CUENTOS DE FUEGO: El otro sueño del sacristán.

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A Eva Luna D.

Los sueños son humanos en la medida que los padecemos. Eso les enseño. Que soñar es consustancial a grandes y pequeños. Lo mismo en verano si están de vacaciones, las caléndulas en flor y ellos aprovechan a ayudar en la vendimia o en el arreo de algunos burros, así como en invierno, cuando nos acompaña el traqueteo de la estufa en el centro del aula. Sueños que les encantan y por arte de encantamiento dejan los ojos en cada una de mis palabras.

Ellos sueñan arriba y abajo, de día y noche, despiertos y con los ojos plenamente cerrados. Comen sueños. Los cenan. Se los intercambian entre pan y pan, junto con la cebolla o la gran tajada de queso en el mejor de los casos. Epidemia de sueños que parece endémica de este pueblo, hasta tal punto que hube de preguntarle al alcalde, al poco de comenzar el curso y recibir la visita de autoridades, obispos y un par de monjas con crucifijo. “Qué hubo con los sueños, señor Esteban, que todos los padecen como pendones de guerra”. El alcalde se encogió de hombros y sólo devolvió una sonrisa cómplice a Herminia, el ama de llaves de la vieja casa donde me habían alojado. “Que te cuente ella, para que sepa de buena tinta que los sueños de marras son tanto del pueblo como del pavimento de canto rodado que usted pisa cada mañana”.

En tales circunstancias me enteré yo que la casa donde moraba tenía buena culpa de todo aquello. Herminia me tomó del brazo mientras me acompañaba de vuelta por callejuelas perduradas, de uno a otro barrio. “En los Balbases a los sueños hay que tenerles buen cuidado, pues desde los tiempos del sacristán Teódulo corren los vientos de que lo soñado ha de cumplirse precisamente aquí y no en otra parte”.  

A resultas que el tal Teódulo había vivido unos lustros atrás sobre tales costales de mi casa, misma que el arzobispado de Burgos levantó en su día para ponerla al servicio de párrocos, diáconos y monaguillos. La insuficiencia de vocaciones y la falta de vino en las eucaristías la dejaron sin uso y el ayuntamiento la compró para alojar en ella a los maestros itinerantes que, como yo, nos quedamos de año en año.

Acerca del sacristán de marras, decían que estaba loco y tenía cada pierna de un diferente tenor, la una clara y la otra teñida de bermejo como el adobe. Para colmo, entre misa y misa no tenía otro sermón que afirmar su trigésimo tercera reencarnación y, como prueba de ello, descolgaba las simpares piernas al mismo tiempo de contar la historia desde el púlpito de rigor.

“¿Saben? En otra vida fui igual de sacristán que ahora pero moraba en Roma, la ciudad eterna por donde el Tiber santiguaba mis flacas y entumecidas piernas, una de las cuáles tenía carcomida por no sé qué diablo.

Como Dios se torna aventurado en sus buenos oficios, todos los días iba a rogarle para que intercediera ante San Cosme y San Damián. Allí me vieran postrado en la banca, como un triste jilguero en busca del canto perdido. Pero una noche en la que previamente habíame encarado hasta con el Espíritu Santo soñé que aquel par de santos serraban tan maltrecha pierna y en su lugar me dejaban otra extremidad dotaba de más brío que un galgo descompuesto, y avino a ser el miembro de un herrero negro recién enterrado en el cementerio y del cual había ayudado a oficiar misa de difunto.

Cuál fue mi sorpresa que al despertar por el vuelo de una avispa tempranera, me encaramé de súbito con una alpargata en mano y al levantarme sobre el lecho sentí que mis piernas funcionaban como si hubieran recibido la bendición y trote, aunque una era la mía y la otra de tenor oscuro y perfil etíope.

Qué regocijo fue para el alma sentir que Dios me puso en el sueño al par de santos con otra pierna recién parida. Esta la que ven, por obra y bendición del cielo. 

Porque la vida no es sueño, ni los sueños son tales, así Calderón de la Barca se atreviera a llevarle la contraria a Dios. Nunca lo olviden. A fe mis piernas”.

Algo así aquella historia, la cual parece se pegó a esta casa como cal en las paredes y si bien Teódulo desapareció sin dejar rastro en el interior de las bodegas, tales sueños permanecieron merodeando por allí y no fueron pocos los que dijeron soñar y al día siguiente les valió tal sueño, tanto a higos como a brevas. Y de ello me advirtió Herminia al despedirse. “No se olvide, que si sueña algo bueno seguirá los designios de Dios y le pondrá media docena de cirios a San Esteban en la iglesia”.

