Sobre la muerte que nos pertenece

Mario Benedetti en las calles de Montevideo

No sé de dónde vienen a veces esos presuntos aires de grandeza. Nos llegamos a creer capaces de cualquier proeza. Nos inculcan hasta la exageración que se pueden conseguir cualesquiera objetivos simplemente renunciando a los propios límites materiales. Toda falta de consecución se revela como un fracaso en este macabro camino hacia la felicidad.

Es como si a todas horas nos abrieran el alma y practicaran una autopsia anímica para embutirnos dentro los mensajes motivacionales de siempre, a menudo dictados por charlatanes de la autoayuda, quienes tienen la única plusvalía de repetir lo que ya sabemos.

Además se supone que debemos ser tolerantes con tales evidencias, vengan de donde vengan, así nos hayan puesto media docena de altavoces en nuestro quehacer diario, con el fin de mantenernos sometidos a tal discurso durante las veinticuatro horas del día.
Todo ese castillo de naipes se derrumba por sí mismo ante la brutalidad y certeza de la vida: limitada a un breve paso, incardinada a la muerte desde el momento en que nos procrean y después a la cual no disponemos de la más mínima certeza.

Desde tiempos inmemoriales, el ser humano ha sido consciente de su propia finitud y por tal circunstancia ha revestido a la muerte de diferentes significados. Desde los más cercanos al orden natural de las cosas hasta los más irrisorios.

Resurrecciones, energías transformadoras, inmortalidad del alma, abono para las cebollas, alimento para buitres o gallinazos, cremaciones sanadoras, reencarnación en otros seres y otros mecanismos han surgido producto de tal incógnita, en algunos casos para apaciguar el alma y en otros en justa aceptación de que formamos parte de la naturaleza, sin mayor o menor prelación que el resto de seres vivos.

Muchas de tales teorías también han querido ser las primeras en atribuirse la verdad absoluta hasta el punto de convertirse cada una de ellas en dogmas excluyentes o han fagocitado creencias mucho más saludables y respetuosas.

Es evidente el peso de las religiones y creencias en este aspecto, a las que nos aferramos a ellas como un hierro candente ante el temor o el misterio de lo desconocido. Otros parten de la aceptación o resignación al respecto.

También hay mártires o quienes voluntariamente lo toman como un camino liberador frente a momentos de sufrimiento. Y luego están los que matan y joden al resto sin miramientos o importarles lo más mínimo.

Con nuestros muertos más cercanos, la perspectiva se antoja más íntima y compleja. Es terrible. Verdaderamente terrible hacerse a esa realidad en el caso de que todavía no la hayamos aceptado. De igual forma que habiéndola aceptado debemos sentirnos orgullosos de lo vivido y compartido.

Cuando somos niños normalmente tomamos la vida con ingenuidad y observamos la muerte como circunstancial, lejana y ajena, pero poco a poco crecemos y tomamos conciencia de la realidad que nos espera incansablemente en la próxima esquina, cuestión que Mario Benedetti supo describir a la perfección en este poema:

Cuando éramos niños
los viejos tenían como treinta
un charco era un océano
la muerte lisa y llana
no existía.

luego cuando muchachos
los viejos eran gente de cuarenta
un estanque era un océano
la muerte solamente
una palabra

ya cuando nos casamos
los ancianos estaban en los cincuenta
un lago era un océano
la muerte era la muerte
de los otros.

ahora veteranos
ya le dimos alcance a la verdad
el océano es por fin el océano
pero la muerte empieza a ser
la nuestra.

Suplemento la Esquina del diario Cambio (Bolivia)
Aitor Arjol (08/03/2018)
http://www.cambio.bo/?q=node/41362

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Un comentario el “Sobre la muerte que nos pertenece

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