EL CORTEJO DE LAS ALMAS ROTAS

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Antes de vivir en paz con el silencio de estas tierras, conviene saber la historia de don Cosme Ferreiro, de cuyas virtudes no se ha vuelto saber desde hace tres décadas. Él había salido de la escuela municipal, con cara de hastío. Nadie había hecho caso en la reunión de convecinos, llevada a cabo en el aula donde se impartían clases a los niños del concejo. Tan preocupados por las requisas de la Santa Compañía fuera del día de los difuntos.

Él les había dejado no tanto el remedio sino la explicación debida a por qué la procesión de muertos había comenzado su cruel peregrinaje más allá de la noche encomendada , después de haber firmado pacto con puño y letra del mismísimo párroco de Santa María de Combas, a la luz de la sagrada vela de San Isidoro de León y con el oscuro representante del cortejo como testigo.

Que la Santa Compañía ya no guardaría la muerte por cualesquiera males. Que sus sombras también perseguirían a los que ausentes o no de fe, se adentraran por los dominios del eremitorio de Cadeiras más allá de las diez de la noche durante el otoño e invierno de cualesquiera años. Y de estos últimos mencionados, a los que allanaren propiedad eclesiástica y heredades adyacentes en busca de oro y otras dignas orfebrerías dejadas por los mouros en su huida hacia los altares de lo profano. Así había sucedido por los tiempos venideros, y con fiel respeto hacia la naturaleza de la Santa Compañía en la noche misma de los difuntos.

Pero la casualidad quiso que un día de ósculos grises en el cielo, el primo de don Cosme encontrara una corona votiva oculta en los huecos de la cripta que la ermita guarda bajo sus pies. Una pieza completamente de oro, y con remaches de otras preciadas virtudes minerales, que bien despertó la codicia en la comarca e ignoró por completo el antiguo documento firmado por el párroco y el más allá. El hallazgo despertó una horda de gente provista de los más singulares aperos, que a menudo fueron de noche con sus viejas lámparas de queroseno, en busca de otras réplicas y tesoros añadidos.

No debieron pasar dos noches hasta que los primeros circunstantes fueron desapareciendo estrepitosamente, y alguno que otro se despeñó hacia las profundidades del cañón. Rumores ininteligibles se referían en efecto a la aparición súbita de la Santa Compañía, pero nadie había vivido para contarlo. La corona visigoda también desapareció de la caja fuerte donde reposaba, en las dependencias del ayuntamiento, y con la escolta permanente de dos empleados armados hasta los dientes, que se esfumaron de forma simultánea a aquellos hechos.

Los más viejos dijeron que aquello era obra del diablo, por haber roto el pacto. Los más cuerdos, que los guardias en franca conspiración con otras autoridades de mayor rango, se encargaron de todo y disfrazáronse de rapaces con túnica raída para amedrentar al vulgo y quedarse en con todo.

De nada valieron las rondas nocturnas, ni la vigilancia permanente, ni las efectivas advertencias de don Cosme al que los lugareños atribuían facultades adivinatorias. Don Cosme fue el último en desaparecer. No por avaricioso en sí mismo sino porque cuentan que ofreció su alma en pago a los desmanes ajenos. Fue la madrugada del 21 de marzo. En pleno destello de la primavera. Un pavoroso incendio consumió hasta las raíces la sombra de aquellos embrujados montes, llevándose la vida de todos cuantos la Santa Compañía quiso.

Dicen que entre llamas y alaridos vieron a don Cosme suplicar misericordia a unos extraños personajes que iban al vuelo, ataviados con sus harapos y tristes prendas, amén de un caldero de donde emergía una luz pesada como el infierno. Pero no hubo manera. Debieron llevárselo también consigo.

Después de aquello el pueblo debió tomar conciencia de lo sucedido. Las penas y lágrimas se sucedieron en el cementerio adherido a la iglesia, al que hubo que aumentar el espacio debido a todas las almas que el fuego se había llevado como cuervo hambriento.

Es debido a ello que por estas tierras abandonadas por dios en algún momento, a la Santa Compañía se la tiene mayor respeto hasta el punto de llamarla no santa sino cortejo de las almas rotas por la avaricia y posterior tormento.

Microcuentos / Galicia Mágica
Aitor Arjol

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