OLIVA SABUCO: LA MUJER QUE EN TIEMPOS DE MIGUEL DE CERVANTES, FUE PIONERA EN FILOSOFÍA Y MEDICINA

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Oliva Sabuco, más conocida como Oliva Sabuco de Nantes Barrera, fue una mujer que nació en Alcaraz (Albacete) en diciembre de 1562. Hija de familia numerosa. Miguel Sabuco Álvarez, su padre, era letrado y procurador.

Aunque en ninguna fuente consta que alcanzara estudios universitarios, en 1587 publica con autorización de Felipe II, un tratado titulado “Nueva Filosofía de la naturaleza del hombre, no conocida ni alcanzada de los grandes filósofos antiguos, la cual mejora la vida y salud humana”.

El tratado es un compendio de escritos en materia científica y filosófica, que revelan a una autora de grandísima madurez, conocimientos y reputado estilo

La propia Mercedes Cabello Martín, en un blog perteneciente a la Universidad Complutense de Madrid, se refiere al contenido y estructura del libro:

“… Está escrita a modo de diálogo o coloquio de pastores, una forma muy común en la literatura humanística y todo un modelo de prosa didáctica. Consta de cinco diálogos, en castellano, sobre “el conocimiento de sí mismo”, “la compostura del mundo, como está”, “las cosas que mejorarán este mundo y sus repúblicas”, “los auxilios y remedios de la vera Medicina” y la “Vera Medicina y vera Filosofía oculta a los antiguos”: un programa ambicioso en el que se trata la filosofía moral y natural, se estudian las pasiones y se exponen ideas originales sobre higiene, medicina, fisiología y otros muchos asuntos. La obra se completa con dos breves opúsculos latinos”.

Algunos la consideran precursora de conceptos como la psicosomática o la musicoterapia, en la medida en que afirma que la salud física guarda una profunda relación con el bienestar psíquico del hombre, pues ella parte del “conocimiento de uno mismo” o “nosce te ipsum”. Es decir, que para ser feliz debía reinar una armonía entre la mente y el cuerpo. Una tesis que en pleno Siglo de Oro, nos llevaba nuevamente a antiguos planteamientos de Platón, en la medida en que había que evitar las “pasiones desmesuradas”. Algo que resulta muy familiar con aquella distinción de la Grecia Clásica entre lo apolíneo y lo dionisíaco.

Otros temas enfocados en el tratado obedecen a teorías sobre la estructura del mundo, aspectos políticos y sociales, medicina general y revelaciones sobre los mitos, así como remedios naturales de curación y sanación basados en lo indicado en el párrafo anterior.

El tratado en cuestión fue un éxito rotundo y llegó a ser comparada con Miguel de Cervantes. Al mismo tiempo, el propio Lope de Vega llegó a referirse a ella como la “décima musa”, término que asimismo ha dado pie a que el escritor José María Merino a escribir una novela histórica sobre la figura de esta mujer.

El revuelo y prestigio dio pie a que se sucedieran presuntamente los plagios y suplantaciones de su obra a través de autores posteriores. Sin embargo, las principales dudas acerca de la verdadera autoría del Tratado vendrían de manos del registrador de Alcaraz, quien a comienzos del siglo XX recupera el testamento de Miguel Sabuco Álvarez, el padre de Oliva, en el cual señala que la autoría del libro le corresponde a él.

Después de aquello, cualquier lector podrá adivinar ambas corrientes a favor y en contra de Oliva Sabuco como verdadera artífice del Tratado o como impostora, a pesar de que el libro se ha ido reeditando posteriormente por parte de editoriales muy consolidadas, y han prodigado estudios en torno a la autenticidad de la obra.

