EL TICTAC DE LA MEMORIA

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Mi abuelo adoraba los números romanos. Casi toda su vida los llevaba al campo, con el mismo interés que su alforja llena de queso y pan blanco, o las pretensiones del burro Ramón para un atajo hasta el abrevadero de San Roque porque en terquedad solo le ganaba el hocico sediento de Peseta, la perra trigueña que les seguía cabizbaja pero atenta en los trasiegos de la casona a las tierras de labor y viceversa. Y allí sentado, a la fresca del huerto del cura, en la equidistancia del camino a la pedanía de Vallunquera, contaba los pormenores del día en números de tal naturaleza. La hora a la que se había despertado y lavado la cara en el reflejo del aguamanil roto. Los pasos de la gloria al patio y hasta la primera gallina que se le cruzó en el camino. El número de ojos avispados de todos sus hijos, incluso el que después hubo de tener bigote durante toda su santa vida. La tercera fila de adobes contando desde ras del suelo, en la pared de la cuadra que daba al ángulo exterior de las conejeras. Las arrobas, los quintales y kilogramos. El peso de una docena de cebollas en un costado de la romana.
 
La vida era puro vicio en tales números, de los cuales no traspasó posesión alguna a sus descendientes. Con él se quedarían los aspavientos romanos que tanta gracia causaban unas veces a la abuela y otras una ademán de váyase a la bodega pero no cuente botella alguna de tinto con números romanos porque le sacudo un escobazo en número mayor a ellos.
 
Aquellos números pasaron a mejor vida cuando él murió en brazos de un amanecer, allá a mediados de los noventa, cuando la desmemoria había hecho ya estragos en una cabeza desaliñada, con trazas de canas dispersas y piel que se perdía en las aceradas arrugas de la sien.
 
Aún en sus últimos intervalos de lucidez, antes de reconocernos volvió a ser preciso con los números romanos, contándonos del uno al cuatro todos los nietos que tenía, sus respectivas fechas de nacimiento, las primeras nubes que los acariciaron y la duración de la última tormenta que se avecinó sobre ambos barrios antes de partir el XXII-XII-MCMLXXXV a Bilbao para vernos como todos los años, en la mesa navideña con más de VII entrantes y a razón de VIII langostinos por boca, “tan solo a modo de ejemplo” según concluía y sus ojos volvían a la misma penumbra de los últimos tiempos. Cuando cerró los ojos, todo el mundo supo que los números romanos se fueron con él del mismo modo, y la ausencia volvió a tomar el lugar que por naturalidad le corresponde en todos nosotros. Ausencia dura y simple, vecina con o sin consentimiento. Así crecimos. Así fui perdiendo ingenuidad sin números a la par que venciendo perplejidades.
 
Pero un día, soñé o tuve conciencia o realmente viví algo extraño. Tal vez me desperté a las cinco de la madrugada, al otro lado del océano, en mitad de la cordillera andina, después de un insomnio pesado. No tenía por costumbre acordarme de lo soñado, o realmente lo viví desprovisto de ficción. Era en Burgos. En una de las habitaciones del piso. Debió ser mi madre, rebuscando entre los papeles de su difunto hermano que recién había ido en busca del abuelo de los números. De un cajón sacó un sobre de manila a nombre del abuelo, y del mismo una cartera con varias monedas dentro, y además un aparato para medir las horas. Es decir, un reloj de cuerda de la marca Seiko, con empuñadura de acero y noble esfera. Un reloj cuyas horas, quién lo iba a decir, estaban marcadas en números romanos.
 
30 de julio de 2018
Microcuentos / Aitor Arjol
Imagen: María Moya Fombellida.
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