Quitarme la corbata

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Quitarme la corbata
es un gran alivio.
Al término de la noche
mi cuello se despoja del mundo
que tanto descrédito y pobreza trae en sus manos.
Es como si mi piel se liberara de una dura soga
que durante el día ahoga los continentes
y me somete al trágico trámite del silencio.
Solo después, en la oculta patria de tu instante,
de tus ojos, de tu figura ebria, del viento que me asombra,
tu dulzura se encuentra con mi ser,
y me dice cómo debo nombrarte
sin polémicas, sin escenarios,
tal y como nos hemos observado
parpadeando en lo oscuro.
Así te llamo exactamente.

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Vivir en Quito: una profesión contradictoria pero jodidamente bella

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Tengo una época de cierto desapego literario. Escribo más de lo que leo. Me ufano en buscar nuevas palabras. También tengo que afirmar que mi creatividad no está domada. Tal vez esté descansando o adoptando otro punto de vista. Tal vez sea así. Vivir lejos exige un notable esfuerzo de observación. El tiempo se invierte en no perder las raíces y seguir estando pendiente de lo que sucede en Euskadi, así como en lo inevitable del devenir de este país, Ecuador. El ejercicio es cansado pero imprescindible. Necesario. Útil. Varias miradas convergen en la misma realidad. Y de algo de lo que carezco de es credulidad. Es decir, me niego a ser un borrego, fuere para uno o para el otro lado. No sé por qué todo tiene que ser como te dicen y no como tú piensas. Porque aquí hay cierta tendencia a privarte del libre pensamiento, o al menos a gozar de él mediocremente, o que te busquen las cosquillas por decir verdades incómodas que puedan despertar las conciencias ciudadanas de por sí manipuladas, enfrentadas, anuladas o parcializadas.

En este contexto variado, decepcionante u oportuno para los grandes cambios, mucho que temo que el compromiso social de un escritor o de un periodista no valen mucho. Estás condenado a repetirte como un parlante, a mentir como Pinocho con un par de copas de más o a mediar entre la independencia y la salvación profesional. Lo ideal sigue siendo remar en otros ámbitos profesionales y dejar el periodismo para las utopías o ejercerlo de forma independiente, porque es la única garantía de no acabar siendo un endeble escribano de lo que te dicen que has de escribir que no es lo mismo que sucede en la realidad.

De tal guisa, solo me apetece escribir a contracorriente. Con calma. Con la vista a largo plazo. Sin privarme de la libertad. Lejos del negocio literario que te hace egoísta. Es decir, demasiado pendiente de publicar. Creerte que eres un profesional de palabra a partir de la media docena de obras publicadas. El esfuerzo es más aprovechable y fértil en el lento transcurrir de las aguas. Es decir, hay tanto que leer, que aprender, que conocer… y no tanto que aplaudir.

Sucede que, en la vida, como en todo, nada viene con un brazo bajo el pan, y hay que construirse, a ser posible en la constante búsqueda del equilibrio. Y cada día nos toca lidiar con el peor toro, o bailar con la más fea. Y en éste punto, tal vez venga algún antitaurino a pedirme explicaciones por la metáfora con cuernos del enunciado anterior, o vendrá alguna feminista a denunciarme por semejante atentado contra la igualdad de género por eso de bailar con la más fea. Es que pesa un grandísimo desconocimiento sobre la connotación de la lengua y, desde luego, ser escritor es la mejor forma de ejercer cierta libertad, aunque no vivas de ello exclusivamente.

En este contexto, y cuando llevo casi quinientas palabras, Quito sigue siendo un hervidero peculiar para que den a luz estas u otras ideas. La imagen de un volcán sobre cuyas laderas trepan algunos barrios, sin mayor ministerio que el asegurarse un techo y una sombra para dormir. Una mole que me recuerda a la montaña de mi tierra. Sin ánimo de comparaciones. Solo con el síntoma verde que asoma por los ojos de mi ventana. Así fuere en el norte. Cerca del parque de los Recuerdos. Calles dormidas. Un viejo cementerio que a mí así me lo parece. Que ignoraba que estuviera allá con miles de almas que han sucumbido ya a los recortes vitales. Y los que estamos aquí seguimos soñando pesadillas a pierna suelta. Un árbol en medio. Ignoro de qué tipo. Como quizás presentando el noticiero de los que estamos vivos. Asomado yo sobre la baranda de un paso peatonal, un par de metros por encima del autobús más elevado. Vivir de por sí ya es una profesión contradictoria pero jodidamente bella ¿no creen?

El oficio

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El oficio del mar es tenue. No se lo imaginan. Abre sus puertas a las siete menos cuarto. Quizás en otra vida atendía al hecho de que a esa misma hora, como el fiel reflejo de un espejo, la bocina de una camioneta anunciaba cilindros de gas o bombonas de butano mientras emergía y daba la vuelta a la calle y se asombraba ante el próximo semáforo. Así, el mar se sintió capaz de emitir ciento cuarenta bostezos, arreglarse el pijama, sonreír a pelo y negociar con el panadero la pronta apertura de sus muelles, mucho antes de que el mencionado diera harina para un horno rezagado.

Quiromancia para un hombre despierto

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Deberías saber que mi tristeza no está subvencionada. Es decir, que por existir no le dejo mayor evidencia que ciertos minutos de arraigo y posterior desaparición. Llama a la puerta a ratos. Es inevitable. Duerme lo que le da la gana pero cuando despierta, solo dios sabe el paradero de tanta melancolía. Lejos. Cerca. Desde el otro lado. El sol tenue. Los rincones improvisados. Así que de un tiempo a esta parte solo me inventé un terreno posible: leerte el relieve de las manos. Una suerte de quiromancia ante el ímpetu de las interpretaciones. Detrás de unos gramos de tristeza prevalece la necesaria complementariedad de tus ojos.

LA AMANTE DE LAS OLAS

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Tu historia y la mía. Sencillas. Aparentes. Dan para algo más que para una lengua. Y si afirmara la nuestra. Que se construyó como un desvío. En apariencia. Una noche en la que aprendí a dar más de lo necesario pero menos de lo que me apetecía. La noche de tu cumpleaños. Divina como la sonrisa de una esquina. En el altiplano de aquel bar. La cerveza negra. Aprendiendo con la espuma de aquella cebada aleteada. Así nos construimos. Breves. Concisos. Una hermosa dama sin escenario. Silenciosa. Discreta. Demasiado para mi gusto. Y yo atenazado por la incertidumbre. Pero con calma que la desdicha no se cena temprano. Sonreíste. Y cada uno volvió a su ciudad. Para no darnos contra ningún lamento. Una historia en cada provincia. Tú allí. Y yo acá. Apenas nos divisamos en el espejo mientras tanto. Los fines de semana te quedabas a cuatro horas de mi autobús. Y yo feliz del buen retorno. De que regresaran los lunes o martes para ver asomar la dulzura de tus cabellos por las orillas de mi habitación, pero antes sentada en la mesa sin condición, sin solicitar nada, con esa lengua callada que no juzga salvo al término de la cena, porque convenía la solícita exploración de mi cuerpo. Y yo levitando. Por las historias que se pelan por separado para luego yacer desnudas la una junto a la otra. ¿Pero  por qué las olas? ¿por qué un mar compromisario? ¿por qué de repente salté a otro istmo y reventé el párrafo de tu boca? ¿por qué la sal en vez de tu injerto de azúcar? ¿por qué las historias tiemblan? ¿por qué los aparatos de teléfono no nos llaman? Será porque compartes con ellas una leve característica: vienes y te fuiste, dejándome una enredadera blanca en el pecho.