Quienes se posicionan en contra se basan en dos teorías muy precisas. Por una parte, piensan que es imposible que una mujer de aquella época, a una edad que oscila entre los 18 y 24 años, consiguiese por sí misma semejante riqueza estilística  y conocimientos filosóficos y médicos. Además cabe la posibilidad de que su padre resguardara su autoría en el nombre de su hija con el fin de evitar cualquier acusación por herejía, en vista de que los contenidos del tratado eran revolucionarios para aquellos tiempos en que la Iglesia Católica castigada cualquier razonamiento científico contrario a sus preceptos con la hoguera, tal y como sucediera con el aragonés Miguel Servet, por ejemplo.

Por el contrario, las tesis a favor de Oliva Sabuco como autora convergen en las abundantes referencias al sexo femenino contenidas en el tratado.

Fuentes:

http://www.raco.cat/index.php/Athenea/article/viewFile/250976/352374
http://biblioteca.ucm.es/blogs/Foliocomplutense/8659.php#.V_QJn_nhBD8
http://cultura.elpais.com/cultura/2016/09/30/actualidad/1475233776_005900.html
http://www.raco.cat/index.php/Athenea/article/viewFile/250976/352374

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Consejos de caminante para una tarde en Quito

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No dejes que la tarde caiga sobre ti. Mas bien debes ser tú la que caiga sobre la tarde. Procura tropezar con el viento. Es frágil y se mezcla por las bocas de la muchedumbre. Hay viajeros de todo tipo. Los que concuerdan con tu presagio. Los que llevan un empaque de voz y te ofrecen artículos sin prole. Viajeros con casi todo menos con una flor en los labios. Es frecuente que de cada tres pasos uno huele a orina, otro a empanada de viento y el último a dulce caliente de morocho. No te detengas. Contempla el trajín que se traen los comerciantes mientras caminas. Si has de reparar en detalles, hazlo sin que se quiebre demasiado la mirada. Las cabezas lentas son las más deseadas por los ladrones menos perfumados. Así no caerás de bruces ni huirán espantados personajes que no conoces en la penumbra. Y escucha. Sobre todo escucha. Las lenguas al unísono. Almas parlantes que se entretejen en un desorden que a ellos les parece placentero pero que, a ratos, te resultará ligeramente sórdido o cuando menos bullicioso. Escucha hasta encogerte sin necesidad de reducir la estatura de tu cuerpo. Sé una metáfora o un cuerpo invisible para ti misma hasta que den las cinco y veinte de la tarde. Entonces deberás correr cuesta abajo, lentamente, arrastrando una corona de rumores y centros comerciales. Porque a partir de esa hora los cabellos menguan y en ciertos corredores asoman los perros perseguidos por otros perros, y es hora de volver a casa.

Los aforismos del emigrante

 

IMG_2014Hay que ser agradecido a las oportunidades que la vida nos da en términos de personas, profesiones, culturas, países y cordilleras.

Pero no deben confundirse conceptos como amor, patriotismo, identidad o cultura, con cualquier manifestación exacerbada.

El amor por las simples cosas se traduce en un afecto natural, espontaneo y profundo, con independencia de dónde y cómo se produzcan.

Ciertas exaltaciones corren el riesgo de convertir el amor en una demencia senil, en un esperpento, en un circo, en un burdo teatro.

Ser hombre de mundo y, al mismo tiempo, amante de lo propio.

Ser agradecido, pero al mismo tiempo permanecer íntegro.

EL ANIMAL POÉTICO (Oda a una madre)

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Querida madre.
El aire se manifiesta con sentido.
Hágame el favor de darme esta voz
para que el canto, como una violeta, trabaje
siempre en un profunda primavera.
Esta voz, profunda y arraigada, que en el sentido
palpita contra la muerte, como una tijera.
Me fui con semejante canción, allá donde la cordillera,
como dirían un gaucho religioso o una cumbre pasajera,
a buscar mi propio manifiesto, al margen de cualquier razón,
con el corazón santiguado por el vasto cuerpo del océano.
Fierros de luz y oscuridades errantes, mastican a diario
mis piernas, y de vez en cuando algún pecho maduro
abarca mi boca estallando en la piel tan dulce tragedia,
Tú me diste la sobrevivencia del animal poético

