Los aforismos del emigrante

 

IMG_2014Hay que ser agradecido a las oportunidades que la vida nos da en términos de personas, profesiones, culturas, países y cordilleras.

Pero no deben confundirse conceptos como amor, patriotismo, identidad o cultura, con cualquier manifestación exacerbada.

El amor por las simples cosas se traduce en un afecto natural, espontaneo y profundo, con independencia de dónde y cómo se produzcan.

Ciertas exaltaciones corren el riesgo de convertir el amor en una demencia senil, en un esperpento, en un circo, en un burdo teatro.

Ser hombre de mundo y, al mismo tiempo, amante de lo propio.

Ser agradecido, pero al mismo tiempo permanecer íntegro.

EL ANIMAL POÉTICO (Oda a una madre)

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Querida madre.
El aire se manifiesta con sentido.
Hágame el favor de darme esta voz
para que el canto, como una violeta, trabaje
siempre en un profunda primavera.
Esta voz, profunda y arraigada, que en el sentido
palpita contra la muerte, como una tijera.
Me fui con semejante canción, allá donde la cordillera,
como dirían un gaucho religioso o una cumbre pasajera,
a buscar mi propio manifiesto, al margen de cualquier razón,
con el corazón santiguado por el vasto cuerpo del océano.
Fierros de luz y oscuridades errantes, mastican a diario
mis piernas, y de vez en cuando algún pecho maduro
abarca mi boca estallando en la piel tan dulce tragedia,
Tú me diste la sobrevivencia del animal poético

ANTIPOEMA (del manifiesto)

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Maldigo a unos pocos jilgueros
que soplan en vez de cantar sobre la tierra,
a quienes el poder les vuelve suicidas sobre una rama,
no son más que pobres amantes sin dentadura,
no cantan más allá de su campo derramado
no paren más que palabras y viejos espantos,
les maldigo con la silencio, con el látigo de la fragua,
con el buen silencio, con la mala ubre de la ironía,
con la poesía

¿Qué haría hoy Don Quijote con los molinos?

Pangea

Si fuera herrero y en este molino hallara una dama encantada, de esas que robaran los demiurgos en aquellas atarazanas, si de allá la sustrajeran y acá la encerraran. Golpearía la puerta con gritos arcanos y buen barullo, apelando al bálsamo de San Honorato, que a buena hora se dice patrón de cuánto panadero y molinero socorre mi ventura. Ahí tuviera que abrirme el condenado artífice de su cárcel, pues apelando a santos se doblegan los barrotes de cualquier ignominiosa prisión. Válgame dios si con todo ello no pudiera y el hechizo de esta blanca barbacana continuara con su impostura. Los demiurgos son crueles e indolentes por naturaleza. Nada les corroe. Son más listos que la mordedura de un perdiguero. No temen a cuanto caballero andante pretenda engañarles.

Pero aprendimos algo que nos devanó los sesos, en aquella tarde de entuertos por las tierras del Cerrato. Acuérdate, fiel escudero. Me trocaste no sé cuántos ducados o reales a cambio de un queso curado que olía a rayos, truenos y bostezos de cordero, y cuando vino aquel gitano o aquel cabrero, o ambas mitades al mismo tiempo, con cara de hambre y perfil de galeote, le regalé tal ejemplar para los dientes, a pesar de tu rostro de apetito y tristeza conjuntamente, pues es de caballeros sancionar el apetito egoísta y satisfacer el hambre del harapiento.

Tú invocaste el calvario del buen yantar y las muchas horas sin apreciar bocado para el alma, a lo que respondí con una expresión fiera, de reojo hacia el cabrero y su tez morena, que buscaba en tu alforja el manjar que medio asomaba. Allá que se fue el pobre hombre, embriagado por la visión de tan anhelado queso. Él nos dio las gracias, Sancho. Con reverencia, santo y seña. Nos cantó los salmos de uno de uno. Desde el primero hasta el décimo, porque en su jerga también son diez sus mandamientos, que para el efecto nos dijo que “a tan noble caballero y semejante fiel escudero, bien ha de hacerles estos mandamiento, por la generosidad habida, y que es menester que los escribió un herrero, en las noches en que los yunques bailan para conjurar los malos espíritus y liberar a bienamadas princesas o cuanta mujer de noble realengo disfrazada de ventera”.

Sancho, no sienta pena por la pérdida de cuanto queso cayera en boca necesitada, pues mira por dónde nos valen tantos mandamientos. Ante tu incrédulo entrecejo, yace aquí el molino que encierra a las doce Maritornes y siete jóvenes de simpar hermosura, atadas a tan poca libertad. Malditos demiurgos.  Pero ya verán. A mi pecho los salmos de San Honorato. Abrid la puerta, mentecatos, u os pesará el alma hasta el confín de los tiempos, que además de caballero andante soy herrero y arremeto con los diez salmos del cabrero. Uno para el alma. Dos por la cordura. Tres al mediodía. Cuatro de vellón. Cinco de palomas en escabeche. Seis para el mal de los afligidos. Siete arrobas de cebada. Ocho monjas para una alacena. Nueve latidos sin tener culpa. Diez redenciones. Once jubones y doce golpes de martillo. Abrid la puerta, o haré de este molino un crisol de harina.

¿Quién de los dos tiene razón?

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Don Quijote tenía razón: está vez yo quería quererla y ella no. ¿O no fue Joaquín Sabina quien lo afirmara en alguna de sus quinientas noches y veinticinco velorios? ¿Quién de los dos tiene más razón entonces? ¿El caballero andante por elevar la razón de sus sinrazones? ¿Tal vez el cantautor por desaconsejar el amor de semejante guisa? ¿O ninguno de los dos tiene mayores razones que las estipuladas por la comisura de la poesía? ¿O finalmente, ambos tienen toda la razón, el loco por adivinar lo que piensa el otro y el poeta por reafirmar paradoja tan realista?