La voz no importa

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Aquellos pueblos donde la voz no importa. Aquellos pueblos… ¡donde la voz no importa! Los que fueran. Aquellos pueblos donde las aguas del canal transcurren mansas, como una guitarra recién dormida sobre el cieno de su lenta corriente. ¡Ay de aquellos pueblos! Son flores que se desgajan en la cara de los mártires. De tantos mártires sentados junto a los caños todavía frescos de la fuente. ¡Ayer murió Honorato! Así se duele uno de ellos, llevándose a la gorra el sudor de la campiña. ¡Ayer murió, y con él su voz! Nadie pregunta nada. Ni de qué ni cómo ni por qué. Se lo llevaron a punta de una breve hilera de vehículos, en su mayor parte envejecidos, detrás de aquel yate fúnebre. ¡Un barco de tierra que se perdía en el horizonte, con la voz de Honorato dentro encarcelada! El mártir sollozaba. Su hermano había sido marinero. Sí, marinero. ¡De cuántos naufragios le había salvado en aquellos temporales de la guerra! Y ahora se fue en silencio, como un gato de alcoba. ¡Ay de la voz! La voz no importa.

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El don de Margarita

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Margarita posee el don de la ubicuidad. Ella me leyó una cita acerca de Sefarad, cuando aún en mis manos se desplegaba el matiz aceitoso de un océano de patatas, recién cocinadas y dispersas como rocas desordenadas por el sacrílego plato. Margarita había entonado con su voz aquella cita tan capital y capaz de desnudar el intelecto del cocinero, más preocupado por coronar con legumbres su propio sueño. Pero ella me ubicó, de una forma cuya en la distancia presumí como necesaria para orientar mi curiosidad hacia su boca, pues ya no era Margarita sino una nueva sirena para mi ambulancia hambrienta.

 

CUENTOS DE FUEGO: El otro sueño del sacristán.

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A Eva Luna D.

Los sueños son humanos en la medida que los padecemos. Eso les enseño. Que soñar es consustancial a grandes y pequeños. Lo mismo en verano si están de vacaciones, las caléndulas en flor y ellos aprovechan a ayudar en la vendimia o en el arreo de algunos burros, así como en invierno, cuando nos acompaña el traqueteo de la estufa en el centro del aula. Sueños que les encantan y por arte de encantamiento dejan los ojos en cada una de mis palabras.

Ellos sueñan arriba y abajo, de día y noche, despiertos y con los ojos plenamente cerrados. Comen sueños. Los cenan. Se los intercambian entre pan y pan, junto con la cebolla o la gran tajada de queso en el mejor de los casos. Epidemia de sueños que parece endémica de este pueblo, hasta tal punto que hube de preguntarle al alcalde, al poco de comenzar el curso y recibir la visita de autoridades, obispos y un par de monjas con crucifijo. “Qué hubo con los sueños, señor Esteban, que todos los padecen como pendones de guerra”. El alcalde se encogió de hombros y sólo devolvió una sonrisa cómplice a Herminia, el ama de llaves de la vieja casa donde me habían alojado. “Que te cuente ella, para que sepa de buena tinta que los sueños de marras son tanto del pueblo como del pavimento de canto rodado que usted pisa cada mañana”.

En tales circunstancias me enteré yo que la casa donde moraba tenía buena culpa de todo aquello. Herminia me tomó del brazo mientras me acompañaba de vuelta por callejuelas perduradas, de uno a otro barrio. “En los Balbases a los sueños hay que tenerles buen cuidado, pues desde los tiempos del sacristán Teódulo corren los vientos de que lo soñado ha de cumplirse precisamente aquí y no en otra parte”.  

A resultas que el tal Teódulo había vivido unos lustros atrás sobre tales costales de mi casa, misma que el arzobispado de Burgos levantó en su día para ponerla al servicio de párrocos, diáconos y monaguillos. La insuficiencia de vocaciones y la falta de vino en las eucaristías la dejaron sin uso y el ayuntamiento la compró para alojar en ella a los maestros itinerantes que, como yo, nos quedamos de año en año.

