Consejos de caminante para una tarde en Quito

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No dejes que la tarde caiga sobre ti. Mas bien debes ser tú la que caiga sobre la tarde. Procura tropezar con el viento. Es frágil y se mezcla por las bocas de la muchedumbre. Hay viajeros de todo tipo. Los que concuerdan con tu presagio. Los que llevan un empaque de voz y te ofrecen artículos sin prole. Viajeros con casi todo menos con una flor en los labios. Es frecuente que de cada tres pasos uno huele a orina, otro a empanada de viento y el último a dulce caliente de morocho. No te detengas. Contempla el trajín que se traen los comerciantes mientras caminas. Si has de reparar en detalles, hazlo sin que se quiebre demasiado la mirada. Las cabezas lentas son las más deseadas por los ladrones menos perfumados. Así no caerás de bruces ni huirán espantados personajes que no conoces en la penumbra. Y escucha. Sobre todo escucha. Las lenguas al unísono. Almas parlantes que se entretejen en un desorden que a ellos les parece placentero pero que, a ratos, te resultará ligeramente sórdido o cuando menos bullicioso. Escucha hasta encogerte sin necesidad de reducir la estatura de tu cuerpo. Sé una metáfora o un cuerpo invisible para ti misma hasta que den las cinco y veinte de la tarde. Entonces deberás correr cuesta abajo, lentamente, arrastrando una corona de rumores y centros comerciales. Porque a partir de esa hora los cabellos menguan y en ciertos corredores asoman los perros perseguidos por otros perros, y es hora de volver a casa.

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