado de superficie y el resto nos importa un carajo. Lo mismo las mañanas. Lo que se observa. Qué más dará las mañanas si todas son lo mismo. Uno se levanta. Se viste con coraje. Se alimenta de café. Toséecomo una tormenta resfriada y se encamina al despacho, o a la obra, o a la luz de la biblioteca, o al jardín de infancia, o a dejar al hijo a la escuela, o a meterse en una acordeón de gente, o a dejar que sigilosamente alguien le raje el bolso en sinónimo de cesárea y se lleve todo lo que contenía.

Carezco de certezas por si acaso. Así vuelve a tus labios. Así regrese a las mañanas. A esas que se van despacio. Y es que la vida, cada vez, transcurre más deprisa y a ratos el sueño me invade y de un momento a otro tú yo sabemos que nos queda menos vida que el olor de una ventosidad azarosa o tal vez más vida que el sueño de un lagarto o vida tenue como el sabor de la ironía. Quién lo sabe también ignoramos. Solo nos pervive la incuestionable falta de compasión del viento. Así que dejemos que las mañanas sean toda una sorpresa.

Sorpresa para sorprendernos. Valga la redundancia además del afecto. Mañanas que si no nos atosigan, hemos de verla en la fortuna de su excepcionalidad y carácter único. Cada mañana sopesa la diferencia de la anterior y viceversa y posterior. Cada vez que levantes el ojo al despertar, has de saber que es un ojo renovado, o más cansado, pero otro ojo al fin y al cabo. Es como cuando un perro menea la cola en señal de aprobación o respeto. Así las mañanas menean su resabio a través de las ventanas y conforman el señuelo de nuestra esperanza.

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