Acerca del sacristán de marras, decían que estaba loco y tenía cada pierna de un diferente tenor, la una clara y la otra teñida de bermejo como el adobe. Para colmo, entre misa y misa no tenía otro sermón que afirmar su trigésimo tercera reencarnación y, como prueba de ello, descolgaba las simpares piernas al mismo tiempo de contar la historia desde el púlpito de rigor.

“¿Saben? En otra vida fui igual de sacristán que ahora pero moraba en Roma, la ciudad eterna por donde el Tiber santiguaba mis flacas y entumecidas piernas, una de las cuáles tenía carcomida por no sé qué diablo.

Como Dios se torna aventurado en sus buenos oficios, todos los días iba a rogarle para que intercediera ante San Cosme y San Damián. Allí me vieran postrado en la banca, como un triste jilguero en busca del canto perdido. Pero una noche en la que previamente habíame encarado hasta con el Espíritu Santo soñé que aquel par de santos serraban tan maltrecha pierna y en su lugar me dejaban otra extremidad dotaba de más brío que un galgo descompuesto, y avino a ser el miembro de un herrero negro recién enterrado en el cementerio y del cual había ayudado a oficiar misa de difunto.

Cuál fue mi sorpresa que al despertar por el vuelo de una avispa tempranera, me encaramé de súbito con una alpargata en mano y al levantarme sobre el lecho sentí que mis piernas funcionaban como si hubieran recibido la bendición y trote, aunque una era la mía y la otra de tenor oscuro y perfil etíope.

Qué regocijo fue para el alma sentir que Dios me puso en el sueño al par de santos con otra pierna recién parida. Esta la que ven, por obra y bendición del cielo. 

Porque la vida no es sueño, ni los sueños son tales, así Calderón de la Barca se atreviera a llevarle la contraria a Dios. Nunca lo olviden. A fe mis piernas”.

Algo así aquella historia, la cual parece se pegó a esta casa como cal en las paredes y si bien Teódulo desapareció sin dejar rastro en el interior de las bodegas, tales sueños permanecieron merodeando por allí y no fueron pocos los que dijeron soñar y al día siguiente les valió tal sueño, tanto a higos como a brevas. Y de ello me advirtió Herminia al despedirse. “No se olvide, que si sueña algo bueno seguirá los designios de Dios y le pondrá media docena de cirios a San Esteban en la iglesia”.

Qué le iba a responder yo a la anciana, que de tan buena era capaz de convencerte sobre la certeza de cualquier santo, pues yo venía de familia poco amiga de casuchas y báculos. Que de soñar roncando y ser el sueño pródigo, había que ponerle velas a un simple retablo o al dolor de un figurante de madera, “so pena de devolverte el cumplimiento de una pena contraria al designio soñado, según palabras del sacristán Teódulo”, en palabras del alma cándida de Herminia.

Después de todo aquello, pueden imaginar mis ojos y destellos. Seguí entrando y saliendo con los libros empolvados, viendo correr el agua del arroyo antes de que entraran los chicos a juicio de la campanilla. Una casa con aureola de sacristanes con una pierna de cada guisa, y que los candeleros dedicados a San Esteban guardaban el rastro de cientos de velas en razón de cada sueño que los merodeadores habían sentido su respectivo canto, inclusive las de Casimiro que había soñado que recuperaba la vista y efectivamente, al día siguiente vio tan clara su efigie en el espejo de una gota de lluvia que le dio las gracias al santo cientos de veces hasta que fue a cambiarse de nombre al Registro de Civil de Pampliega, porque ya no casi miraba sino que miraba del todo. Válgame tanta superchería de todas formas.

