Vivir en Quito: una profesión contradictoria pero jodidamente bella

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Tengo una época de cierto desapego literario. Escribo más de lo que leo. Me ufano en buscar nuevas palabras. También tengo que afirmar que mi creatividad no está domada. Tal vez esté descansando o adoptando otro punto de vista. Tal vez sea así. Vivir lejos exige un notable esfuerzo de observación. El tiempo se invierte en no perder las raíces y seguir estando pendiente de lo que sucede en Euskadi, así como en lo inevitable del devenir de este país, Ecuador. El ejercicio es cansado pero imprescindible. Necesario. Útil. Varias miradas convergen en la misma realidad. Y de algo de lo que carezco de es credulidad. Es decir, me niego a ser un borrego, fuere para uno o para el otro lado. No sé por qué todo tiene que ser como te dicen y no como tú piensas. Porque aquí hay cierta tendencia a privarte del libre pensamiento, o al menos a gozar de él mediocremente, o que te busquen las cosquillas por decir verdades incómodas que puedan despertar las conciencias ciudadanas de por sí manipuladas, enfrentadas, anuladas o parcializadas.

En este contexto variado, decepcionante u oportuno para los grandes cambios, mucho que temo que el compromiso social de un escritor o de un periodista no valen mucho. Estás condenado a repetirte como un parlante, a mentir como Pinocho con un par de copas de más o a mediar entre la independencia y la salvación profesional. Lo ideal sigue siendo remar en otros ámbitos profesionales y dejar el periodismo para las utopías o ejercerlo de forma independiente, porque es la única garantía de no acabar siendo un endeble escribano de lo que te dicen que has de escribir que no es lo mismo que sucede en la realidad.

De tal guisa, solo me apetece escribir a contracorriente. Con calma. Con la vista a largo plazo. Sin privarme de la libertad. Lejos del negocio literario que te hace egoísta. Es decir, demasiado pendiente de publicar. Creerte que eres un profesional de palabra a partir de la media docena de obras publicadas. El esfuerzo es más aprovechable y fértil en el lento transcurrir de las aguas. Es decir, hay tanto que leer, que aprender, que conocer… y no tanto que aplaudir.

Sucede que, en la vida, como en todo, nada viene con un brazo bajo el pan, y hay que construirse, a ser posible en la constante búsqueda del equilibrio. Y cada día nos toca lidiar con el peor toro, o bailar con la más fea. Y en éste punto, tal vez venga algún antitaurino a pedirme explicaciones por la metáfora con cuernos del enunciado anterior, o vendrá alguna feminista a denunciarme por semejante atentado contra la igualdad de género por eso de bailar con la más fea. Es que pesa un grandísimo desconocimiento sobre la connotación de la lengua y, desde luego, ser escritor es la mejor forma de ejercer cierta libertad, aunque no vivas de ello exclusivamente.

En este contexto, y cuando llevo casi quinientas palabras, Quito sigue siendo un hervidero peculiar para que den a luz estas u otras ideas. La imagen de un volcán sobre cuyas laderas trepan algunos barrios, sin mayor ministerio que el asegurarse un techo y una sombra para dormir. Una mole que me recuerda a la montaña de mi tierra. Sin ánimo de comparaciones. Solo con el síntoma verde que asoma por los ojos de mi ventana. Así fuere en el norte. Cerca del parque de los Recuerdos. Calles dormidas. Un viejo cementerio que a mí así me lo parece. Que ignoraba que estuviera allá con miles de almas que han sucumbido ya a los recortes vitales. Y los que estamos aquí seguimos soñando pesadillas a pierna suelta. Un árbol en medio. Ignoro de qué tipo. Como quizás presentando el noticiero de los que estamos vivos. Asomado yo sobre la baranda de un paso peatonal, un par de metros por encima del autobús más elevado. Vivir de por sí ya es una profesión contradictoria pero jodidamente bella ¿no creen?

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Un comentario el “Vivir en Quito: una profesión contradictoria pero jodidamente bella

  1. Txikito dice:

    Librepensante?. Uno puede pensar lo que quiera, pero de ahí a cambiar cosas arraigadas y preestablecidas con el poder de la pluma, eso es algo cuando menos quijotesco y ralla lo quimérico. Si Dulcinea no quiere va ser complicado hacer que cambie de opinión.
    Por cierto, te consideras tolerante ante opiniones divergentes a la Tuya?

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