Qué le iba a responder yo a la anciana, que de tan buena era capaz de convencerte sobre la certeza de cualquier santo, pues yo venía de familia poco amiga de casuchas y báculos. Que de soñar roncando y ser el sueño pródigo, había que ponerle velas a un simple retablo o al dolor de un figurante de madera, “so pena de devolverte el cumplimiento de una pena contraria al designio soñado, según palabras del sacristán Teódulo”, en palabras del alma cándida de Herminia.

Después de todo aquello, pueden imaginar mis ojos y destellos. Seguí entrando y saliendo con los libros empolvados, viendo correr el agua del arroyo antes de que entraran los chicos a juicio de la campanilla. Una casa con aureola de sacristanes con una pierna de cada guisa, y que los candeleros dedicados a San Esteban guardaban el rastro de cientos de velas en razón de cada sueño que los merodeadores habían sentido su respectivo canto, inclusive las de Casimiro que había soñado que recuperaba la vista y efectivamente, al día siguiente vio tan clara su efigie en el espejo de una gota de lluvia que le dio las gracias al santo cientos de veces hasta que fue a cambiarse de nombre al Registro de Civil de Pampliega, porque ya no casi miraba sino que miraba del todo. Válgame tanta superchería de todas formas.

Hasta que ayer tuve un sueño. Un sueño de verdes relámpagos. Soñé que era Adán, más Adán que ninguno, con una hoja de pudor cubriéndome la solapa del prepucio. Soñé que dormía plácidamente a la sombra de la morera en la ermita de la Virgen de Vallehermoso. La siesta del maestro, pues ya saben que los críos le dejan a uno traspuesto después de tanta geografía, océanos, quebradas y alcores que señalarles ante el mapa de la comarca, para que luego salgan todos en tropel camino de uno u otro barrio, a matar el hambre que no les dejo socorrer.

Yacía a media penumbra con el ventanal del campo abierto. Adán reposando de los rigores de la creación. El sol perplejo. La humareda del rebaño regresando a los rediles del horizonte. La Iglesia de San Esteban casi cubierta entre la maleza de los viejos chopos.

En tales circunstancias, sentí una sombra acercándose. Al principio pensé yo o Adán, que aquello era un proceloso botijo de agua para el primer hombre de Dios, tan sediento que estaba después de haberme comido cuatro arenques compaginados con una hogaza de pan. Pero la sombra fue tomando forma y mi  piel erizándose como manantial de sangre. Aquella sombra se transformó en una mujer desnuda. Blanca y voluptuosa. De pechos firmes y bien florecidos. Con un par de planos enrollados bajo el brazo. Más rubia que pan candeal. Piernas de buen rigor. Flotando levemente sobre el verde manto.

Aquella desnudez tan renacentista me ordenó que “Adán ven acá”. Y yo que le fui a responder. Que sí maestro pero que no Adán. Su boca no me dejó digerir nada que la contrariara. Ella sonrió y me tomó del brazo y no sé de qué forma, sentí que también me decía que era Eva en busca de su Adán dormido.

El resto no les cuento, porque me dejó presto al desmayo en el borde de la cama, y tan sudado y perplejo que desperté. El sueño tan tangible y descarado que bien podía pensarse que verdaderamente alguna mujer del pueblo se había colado por la ventana mientras dormía y en un rapto de carnal engaño me dejara recado tan intenso y apocalíptico. La molienda de los músculos. El artificio de las posturas. El reguero de interminables pormenores. Una Eva desnuda que se me había presentado en sueños y dejado hasta sin apellido. Sus labios ardientes. Los susurros de la creación. Ven maestro. Ven Adán.  Y en medio de todo el timbre de la casa, al que a duras penas acudí restándome toda la humedad de las sienes y el pecho con una toalla azulada, sin que el sofoco se me hubiera pasado hilando las ruecas de tanta excitación. Era la Herminia.

“Mire usted que aquí viene el arquitecto con los planos de ampliación de la escuela que había pedido al señor alcalde”. Cierto que se me había olvidado aquella solicitud, de tantos niños nos hacíamos humo con tan poco espacio, aunque la muy granuja había llamado en el momento menos oportuno. Pero miren ustedes mi tamaña sorpresa que, al alzar la vista y dirigirme al presunto arquitecto, era la misma, ¡carajos!, la misma Eva que me había zanjado los presupuestos de mi pecho en el sueño inmediato. Igual de rubia. La misma sonrisa. Calcado canalillo entre la blusa. Sus ojos mirándome tan profundamente como el golpe de una aldaba. ¡Primero las velas al santo, Herminia! ¡Las velas al santo!

 

 

 

 

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