Hasta que ayer tuve un sueño. Un sueño de verdes relámpagos. Soñé que era Adán, más Adán que ninguno, con una hoja de pudor cubriéndome la solapa del prepucio. Soñé que dormía plácidamente a la sombra de la morera en la ermita de la Virgen de Vallehermoso. La siesta del maestro, pues ya saben que los críos le dejan a uno traspuesto después de tanta geografía, océanos, quebradas y alcores que señalarles ante el mapa de la comarca, para que luego salgan todos en tropel camino de uno u otro barrio, a matar el hambre que no les dejo socorrer.

Yacía a media penumbra con el ventanal del campo abierto. Adán reposando de los rigores de la creación. El sol perplejo. La humareda del rebaño regresando a los rediles del horizonte. La Iglesia de San Esteban casi cubierta entre la maleza de los viejos chopos.

En tales circunstancias, sentí una sombra acercándose. Al principio pensé yo o Adán, que aquello era un proceloso botijo de agua para el primer hombre de Dios, tan sediento que estaba después de haberme comido cuatro arenques compaginados con una hogaza de pan. Pero la sombra fue tomando forma y mi  piel erizándose como manantial de sangre. Aquella sombra se transformó en una mujer desnuda. Blanca y voluptuosa. De pechos firmes y bien florecidos. Con un par de planos enrollados bajo el brazo. Más rubia que pan candeal. Piernas de buen rigor. Flotando levemente sobre el verde manto.

Aquella desnudez tan renacentista me ordenó que “Adán ven acá”. Y yo que le fui a responder. Que sí maestro pero que no Adán. Su boca no me dejó digerir nada que la contrariara. Ella sonrió y me tomó del brazo y no sé de qué forma, sentí que también me decía que era Eva en busca de su Adán dormido.

El resto no les cuento, porque me dejó presto al desmayo en el borde de la cama, y tan sudado y perplejo que desperté. El sueño tan tangible y descarado que bien podía pensarse que verdaderamente alguna mujer del pueblo se había colado por la ventana mientras dormía y en un rapto de carnal engaño me dejara recado tan intenso y apocalíptico. La molienda de los músculos. El artificio de las posturas. El reguero de interminables pormenores. Una Eva desnuda que se me había presentado en sueños y dejado hasta sin apellido. Sus labios ardientes. Los susurros de la creación. Ven maestro. Ven Adán.  Y en medio de todo el timbre de la casa, al que a duras penas acudí restándome toda la humedad de las sienes y el pecho con una toalla azulada, sin que el sofoco se me hubiera pasado hilando las ruecas de tanta excitación. Era la Herminia.

“Mire usted que aquí viene el arquitecto con los planos de ampliación de la escuela que había pedido al señor alcalde”. Cierto que se me había olvidado aquella solicitud, de tantos niños nos hacíamos humo con tan poco espacio, aunque la muy granuja había llamado en el momento menos oportuno. Pero miren ustedes mi tamaña sorpresa que, al alzar la vista y dirigirme al presunto arquitecto, era la misma, ¡carajos!, la misma Eva que me había zanjado los presupuestos de mi pecho en el sueño inmediato. Igual de rubia. La misma sonrisa. Calcado canalillo entre la blusa. Sus ojos mirándome tan profundamente como el golpe de una aldaba. ¡Primero las velas al santo, Herminia! ¡Las velas al santo!

 

 

 

 

DÓNDE QUEDO EL FRÍO DE LOS ANTIGUOS HOGARES

CRÓNICAS DEL HOGAR

Cuando hace tanto frío es difícil comenzar con una crónica. Sobre todo por estos lares donde el calor es como una moneda de curso legal un tanto anticuado. Me refiero a temperaturas muy por debajo del grado cero, de las que nos quejamos ahora, en pleno goce del invierno. Hace tres décadas eran plato de entremés en toda comida, y no digamos cuando nuestros padres nos dicen que en esos pueblos de Dios, donde el frío poseía la envergadura de un oso de las cavernas, podían pasarse un par de semanas incomunicados.

