Los versos de la gitanilla

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Cuando cierro los ojos, sueño con sus versos. Así suene a tópico rancio y desangelado. Versos sin quinina. Versos que no se buscan. Versos que huelen a romancero viejo, como cuando te topas con el desván de doscientos abuelos muertos. Versos entre gatos con la cola tiesa. Versos de la templanza. Versos que por repetirse en un clamor, tampoco adolecen de aburrido compás.

No me pregunten cómo. Los versos aparecieron por sí mismos, sin sojuzgarse a los andamios de mi sueño. Imagínense. Soñé o creí haber soñado la confesión de ciertas páginas. Una gitanilla a la que su abuela había bautizado como Preciosa, y debió ganarse los cuartos de toda la ciudad a cuenta de pícaros, mancebos, pedigüeños, pajes y demás oyentes de sus cantos.

Preciosa debió atravesar varios siglos hasta llegar a mis sueños. En marabunta de noches y diversos oficios sin talento, hasta que su imagen lozana y piel morena acudió a mi boca, haciendo míos sus versos.

No sabía cuán agradecido estaría a don Miguel de Cervantes, por haberme despertado uno de sus más bellos personajes, aquella gitana de las novelas ejemplares que una noche vino hasta mi alcoba, en una cabaña de semblante rojizo.

Desde entonces, se puede afirmar que Preciosa está en mí, o yo en ella, o que ambos soñamos al unísono.

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Miopía en las altas esferas del espíritu

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“En 1921 Arnold Schönberg proclama que, gracias a él, la música alemana seguirá siendo dueña del mundo durante los próximos cien años. Quince años después se ve obligado a abandonar Alemania. Después de la guerra, ya en Estados Unidos y cubierto de honores, sigue convencido de que la gloria jamás abandonará su obra. Reprocha a Igor Stravinski pensar demasiado en sus contemporáneos y descuidar el dictamen del porvenir. Considera a la posteridad su aliado más seguro. En una carta mordaz dirigida a Thomas Mann ¡apela a la época en la que «después de doscientos o trescientos años» al fin se sabría cuál de los dos, Mann o él, era el más grande! Murió en 1951. En los decenios siguientes su obra fue celebrada como la más grande del siglo, venerada por los más brillantes compositores jóvenes que se declaraban sus discípulos; pero, más adelante, se aleja tanto de las salas de conciertos como de la memoria. ¿Quién sigue Interpretándolo hacia finales de este siglo? ¿Quién lo cita? No, no quiero burlarme tontamente de su prepotencia y decir que se sobrestimaba. ¡Mil veces no! Schönberg no se sobrestimaba. Sobrestimaba el porvenir.

¿Había cometido acaso un error de reflexión? No. Pensaba bien, pero vivía en esferas demasiado elevadas. Debatía con los más grandes de Alemania, con Bach, con Goethe, con Brahms, con Mahler, pero, por inteligentes que sean, los debates sostenidos en las altas esferas del espíritu son siempre miopes con respecto a lo que, sin razón ni lógica, ocurre abajo: ya pueden luchar a muerte dos grandes ejércitos por causas sagradas, siempre será una minúscula bacteria pestífera la que acabará con los dos”.

Fragmento de “La ignorancia”
Milán Kundera

La música y Milán Kundera

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“Su padre, Ludvík Kundera, era músico, y Milan aprendió a tocar piano en sus primeros años por efecto de cierto contagio armónico: Ludvík había estudiado música con Leos Janacek, gran compositor checo, y de allí le vinieron conceptos esenciales para su escritura futura. Hasta los 25 años, Milan Kundera tenía fijo el gusto en la música e incluso había creado una composición para cuatro instrumentos bajo un concepto esencial, la polifonía. Analizaba a Beethoven y a Janacek de un modo estructurado; conocía bien qué movimientos tenían qué tempo y qué intención. En sus años de juventud estudió composición musical y musicología, y luego se entregó entero a la literatura”.

18 enero 2019
https://www.elespectador.com/noticias/cultura/armonia-verbal-de-milan-kundera-articulo-509256

La música convertida en ruido

Milan Kundera (born in 1929),

“Si antaño se escuchaba música por amor a la música, hoy aúlla constantemente por todas partes«sin  preguntarse si queremos escucharla», aúlla por altavoces en los coches, en los restaurantes, en los ascensores, en las calles, en las salas de espera, en los gimnasios, en las orejas taponadas por los walkman; música reescrita, reinstrumentada, acortada, desgajada, fragmentos de rock, de jazz, de ópera, flujo en que todo se entremezcla sin que se sepa quién es el compositor (la música convertida en ruido es anónima), sin que se distinga el principio del fin (la música convertida en ruido no sabe de formas): el agua sucia de la música en la que muere la música”.

Fragmento de “La ignorancia”. Milán Kundera.