ANTIPOEMA (del manifiesto)

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Maldigo a unos pocos jilgueros
que soplan en vez de cantar sobre la tierra,
a quienes el poder les vuelve suicidas sobre una rama,
no son más que pobres amantes sin dentadura,
no cantan más allá de su campo derramado
no paren más que palabras y viejos espantos,
les maldigo con la silencio, con el látigo de la fragua,
con el buen silencio, con la mala ubre de la ironía,
con la poesía

¿Qué haría hoy Don Quijote con los molinos?

Pangea

Si fuera herrero y en este molino hallara una dama encantada, de esas que robaran los demiurgos en aquellas atarazanas, si de allá la sustrajeran y acá la encerraran. Golpearía la puerta con gritos arcanos y buen barullo, apelando al bálsamo de San Honorato, que a buena hora se dice patrón de cuánto panadero y molinero socorre mi ventura. Ahí tuviera que abrirme el condenado artífice de su cárcel, pues apelando a santos se doblegan los barrotes de cualquier ignominiosa prisión. Válgame dios si con todo ello no pudiera y el hechizo de esta blanca barbacana continuara con su impostura. Los demiurgos son crueles e indolentes por naturaleza. Nada les corroe. Son más listos que la mordedura de un perdiguero. No temen a cuanto caballero andante pretenda engañarles.

Pero aprendimos algo que nos devanó los sesos, en aquella tarde de entuertos por las tierras del Cerrato. Acuérdate, fiel escudero. Me trocaste no sé cuántos ducados o reales a cambio de un queso curado que olía a rayos, truenos y bostezos de cordero, y cuando vino aquel gitano o aquel cabrero, o ambas mitades al mismo tiempo, con cara de hambre y perfil de galeote, le regalé tal ejemplar para los dientes, a pesar de tu rostro de apetito y tristeza conjuntamente, pues es de caballeros sancionar el apetito egoísta y satisfacer el hambre del harapiento.

Tú invocaste el calvario del buen yantar y las muchas horas sin apreciar bocado para el alma, a lo que respondí con una expresión fiera, de reojo hacia el cabrero y su tez morena, que buscaba en tu alforja el manjar que medio asomaba. Allá que se fue el pobre hombre, embriagado por la visión de tan anhelado queso. Él nos dio las gracias, Sancho. Con reverencia, santo y seña. Nos cantó los salmos de uno de uno. Desde el primero hasta el décimo, porque en su jerga también son diez sus mandamientos, que para el efecto nos dijo que “a tan noble caballero y semejante fiel escudero, bien ha de hacerles estos mandamiento, por la generosidad habida, y que es menester que los escribió un herrero, en las noches en que los yunques bailan para conjurar los malos espíritus y liberar a bienamadas princesas o cuanta mujer de noble realengo disfrazada de ventera”.

Sancho, no sienta pena por la pérdida de cuanto queso cayera en boca necesitada, pues mira por dónde nos valen tantos mandamientos. Ante tu incrédulo entrecejo, yace aquí el molino que encierra a las doce Maritornes y siete jóvenes de simpar hermosura, atadas a tan poca libertad. Malditos demiurgos.  Pero ya verán. A mi pecho los salmos de San Honorato. Abrid la puerta, mentecatos, u os pesará el alma hasta el confín de los tiempos, que además de caballero andante soy herrero y arremeto con los diez salmos del cabrero. Uno para el alma. Dos por la cordura. Tres al mediodía. Cuatro de vellón. Cinco de palomas en escabeche. Seis para el mal de los afligidos. Siete arrobas de cebada. Ocho monjas para una alacena. Nueve latidos sin tener culpa. Diez redenciones. Once jubones y doce golpes de martillo. Abrid la puerta, o haré de este molino un crisol de harina.