En la actualidad, la cuestión de la incomunicación solo es cuestión de unos días y en las órbitas más apartadas de la península: algunas localidades sueltas y singulares de la cordillera cantábrica, por los Picos de Europa, Somiedo, o las crestas limítrofes y equidistantes entre Castilla y Asturias, así como lo propio de los altos cerros pirenaicos,

Dicho sea de paso, la incomunicación emigró. Dejó aquellos despoblados y ribazos ateridos y se pasó al canal de las relaciones humanas y de las grandes ciudades, donde la  goza de una popularidad digna de jugadores de fútbol. Allí la incomunicación es un parapeto, un burladero, una baranda donde toda la gente se apoya pensando que se relaciona socialmente.

Aunque no se crea, las relaciones interpersonales están cubiertas de una pátina de aparente majestuosidad y convivencia, ahí fuera, en las calles, en el metro, en el kiosko, en el supermercado, en los bares y, sobre todo, en los protocolos de oficina, cuando en el fondo nos importa un pito cómo esté la contraparte.

Todo está sujeto a un convencionalismo, a una ausencia de hogar y, se han perdido gran parte de las circunstancias de antaño, cuando el frío era precisamente el que engendraba el espacio para estar cerca del otro, sentado a la brava, muy cerca de los rescoldos, de la ventana, de la impotencia del frío por hacerse paso por entre los muros acaudalados del caserío, bajo la campana, al lado de un humilde y pobre caldo insuficiente para toda la familia, pero testigo de los que estamos ahora mismo vivitos y coleando.

Cuántos caldos han sido nuestra fuente y observación. Sin ellos no sería posible la energía que propicia los actos carnales necesarios para que los nietos sigan en pie. Tales actos tampoco serían concebibles sin el humo del hogar, aunque me digan que en los pueblos lo carnal era más austero y huraño, por eso de la necesidad y de que era la única antítesis de la pobreza.

El hogar, para lo bueno y para lo malo, aunque abandonado ahí está, haciendo gala de una sinceridad propia y amenazada por las crisis de ejemplaridad que se vive en mi país. De esa crisis de la que se quiere separar a muchas instituciones públicas, y reducirla a la persona particular que comete perjurio, robo, malversación o hurto de cabezas de ajo. No es posible reducir a tamaña cosa acciones de tanta envergadura, que son inconcebibles sin la complicidad de muchos, mientras el resto de paisanos, los que nos jodimos de frío entonces y ahora, no tenemos otra que arrimar las manos a las ascuas que queden. Y si no que nos registren, pues solo podemos esconder lo mismo que mostramos: un hogar que se pierde poco a poco en la ruina de otros tiempos.

LA TIERRA DE ALVARGONZÁLEZ (Antonio Machado)

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VI

Llegaron los asesinos
hasta la Laguna Negra,
agua transparente y muda
que enorme muro de piedra,
donde los buitres anidan
y el eco duerme, rodea;
agua clara donde beben
las águilas de la sierra,
donde el jabalí del monte
y el ciervo y el corzo abrevan;
agua pura y silenciosa
que copia cosas eternas;
agua impasible que guarda
en su seno las estrellas.
—¡Padre! —gritaron; al fondo
de la laguna serena
cayeron, y el eco, ¡padre!
repitió de peña en peña.

OLIVA SABUCO: LA MUJER QUE EN TIEMPOS DE MIGUEL DE CERVANTES, FUE PIONERA EN FILOSOFÍA Y MEDICINA

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Oliva Sabuco, más conocida como Oliva Sabuco de Nantes Barrera, fue una mujer que nació en Alcaraz (Albacete) en diciembre de 1562. Hija de familia numerosa. Miguel Sabuco Álvarez, su padre, era letrado y procurador.

Aunque en ninguna fuente consta que alcanzara estudios universitarios, en 1587 publica con autorización de Felipe II, un tratado titulado “Nueva Filosofía de la naturaleza del hombre, no conocida ni alcanzada de los grandes filósofos antiguos, la cual mejora la vida y salud humana”.

