LOS ÚLTIMOS DÍAS DE JULIO CORTÁZAR

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Nos vimos la última vez el viernes 20 de enero de 1984, en su reducida habitación del hospital Saint-Lazare de París, apenas a unos ciento cincuenta metros a vuelo de pájaro de su casa de la rue Martel. No recuerdo exactamente a qué hora nos despedimos. No había ninguna razón especial para que yo anotara ese detalle, pero de todos modos debían ser las siete de la noche porque una media hora antes, cuando yo entraba a la pieza, casi tropecé con el encargado de distribuir la comida.

Julio estaba solo, sentado en un sillón, la mirada perdida en una ventana que daba a un patio interior casi en tinieblas, como si escuchara el rumor de la lluvia. Llevaba puesto un viejo salto de cama y parecía más animado que  día anterior, en que lo habíamos visitado con mi esposa (…)

Pero este viernes 20 de enero las cosas parecen andar un poco mejor. “Estoy harto de esta comida y del ruido que hacen las chicas por la mañana. Aquí las enfermeras no parecen conocer las suelas de caucho. Taconea y cantan por los corredores como si tal cosa” lamentó con resignación.

Estuvimos hablando una media hora, pero se le veía cansado. “Tengo ganas de dormir, pero no sé si podré. ¡Y esta comida no te digo nada! No es que sea mala, pero cuando vuelva a casa lo primero que hago es prepararme un buen bifacho, de este alto. (…)

Quedamos en que él me llamaría por teléfono cuando terminara con el hospital. Se puso de pie para darme la mano y nos despedimos. “Cuando salga de todo esto tenemos que darnos un paseo por un bosque. No tiene por qué ser muy lejos. Vincennes o Fontainebleau. Lo que quiero ver es árboles”, dijo. (…)

Esas son las últimas palabras que recuerdo de Julio: “Lo que quiero es ver árboles”. Murió el domingo 12 de febrero, poco después del mediodía y lo enterramos el martes 14 en el cementerio de Montparnasse a las once y media de la mañana, en la tumba de su esposa, Carol Dunlop, muerta en noviembre de 1982.

Fue una mañana fría, pero de una luminosidad casi sobrenatural para quienes estamos acostumbrados al cielo plomizo y bajo de París en invierno. El sol destallaba en las aristas del mármol  de los panteones  mecían apenas en la brisa matinal. Pero lo más impresionante era el silencio. Desde que el cortejo se puso en marcha desde la entrada
del cementerio y nos encaminamos hacia la tumba recién removida, no recuerdo haber escuchado una sola palabra. El único ruido, semejante al del mar en una playa pedregosa, era el de los pies arrastrándose por el sendero principal detrás del furgón mortuorio. Después, cada uno de los amigos dejó caer una flor encima del féretro de madera pulida y nos
fuimos. Mi esposa y yo nos quedamos un poco rezagados y cuando esa zona del cementerio se quedó vacía, dos o tres gatos escuálidos y friolentos surgieron de entre las tumbas y nos miraron alejar con indiferencia.

De “La fascinación de las palabras”, por Omar Prego Gadea.

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EL TICTAC DE LA MEMORIA

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Mi abuelo adoraba los números romanos. Casi toda su vida los llevaba al campo, con el mismo interés que su alforja llena de queso y pan blanco, o las pretensiones del burro Ramón para un atajo hasta el abrevadero de San Roque porque en terquedad solo le ganaba el hocico sediento de Peseta, la perra trigueña que les seguía cabizbaja pero atenta en los trasiegos de la casona a las tierras de labor y viceversa. Y allí sentado, a la fresca del huerto del cura, en la equidistancia del camino a la pedanía de Vallunquera, contaba los pormenores del día en números de tal naturaleza. La hora a la que se había despertado y lavado la cara en el reflejo del aguamanil roto. Los pasos de la gloria al patio y hasta la primera gallina que se le cruzó en el camino. El número de ojos avispados de todos sus hijos, incluso el que después hubo de tener bigote durante toda su santa vida. La tercera fila de adobes contando desde ras del suelo, en la pared de la cuadra que daba al ángulo exterior de las conejeras. Las arrobas, los quintales y kilogramos. El peso de una docena de cebollas en un costado de la romana.
 
