La crisis de las palabras

No tenía nada en mente. A decir verdad. Hilaba sobre el mar y solo un espíritu naufragaba. Escucho lo que no existe o trato de hacerlo para simplificarme. Trato de asombrarme por cualquier idea que no fuera preconcebida. Pero resulta que, de repente, quien se va nos deja un cráter en la garganta. Y ni siquiera las cuerdas vocales son capaces de lamentarse o cubrir ese espacio vacío. Y es así la vida. Y los zumbidos de los caballos. Y los viejos puñales que siempre están a nuestra espalda esperando el día menos esperado. O cuando tenemos la suerte de esperarlo y de llegar a viejos aceptamos el ciclo, con grave satisfacción o cierto lucro incesante o con las raíces de la mañana. Sucede que no lo tenía mente. Ni esto ni lo restante. Sé de dónde vengo porque me parió mi madre. Y después tropecé con la palabra. Y me llevé un susto de espanto porque la palabra no es un modo de vida en plena crisis de las palabras. Por eso repetí cuántas veces las palabras, a ver si de tanta redundancia se quedan.

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