El oficio

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El oficio del mar es tenue. No se lo imaginan. Abre sus puertas a las siete menos cuarto. Quizás en otra vida atendía al hecho de que a esa misma hora, como el fiel reflejo de un espejo, la bocina de una camioneta anunciaba cilindros de gas o bombonas de butano mientras emergía y daba la vuelta a la calle y se asombraba ante el próximo semáforo. Así, el mar se sintió capaz de emitir ciento cuarenta bostezos, arreglarse el pijama, sonreír a pelo y negociar con el panadero la pronta apertura de sus muelles, mucho antes de que el mencionado diera harina para un horno rezagado.

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