El tratado es un compendio de escritos en materia científica y filosófica, que revelan a una autora de grandísima madurez, conocimientos y reputado estilo

La propia Mercedes Cabello Martín, en un blog perteneciente a la Universidad Complutense de Madrid, se refiere al contenido y estructura del libro:

“… Está escrita a modo de diálogo o coloquio de pastores, una forma muy común en la literatura humanística y todo un modelo de prosa didáctica. Consta de cinco diálogos, en castellano, sobre “el conocimiento de sí mismo”, “la compostura del mundo, como está”, “las cosas que mejorarán este mundo y sus repúblicas”, “los auxilios y remedios de la vera Medicina” y la “Vera Medicina y vera Filosofía oculta a los antiguos”: un programa ambicioso en el que se trata la filosofía moral y natural, se estudian las pasiones y se exponen ideas originales sobre higiene, medicina, fisiología y otros muchos asuntos. La obra se completa con dos breves opúsculos latinos”.

Algunos la consideran precursora de conceptos como la psicosomática o la musicoterapia, en la medida en que afirma que la salud física guarda una profunda relación con el bienestar psíquico del hombre, pues ella parte del “conocimiento de uno mismo” o “nosce te ipsum”. Es decir, que para ser feliz debía reinar una armonía entre la mente y el cuerpo. Una tesis que en pleno Siglo de Oro, nos llevaba nuevamente a antiguos planteamientos de Platón, en la medida en que había que evitar las “pasiones desmesuradas”. Algo que resulta muy familiar con aquella distinción de la Grecia Clásica entre lo apolíneo y lo dionisíaco.

Otros temas enfocados en el tratado obedecen a teorías sobre la estructura del mundo, aspectos políticos y sociales, medicina general y revelaciones sobre los mitos, así como remedios naturales de curación y sanación basados en lo indicado en el párrafo anterior.

El tratado en cuestión fue un éxito rotundo y llegó a ser comparada con Miguel de Cervantes. Al mismo tiempo, el propio Lope de Vega llegó a referirse a ella como la “décima musa”, término que asimismo ha dado pie a que el escritor José María Merino a escribir una novela histórica sobre la figura de esta mujer.

El revuelo y prestigio dio pie a que se sucedieran presuntamente los plagios y suplantaciones de su obra a través de autores posteriores. Sin embargo, las principales dudas acerca de la verdadera autoría del Tratado vendrían de manos del registrador de Alcaraz, quien a comienzos del siglo XX recupera el testamento de Miguel Sabuco Álvarez, el padre de Oliva, en el cual señala que la autoría del libro le corresponde a él.

Después de aquello, cualquier lector podrá adivinar ambas corrientes a favor y en contra de Oliva Sabuco como verdadera artífice del Tratado o como impostora, a pesar de que el libro se ha ido reeditando posteriormente por parte de editoriales muy consolidadas, y han prodigado estudios en torno a la autenticidad de la obra.

Quienes se posicionan en contra se basan en dos teorías muy precisas. Por una parte, piensan que es imposible que una mujer de aquella época, a una edad que oscila entre los 18 y 24 años, consiguiese por sí misma semejante riqueza estilística  y conocimientos filosóficos y médicos. Además cabe la posibilidad de que su padre resguardara su autoría en el nombre de su hija con el fin de evitar cualquier acusación por herejía, en vista de que los contenidos del tratado eran revolucionarios para aquellos tiempos en que la Iglesia Católica castigada cualquier razonamiento científico contrario a sus preceptos con la hoguera, tal y como sucediera con el aragonés Miguel Servet, por ejemplo.

Por el contrario, las tesis a favor de Oliva Sabuco como autora convergen en las abundantes referencias al sexo femenino contenidas en el tratado.

Fuentes:

http://www.raco.cat/index.php/Athenea/article/viewFile/250976/352374
http://biblioteca.ucm.es/blogs/Foliocomplutense/8659.php#.V_QJn_nhBD8
http://cultura.elpais.com/cultura/2016/09/30/actualidad/1475233776_005900.html
http://www.raco.cat/index.php/Athenea/article/viewFile/250976/352374