La vida era puro vicio en tales números, de los cuales no traspasó posesión alguna a sus descendientes. Con él se quedarían los aspavientos romanos que tanta gracia causaban unas veces a la abuela y otras una ademán de váyase a la bodega pero no cuente botella alguna de tinto con números romanos porque le sacudo un escobazo en número mayor a ellos.
 
Aquellos números pasaron a mejor vida cuando él murió en brazos de un amanecer, allá a mediados de los noventa, cuando la desmemoria había hecho ya estragos en una cabeza desaliñada, con trazas de canas dispersas y piel que se perdía en las aceradas arrugas de la sien.
 
Aún en sus últimos intervalos de lucidez, antes de reconocernos volvió a ser preciso con los números romanos, contándonos del uno al cuatro todos los nietos que tenía, sus respectivas fechas de nacimiento, las primeras nubes que los acariciaron y la duración de la última tormenta que se avecinó sobre ambos barrios antes de partir el XXII-XII-MCMLXXXV a Bilbao para vernos como todos los años, en la mesa navideña con más de VII entrantes y a razón de VIII langostinos por boca, “tan solo a modo de ejemplo” según concluía y sus ojos volvían a la misma penumbra de los últimos tiempos. Cuando cerró los ojos, todo el mundo supo que los números romanos se fueron con él del mismo modo, y la ausencia volvió a tomar el lugar que por naturalidad le corresponde en todos nosotros. Ausencia dura y simple, vecina con o sin consentimiento. Así crecimos. Así fui perdiendo ingenuidad sin números a la par que venciendo perplejidades.
 
Pero un día, soñé o tuve conciencia o realmente viví algo extraño. Tal vez me desperté a las cinco de la madrugada, al otro lado del océano, en mitad de la cordillera andina, después de un insomnio pesado. No tenía por costumbre acordarme de lo soñado, o realmente lo viví desprovisto de ficción. Era en Burgos. En una de las habitaciones del piso. Debió ser mi madre, rebuscando entre los papeles de su difunto hermano que recién había ido en busca del abuelo de los números. De un cajón sacó un sobre de manila a nombre del abuelo, y del mismo una cartera con varias monedas dentro, y además un aparato para medir las horas. Es decir, un reloj de cuerda de la marca Seiko, con empuñadura de acero y noble esfera. Un reloj cuyas horas, quién lo iba a decir, estaban marcadas en números romanos.
 
30 de julio de 2018
Microcuentos / Aitor Arjol
Imagen: María Moya Fombellida.

EL ÚLTIMO VIAJE A BUENOS AIRES DE JULIO CORTÁZAR Y CARLOS FUENTES

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Carlos Fuentes y Julio Cortázar. O Julio Cortázar y Carlos Fuentes. Ambos escritores dan para largos periplos de anécdotas y coincidencias en torno a sus entrecruzamientos. Uno de ellos es el último viaje que emprendieron a Buenos Aires, antes de que la muerte les sorprendiera o se hiciera cargo de sus respectivos vientos vitales.

Julio Cortázar ya estaba enfermo por aquel entonces. Así que dejando a un lado sus proyectos en Nicaragua y Cuba, emprendió su último viaje a Buenos Aires. Allá fue de nuevo sin ni siquiera ser consciente de que iba ser una despedida “de su madre, su hermana, su público que lo veneraba y también el que no (…) Y en se último viaje (…) a la salida de un cine de la Avenida Corrientes, Julio y sus amigos se toparon con una manifestación de estudiantes que con todo alborozo lo reconocieron. Los chicos entonces se abalanzaron a las librerías siempre abiertas y compraron los libros de su ídolo para hacérselos firmar. El kiosquero de la esquina, con cierta timidez y pidiendo disculpas, solo tuvo para acercarle el de otro autor latinoamericano. Julio se lo firmó con una gran sonrisa. Era una novela de Carlos Fuentes”.

Carlos Fuentes hizo su última visita a Buenos Aires procedente de Chile, “para dar el 1 de mayo de 2012 la conferencia magistral (…) en la Feria del Libro porteña. Pero la barca de Caronte no zarpó de este puerto. Tanto el uno como el otro volvieron desde Buenos Aires a sus respectivos hogares en su momento, y la parca lentamente se llevó a Julio en París el 12 de febrero de 1984 y tomó de sorpresa a Carlos en México el 15 de mayo de 2012”.

De “Cortázar-Fuentes / Entrecruzamientos”, por Luisa Valenzuela.